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Dos años de guerra en Moscú

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POLÍTICA, HISTORIA

Dos años de guerra en Moscú

24/02/2024
9 min.

Nota de los editores

Por decisión propia, el autor de este artículo ha preferido ocultar su identidad. Por lo que no desvelaremos su nombre, país de origen, país de residencia actual, ni el idioma desde el cual hayamos traducido el texto original. Dicho lo cual, varios miembros del Consejo Editorial de PARA LA VOZ han podido comprobar y garantizan la veracidad de la base de los hechos que se narran a continuación.

—Consejo Editorial

I. El comienzo de la guerra

Hace dos años, el 22 de febrero de 2022, tenía previsto asistir a una lección en el octavo piso —sin ascensor— de una universidad moscovita de tipo soviético. Finalmente el profesor debió cancelarla; no a causa de un decreto oficial por el inicio de la ofensiva rusa, sino porque se le había disparado la presión arterial o, en sus propios términos, tenía una «tensión del demonio».

Poco después, hubo de emigrar buscando la tranquilidad que su salud necesitaba. Un día me llamó y me explicó que visitar templos religiosos le ayuda a sentirse bien, aunque —como ateo soviético que sigue siendo— lo mismo le da una iglesia que una mezquita o sinagoga.

Esto es lo primero que recuerdo cuando pienso en el primer día de la guerra (o, en rigor, la fase actual de la guerra, cualitativamente diferenciable de la fase anterior).

II. La guerra se filtra hacia la capital

Seamos claros, para la mayoría de quienes no nos encontramos cerca del frente de batalla ni estamos llamados a las armas la guerra es así: apenas experimentamos el conflicto armado y, sin embargo, en mayor o menor grado la guerra se entrelaza con el día a día. En España hay penosos ejemplos de esto, tanto en la guerra civil, como en las guerras —pese a que más de uno ni se enteró— de Irak, Libia, Afganistán.

La guerra ha provocado las más diversas experiencias en Moscú, como compañeros de universidad arrestados por manifestarse en contra de la guerra, entre ellos comunistas. Y a muchos trabajadores también les ha afectado, por ejemplo, a quienes trabajaban en el sector del turismo y que en cuestión de días perdieron a prácticamente a todos sus clientes occidentales (pese a que el turismo chino parece haber aumentado) o a aquellos trabajadores remunerados en euros o dólares —tanto rusos como extranjeros— que en cuestión de días pasaron a ser ricos porque el rublo se hundió y que paulatinamente se sumieron en la auténtica pobreza cuando el rublo se fortaleció (aunque, en lo que atañe a esta cuestión, a día de hoy el valor del rublo ha vuelto más o menos a su punto de partida, si acaso un poco más devaluado que antes de aquel 22 de febrero).

III. El servicio militar

Asimismo, la guerra ha sumergido a muchos jóvenes rusos en una atmósfera de tristeza o desesperanza; lo que, como es natural, es especialmente palpable en aquellos jóvenes que deben integrarse en la esfera militar contra su voluntad. Por ejemplo, un día cualquiera mientras iba en autobús, un amigo subió y nos reconocimos de inmediato. Con el rostro afligido, me comenzó a contar que debía hacer el servicio militar. Su único deseo: que lo destinaran a la milicia (una rama de las Fuerzas Armadas rusas destinada, en esencia, a la vigilancia policial con armas de bajo calibre en lugares públicos estratégicos). Esa misma noche organizó una fiesta a la que me invitó. Yo temía que se tratara de un rito íntimo de despedida en el que se lamentase la partida de un joven, pero resultó que, nada más lejos de la realidad, la mayoría de jóvenes que comienzan el servicio —incluso durante la guerra— simplemente organizan una fiesta normal y corriente, en un bar, con música comercial y mucho alcohol.

Pasaron algunos días y, de casualidad, encontré en redes sociales un vídeo en el que la novia del joven en cuestión le rapaba el pelo para su inminente ingreso en el ejército.

Y un tiempo después averigüé que su estado de ánimo había mejorado debido a que lo destinaron a un puesto incompatible con el frente, algún asunto relacionado con la asistencia en el lanzamiento de misiles de largo alcance. Su residencia militar, eso sí, eran unos barracones paupérrimos que ni siquiera contaban con agua corriente: los mandos encargaban cientos de botellas de medio litro para suplir las necesidades de higiene y nutrición de los reclutas.

IV. Los jóvenes rusos y el español

También es de notar el creciente interés de muchos jóvenes por las lenguas extranjeras, que les permitirían —a juicio de muchos de ellos— escapar del país en caso de necesidad o, simplemente, mejorar sus expectativas laborales y vitales. Y resulta que el español es de las lenguas favoritas. Pese a la pertenencia de España a la OTAN, todavía es posible apreciar un destello en los ojos de los rusos cuando piensan en una España profundamente idealizada o en otros países del espacio hispano (no tan idealizados).

He conocido a varios jóvenes rusos que desean estudiar en Chile, Argentina, España… Y aprenden el español con sorprendente facilidad. Quienes se plantean estudiar en España se asombran al descubrir el precio medio del alquiler, y abandonan prestos su sueño cuando comprueban que no existen, de hecho, residencias a las que se las pueda llamar de estudiantes; ya que en Rusia, por herencia soviética, los estudiantes pueden vivir en una residencia por menos del equivalente a 20 euros al mes.

En contraste, otros rusos son propietarios de varios inmuebles del Levante español y disfrutan de visados especiales pese a las sanciones. De hecho, los grupos de Telegram de rusos interesados en España son más bien escaparates en los que se especula con la vivienda española… aunque esto nos desvía del tema de la guerra.

V. Wagner y la pequeña guerra civil

Salvo algún que otro dron, la guerra estuvo más cerca de Moscú —a un par de horas en coche— en la llamada Marcha de la Justicia del grupo mercenario Wagner encabezado por Prigozhin. Esta rebelión armada —en la que se llegaron a derribar nada menos que seis helicópteros y un avión militares— ocurrió los días 23 y 24 de junio de 2023.

El primer día, había quedado con un amigo para echar un par de cervezas (lo que significaba, en su caso, alternar varias veces un chupito de vodka y una jarra de cerveza). Pero no nos vimos en todo el día, ni siquiera nos avisamos de que cancelábamos el plan… supongo que ambos estuvimos pegados a los canales de Telegram hasta las tantas de la madrugada.

Pero la noche siguiente nos animamos a quedar y así lo hicimos. Mientras charlábamos, nos enteramos de que las tropas de Prigozhin habían aceptado alguna clase de acuerdo y se replegaban. Era la pequeña guerra civil rusa, decían:
—Por fin, ¡se acaba la guerra civil! —exclamé yo.
—Sí, se acaba… ¡Por desgracia! —me espetó.

Aquellas palabras me llegaron muy hondo, y me revolvieron la conciencia. En efecto, sería cándido ignorar que miles de rusos deseaban —y desean— una guerra civil. Y, aunque aún no se hayan perfilado los ideales que la puedan guiar, es de esperar que sean fundamentalmente conservadores y reaccionarios.

Cuando acabamos la conversación, un hombre que al parecer se había percatado de parte de lo que decíamos se dirigió a mi amigo:
—Tú y yo nos conocemos. Me recuerdas, ¿verdad? ¿Cómo te llamabas? —preguntó el señor a mi amigo.
—Yo a usted no le conozco de nada, ¡métase en sus asuntos! —respondió este airado.
Nunca supe qué pretendía aquel hombre.

VI. El cenit del nacionalismo ruso

Es bien sabido que el nacionalismo ruso hunde sus raíces en la oposición de derechas de la Unión Soviética y, en la Rusia contemporánea de la contrarrevolución, sirve de articulación política a todas las formas de producción ideológica: derecho, arte, religión. Lo que antes era una fiesta en conmemoración de la «Gran revolución socialista de octubre» (7 de noviembre) es en la Rusia de nuestros días el festejo del «Día de la Unidad Popular» (4 de noviembre), por descontado, en clave nacionalista y con el inestimable beneplácito del Patriarcado ortodoxo de Moscú. Y, de este modo, el nacionalismo avanza a pasos agigantados entre millones de obreros, que se encuentran mucho más polarizados —en su mayor parte, en un amplio espectro de nacionalismos— que los españoles.

Tal es así que un día me vi inmerso en un debate (si es que se le podía llamar así) en el que enfrentábamos ideas liberales, nacionalistas, comunistas, socialdemócratas y nacionalbolcheviques. El debate acabó en un santiamén, como no podía ser de otra manera con principios ideológicos tan contrapuestos que, además, obligan a no renunciar a los mismos principios.

Un chico joven, de ideología nazbol, cuando supo que yo había vivido en España se acercó a mí interesado por el franquismo y por Primo de Rivera. Me preguntó por la razón por la que en España la gente sea en la actualidad progresista cuando anteriormente era tradicionalista, y se contestó a sí mismo asegurando que la gente por norma general se cansa de su ideología nacional y la cambia, como en la ruptura entre el socialismo soviético y el conservadurismo actual de Rusia. A veces citaba a Hitler, y pensaba que este tenía razón al afirmar que la Gran Guerra Patria era una lucha en la que se decidía cuál era la raza superior: y la historia demostraría —a su parecer— que la raza eslava es en efecto la superior por el evidente hecho de que venció en la guerra. Inmediatamente supe que estas palabras están cargadas de guerra. Pocas veces en mi vida me he sentido tan enfermo por razones políticas como cuando escuchaba a ese joven que, recordemos, es descendiente biológica y —sobre todo— espiritualmente de una sociedad antaño guiada por los más altos ideales sociales.

VII. La propaganda de la guerra

En Moscú, es común toparse con carteles —a veces gigantescos— invitando a alistarse a las fuerzas armadas: «¡Nuestra profesión, proteger la patria!». Aunque, en cuanto a publicidad del ejército se refiere, son particularmente llamativos los puestos que las autoridades organizan con relativa frecuencia en la calle o en el metro para reclutar a jóvenes que, de forma voluntaria, estén dispuestos a luchar en el frente. Un rasgo común de todos estos puestos es que las encargadas de informar y repartir folletos informativos son jóvenes guapas y casi siempre de etnia eslava.

En los folletos que reparten constan las ventajas que ofrece el contrato para combatir en el frente; y el principal móvil que aducen para el alistamiento no es otro que el económico. A mí, personalmente, me han ofrecido estos folletos en repetidas ocasiones, y a quien se alista voluntariamente para engrosar las tropas en el frente el Estado le garantiza: casi 2000 euros por firmar el contrato (recordemos que las ayudas por desempleo en Rusia son casi inexistentes), más 2000 euros por mes en el frente de batalla y 500 euros por kilómetro ganado al enemigo. Además, y esto es lo más destacable, el contrato incluye toda clase de prestaciones sociales para la familia del contratado: jardín de infancia gratuito, 2000 euros para cuidados de los niños a su cargo y algo menos de 200 euros al mes adicionales por cada uno de ellos, hasta 15 000 euros para el cuidado de sus padres (la pensión por jubilación en Rusia asciende a poco más de 200 euros al mes), hasta 800 euros para el cuidado de la casa, educación gratuita en los «mejores centros educativos», etc.

No hay letra pequeña, y nada garantiza que todo esto no se termine convirtiendo en papel mojado. Ahora bien, estas condiciones laborales permite comprobar con claridad quiénes son los llamados a la guerra (a saber, los trabajadores pobres) y cuáles son los incentivos (no el antifascismo antibanderista, ni siquiera el orgullo o los ideales nacionales, sino algo mucho más prosaico: un salario decente así como condiciones sociales mínimas para los familiares).

Nada nuevo: trabajadores pobres librando guerras capitalistas. Esto es, lo mismo que encontraríamos al otro lado del frente de batalla, por la parte ucraniana. O, lo que es lo mismo desde el punto de vista contrario: los hijos de las clases dominantes no tienen la necesidad de mancharse de barro y sangre para mantener su condición de clase.

VIII. Las facciones capitalistas occidental y rusa

A nadie debería caberle la mínima duda acerca de que la vida social rusa se fundamenta en el modo de producción capitalista. Sería ingenuo, además, pensar que los capitales rusos no están lo suficientemente desarrollados como para haber constituido capital financiero (por muy infravalorado que estuviera en términos de acumulación con respecto al capital financiero occidental); a quien le interese esta cuestión, más abajo desarrollo con algo más de detalle algunas ideas sobre la caracterización de Rusia como potencia imperialista. En definitiva, la política independiente de la clase obrera no pasa por apoyar a un bando u otro en una guerra en la que únicamente participan facciones capitalistas. Es decir, un comunista debe luchar simple y llanamente por llevar al poder a la clase obrera, y solo debería apoyar a una potencia capitalista de forma excepcional (con independencia de que no sea imperialista) si esto contribuyese a fortalecer la posición política del proletariado. En término, no debemos proponer como solución a los males del capitalismo la invasión efectuada por una u otra potencia capitalista porque, tarde o temprano, esta reproducirá los mismos problemas que pretendíamos erradicar.

En este sentido, toda acusación a un marxista de equidistante es infundada porque, en esencia, esta nos acusa de no estar suficientemente próximos a los intereses internacionales de una burguesía financiera con respecto a otra burguesía financiera, cuando de lo que se trata es de estar alineados exclusivamente con la clase obrera —que es la que pone los cadáveres y la miseria material y espiritual en esta guerra— o, lo que es lo mismo —y continuando la metáfora espacial—, debemos alejarnos el máximo posible de todas las facciones de la burguesía que alimentan la forja de la guerra con la carne de los trabajadores.

¿Qué podemos esperar de una solución capitalista a la guerra de Ucrania? Pensemos por un momento qué futuro tendría la clase obrera ucraniana en la Unión Europea: que les pregunten a rumanos o búlgaros si en la UE hay alguna salida a la pobreza, especialmente, para los Estados sin capital financiero que pueda aguantar la feroz competencia frente al capital financiero del conjunto de los Estados de la UE. Asimismo, ¿podría la clase obrera ucraniana prosperar en la Federación de Rusia?: que le pregunten a un trabajador ruso que cobra el equivalente a 200 euros de salario mínimo o a un profesor universitario que en Moscú cobra poco más de 300. Conocemos bien cómo el capital subordina al sinfín de instituciones de las sociedades occidentales, pero, ¿acaso ocurre de otro modo en la Rusia capitalista? Es cierto que en algunos recovecos aún subsisten conquistas de la Revolución de Octubre (casi exclusivamente en formas espirituales), pero, siendo realistas, la dominación de la burguesía en Rusia es si acaso más cruda que en occidente. Por ejemplo, tomando como pretexto la COVID, aún son ilegales las manifestaciones de sindicatos en Rusia o, por añadir otro ejemplo nauseabundo, el capital ruso utiliza el racismo para dividir a la clase obrera de forma más descarnada que muchos países de occidente (incluso contra la población siberiana y procedente de Asia Central, que son vistos por el capital como ciudadanos de segunda), ocurre otro tanto con las relaciones de sexos, y un largo etcétera. Por tanto, en la guerra en Ucrania, en apariencia, combaten ideales sociales contrapuestos que, en esencia, de derivan de la misma lógica capitalista y la ruina que provoca para nuestra clase. Asistimos, por tanto, a la enésima repetición de los mismos argumentos imperialistas por ambos bandos: libertad para los nuestros, enemigo tiránico, destino y grandeza nacional, alianza de clases contra el invasor, etc. Toda una argumentación en detrimento de la independencia ideológica de la clase obrera o —lo que es lo mismo pero a la inversa— en provecho de la acumulación de capital de las respectivas burguesías al mando (financieras).

Por último, es necesario profundizar en otra cuestión vital para entender la guerra: el conflicto armado en el Donbás comienza en el 2014, en apariencia, por el nacionalismo ucraniano (en extremo, de corte nazi). Sin embargo, esta ideología reaccionaria no surge en el vacío, sino que, en esencia, se sustenta por el modo de producción capitalista tanto en Ucrania como en la esfera internacional, en cuyo seno se enfrentan los capitales occidentales a los rusos. Solo cabe una tesis marxista posible: el modo de producción capitalista (y sus leyes acordes, especialmente aquellas que relacionan la categoría de capital financiero con las de acumulación) son el motivo último de esta guerra. Quienes defienden apoyar a uno u otro Estado fundado sobre la forma contemporánea de producción capitalista (imperialismo) —y si, para más inri, este cuenta con un poderoso ejército—, ¿qué esperan que suceda en los próximos tiempos si su Estado capitalista preferido vence la guerra? Un occidente capitalista, al igual que una Rusia capitalista, tarde o temprano participará en nuevas guerras de reparto de los recursos, materiales y humanos, del planeta. No se puede extinguir el fuego con gasolina, como no se pueden resolver los problemas del capitalismo apoyando a una facción capitalista, por muy en desventaja que parezca encontrarse frente a sus competidores. La única solución pasa por la instauración del comunismo; a pesar de lo lejano que parezca nuestro ideal, esta es la única dirección hacia la cual nos es legítimo luchar.

Notas adicionales sobre el imperialismo ruso

Hay quienes aluden a la ausencia del elemento imperialista del capital ruso para concluir que los marxistas debemos apoyar a Rusia (como si los comunistas, por alguna razón, debiéramos apoyar incondicionalmente a supuestas potencias capitalistas no imperialistas). De todas maneras, en adelante explico por qué la caracterización de Rusia como Estado capitalista imperialista es acertada.

Recordemos que, de acuerdo a Hilferding, el imperialismo es, en esencia, una etapa del modo de producción capitalista alemán en el que la lógica del capital financiero (capital bancario fundiéndose y dominando al industrial) predomina sobre el resto de formas capitalistas.

Y fue el ruso Lenin quien descubrió que estas categorías no eran propias de Alemania, sino del modo de producción capitalista en general, que comenzaba a universalizarse en un mundo de relaciones de producción capitalistas. A propósito, Lenin analizó monopolios financieros que se expandían por un Estado y a veces los sobrepasaban regionalmente, mientras que hoy los capitales financieros transnacionales distribuyen sus procesos productivos a lo largo y ancho del mundo. Es decir, los monopolios que analizó Lenin hoy parecerían pequeños si los comparásemos con, por ejemplo, los principales monopolios rusos: Sberbank, Gazprom, Rosneft, Yandex, Nornickel, Lukoil.

Además, Rusia participa en numerosas organizaciones imperialistas (OMC, FMI, OCS, BRICS, colaboraciones con la OPEP), aunque, sin pretender entrar en detalle, destaca entre todas ellas la Unión Económica Euroasiática (una suerte de Unión Europea embrionaria que obedece a los intereses del capital ruso), en la que, además de Rusia, son miembros Kazajistán, Bielorrusia, Armenia y Kirguistán (adicionalmente, Tayikistán se halla en proceso de formar parte, y Cuba, Uzbekistán y Moldavia son Estados observadores). Esta es la mayor apuesta de los capitales financieros rusos por extender su zona de acumulación y sumir a su control a otros capitales (en un complejo proceso de acumulación de capital en el que prevalecen los principales monopolios del conjunto de la Unión Económica Euroasiática mientras que los pequeños y medianos capitales son arrasados por la competencia). Esta alianza capitalista demuestra que, pese a la actual estrechez del capital financiero ruso, su ideal es claro: expandirse y dominar las antiguas zonas de influencia del Imperio ruso y la URSS.

Destaca también el hecho de que, desde hace años, existan tensiones entre los capitales rusos y chinos invertidos en distintos Estados de Asia Central en lo que no sería descabellado denominar una pugna interimperialista.

En términos de exportación de capital financiero, entre 2007 y 2019, la Federación de Rusia ocupa el decimotercer puesto mundial, aunque la mayoría de sus capitales tienen como destino paraísos fiscales que impiden su ulterior trazabilidad.

Por último, Rusia dispone de uno de los ejércitos más numerosos y preparados del mundo, que actúa de forma activa tanto dentro del territorio nacional como fuera, por lo menos en tres continentes. A lo que cabría preguntarse, ¿qué forma específica de lógica capitalista subyace a la utilización activa de las fuerzas militares en terreno internacional?