Fragmentos | El imperialismo: guerra mundial y guerra civil

La carga de la caballería roja, Kazimir Malevich, 1932.
PARA LA VOZ 3(2) (2025): 74–79
26/08/2026
7 min.

La teoría del imperialismo de Lenin es menos una teoría de su génesis económicamente necesaria y de sus límites económicos —como la de Rosa Luxemburg—, que una teoría de las concretas fuerzas de clase que el imperialismo desencadena y a las que en su mismo contexto hace operantes; la teoría de la concreta situación mundial provocada por el imperialismo. Al analizar la esencia del capitalismo monopolista, lo que en primer lugar le interesa es la situación mundial concreta y la división clasista de la sociedad a la cual da lugar: cómo las grandes potencias coloniales se reparten de facto la tierra, cómo evoluciona la división interna entre burguesía y proletariado con el movimiento de concentración de capital (capas puramente parasitarias de rentistas, aristocracia obrera, etc.). Y, sobre todo, cómo la evolución interna del capitalismo monopolista desborda, en virtud de los diferentes ritmos de los países, las «zonas de intereses» establecidas antes de manera más o menos duradera y por vía pacífica, desbordando así no pocos compromisos de este tipo, dando lugar, en consecuencia, a conflictos cuya solución solo puede lograrse por la fuerza, es decir, acudiendo a la guerra.

En la medida en que la esencia del imperialismo es determinada como capitalismo monopolista y su guerra como evolución necesaria y manifestación de esta tendencia a una concentración cada vez mayor, camino del monopolio absoluto, van resultando más claras las diferenciaciones de la sociedad respecto de dicha guerra. Queda patente que imaginarse —a lo Kautsky— que algunas fracciones de la burguesía «no interesadas» directamente en el imperialismo, o incluso «desbordadas» por él pueden ser movilizadas en contra suya no es sino una ingenua ilusión. La evolución monopolista arrastra consigo a toda la burguesía, y es más, no solo encuentra apoyo en la pequeña burguesía —ya de por sí siempre fluctuante— sino también en algunas fracciones del proletariado (aunque es cierto que temporal). Sin embargo, y a diferencia de lo que opinan los escépticos profesionales, no es cierto que el proletariado revolucionario acabe reducido por su inexorable oposición al imperialismo a una posición de aislamiento. La evolución de la sociedad capitalista es siempre contradictoria. El capitalismo monopolista crea, por primera vez en la historia, una economía mundial en el auténtico sentido de la palabra; su guerra, la guerra imperialista, es por eso la Primera Guerra Mundial en el significado más riguroso del término. Lo cual significa, sobre todo, que por primera vez en la historia los oprimidos y explotados por el capitalismo han dejado de estar solos en su lucha aislada contra sus opresores en la medida en que son arrastrados en su existencia entera al torbellino de la guerra mundial.

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La guerra imperialista crea una situación en el mundo en la que el proletariado puede ponerse verdaderamente a la cabeza de todos los oprimidos y explotados, en la que la lucha por su liberación puede llegar a convertirse en guía y señal para la liberación de todos los esclavizados por el capitalismo. Y, sin embargo, puede convertirse al mismo tiempo en una situación mundial en la que millones y millones de proletarios se ven obligados a matarse unos a otros con la crueldad más sofisticada para favorecer y consolidar la posición monopolista de sus explotadores. Cuál de ambos destinos le toque en suerte al proletariado depende de la visión de su papel histórico, de su conciencia de clase. Porque «los hombres hacen su propia historia». Sin embargo, «no bajo circunstancias elegidas por uno mismo, sino bajo circunstancias directamente encontradas, dadas y transmitidas». Así que no se trata de la elección de si el proletariado quiere luchar o no, sino solo de la elección: a favor de qué intereses debe luchar, los suyos o los de la burguesía. El problema que plantea la situación histórica del proletariado no es el de una elección entre la guerra y la paz, sino el de una elección entre guerra imperialista y guerra contra esta guerra, o sea, guerra civil.

La necesidad de la guerra civil como defensa del proletariado contra la guerra imperialista emana, como todas las formas de lucha del proletariado, de las condiciones de lucha que la evolución de la producción capitalista y de la sociedad burguesa imponen al proletariado. La actividad del partido, la importancia de la adecuada previsión teórica, únicamente alcanza a conferir al proletariado esa fuerza de resistencia o de ataque que en una situación dada posee ya objetivamente en virtud de su posición de clase, pero que dada su inmadurez en el plano de la teoría y en el de la organización no eleva a la altura de lo objetivamente posible. De ahí que aún con anterioridad a la guerra imperialista surgiera la huelga de masas como reacción espontánea del proletariado contra la fase imperialista del capitalismo, y este hecho coherente, que la derecha y el centro de la Segunda Internacional intentaron disimular por todos los medios, ha ido convirtiéndose progresivamente en uno de los pilares teóricos del ala radical.

También en este caso fue Lenin el primero en reconocer muy pronto, ya en 1905, que la huelga general no era suficiente como arma en la lucha decisiva. Al dar a la fracasada insurrección de Moscú el calificativo de etapa decisiva, pretendiendo fijar así sus experiencias concretas frente a Plejánov, que sostenía que «no se deberían haber tomado las armas», Lenin estaba fundando teóricamente la táctica proletaria necesaria en la guerra mundial. Porque la fase imperialista del capitalismo y, sobre todo, su culminación en la guerra mundial indican que el capitalismo ha entrado en una situación en la que ha de decidir entre su supervivencia o su desaparición. Y con su agudo instinto de clase habituado a gobernar, consciente de que paralelamente al crecimiento de su ámbito de influencia al desarrollo de su aparato estatal está disminuyendo la base social real de su dominio, se esfuerza con toda la energía de que es capaz tanto por ampliar esta base (arrastrando a ella a las capas medias, corrompiendo a la aristocracia obrera, etc.), como por aplastar definitivamente a sus enemigos mortales, antes de que estos estén en condiciones de ofrecerle una auténtica resistencia. Por eso es la burguesía la que en todas partes liquida lo «pacífico», por problemático que fuera el funcionamiento de toda la teoría del revisionismo, y favorece medios de lucha «más enérgicos». (Piénsese en América). Se va apoderando cada vez con más energía del aparato estatal, identificándose hasta tal punto con él, que incluso las reivindicaciones de apariencia estrictamente económica de la clase obrera chocan cada vez más intensamente contra esa pared, de tal modo que los obreros se ven obligados a luchar contra el poder estatal (es decir, por el poder estatal, aunque no sean conscientes de ello) si quieren frenar el deterioro de su situación económica y la pérdida de las posiciones ganadas. En virtud de esta evolución, el proletariado se ve obligado a acudir a la táctica de las huelgas generales, con lo que el oportunismo, ante su temor a la revolución, se siente inclinado a abandonar lo ya conseguido en lugar de extraer las consecuencias revolucionarias de la acción. Pero la huelga de masas es —según su naturaleza objetiva— un medio revolucionario. Toda huelga de masas crea una situación revolucionaria de la que la burguesía, ayudada por el aparato estatal, extrae, hasta donde le resulta posible, las consecuencias que le convienen. Frente a estos medios, sin embargo, el proletariado es impotente. Incluso el arma de la huelga de masas debe fracasar contra ellos si no se alza también contra las armas de la burguesía. Lo cual le impone el esfuerzo de armarse, de desorganizar el ejército de la burguesía, compuesto por una mayoría de obreros y campesinos, de volver contra la burguesía sus propias armas. (La revolución de 1905 muestra numerosos ejemplos de un penetrante instinto de clase, un instinto que, sin embargo, en este punto no pasa de ser eso: un instinto).

La guerra imperialista representa ahora la escalada extrema de esta situación. La burguesía pone al proletariado ante la alternativa de matar a sus camaradas de clase de otros países, obedeciendo a sus intereses monopolistas, o morir por estos intereses, o derrocar al poder de la burguesía por la fuerza de las armas. Los restantes medios de lucha contra esta violencia extrema resultan impotentes, ya que están condenados a estrellarse sin remedio contra el aparato militar de los estados imperialistas. De manera, pues, que si el proletariado quiere evadirse de esta extrema violencia, debe asumir él mismo el combate contra dicho aparato militar: destruirlo desde dentro y dirigir contra la propia burguesía las armas que la burguesía imperialista se ve obligada a dar al pueblo, utilizándolas así para acabar con el imperialismo.

Así que no hay nada aquí que sea —en el plano teórico— completamente inaudito. Todo lo contrario. El núcleo de la situación radica en las relaciones de clase entre burguesía y proletariado. La guerra no es, según la definición de Clausewitz, sino la prolongación de la política; y lo es, efectivamente, en todos los sentidos. O sea, que la guerra no solo significa, respecto de la política exterior de un estado, la más extrema y activa prosecución y culminación de la línea mantenida por el país en «tiempos de paz», sino que viene a exacerbar también al máximo, en el contexto de las diferencias clasistas internas de una nación (y del mundo entero), todas aquellas tendencias que en «tiempos de paz» se manifestaban activamente en el seno de la sociedad. De manera, pues, que la guerra no crea ninguna situación absolutamente nueva, ni respecto de un país ni de una clase en el interior de una nación. Su novedad radica en la transformación cualitativa de todos los problemas, cuantitativamente intensificados de manera excepcional, a que da lugar, provocando así —y solo así— una nueva situación.

En términos socioeconómicos, la guerra es, por tanto, solo una etapa en el desarrollo imperialista del capitalismo. De ahí que también sea necesariamente una etapa en la lucha de clases del proletariado contra la burguesía. La importancia de la teoría leninista del imperialismo radica en el hecho de haber sido Lenin el primero en establecer, de manera teóricamente consecuente, un nexo entre la guerra mundial y la evolución general, probándolo claramente a la luz de los problemas concretos de la guerra misma.

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