Artículo liberado del número 5 de PARA LA VOZ: «Disputar la hegemonía, asaltar el sentido común». Puede adquirirse el número en físico aquí.
Una de las tareas fundamentales del movimiento comunista ha sido, históricamente, la lucha implacable contra la alienación y la influencia burguesa en cualquiera de sus formas y expresiones políticas, con el fin de elevar la conciencia de clase del proletariado. Como señalaba Lenin en 1902 en La agitación política y el punto de vista de clase, «la agitación política, en todas sus formas, es precisamente un foco en el que coinciden los intereses esenciales de la educación política del proletariado y los intereses esenciales de todo el desarrollo social». Lenin, V. I. (1902). La agitación política y el punto de vista de clase. 1 Cuando los bolcheviques concebían el periódico Iskra, no lo hacían como un mero boletín de contrainformación, sino como el germen del partido de vanguardia indispensable para organizar políticamente a la clase obrera frente al zarismo. Hoy, a la imprenta y al papel se le suman con gran fuerza las plataformas digitales y los tweets. Las redes sociales se convierten en nuevos espacios de disputa de masas, ofreciendo a la propaganda marxista-leninista una escala jamás imaginada por los revolucionarios que nos precedieron.
Sin embargo, este salto tecnológico también está sujeto a la contradicción dialéctica. Las redes sociales en las que libramos esta batalla no son neutrales, son infraestructuras privadas atravesadas por la lógica de valorización del capital. Si ayer la autocracia zarista amordazaba la prensa obrera bolchevique con la represión, hoy las big tech ejercen una censura más sofisticada con los algoritmos. El algoritmo es la materialización de la alienación contemporánea, diseñado para atomizar a la clase trabajadora, mercantilizar y monetizar la indignación y ocultar —ya sea censurando o con el shadowbanning— cualquier narrativa que plantee alternativas revolucionarias. Intervenir en este ecosistema hostil exige asumir que la agitprop digital no puede limitarse a la simple queja o denuncia, sino que nuestra praxis debe ser una ofensiva implacable para dinamitar el cerco reaccionario que acorrala a la juventud trabajadora, hoy en el punto de mira de la derecha populista.
¿Cómo ha logrado la derecha populista ganarse ideológica y políticamente a gran parte de una generación de jóvenes afectados por la desposesión llevada a cabo por el capitalismo actual? La respuesta no radica en una supuesta superioridad argumentativa, sino en una lectura táctica de las dinámicas y lógicas del mundo virtual que a gran parte de la izquierda —incluyendo a sectores comunistas— les ha costado descifrar, extraviados a menudo en la hiperperformatividad, las narrativas abstractas y el marketing político.
Lenin ya nos advirtió de que el espontaneísmo conduce a las masas a la subordinación de la ideología burguesa. Si esta tesis era evidente hace cien años, hoy se ve increíblemente amplificada por el modus operandi de las redes sociales. El algoritmo premia la inmediatez, lo soez, el individualismo y la mentira: es decir, la máxima expresión tecnológica del espontaneísmo. Mientras muchos activistas, militantes de izquierdas e incluso comunistas se dejan arrastrar por este inmediatismo digital —que bien podríamos denominar la fase superior del espontaneísmo—, los intelectuales orgánicos de la derecha populista operan metapolíticamente para imponer la agenda que nos mantiene entretenidos.
Esta metapolítica, teorizada y popularizada por Alain de Benoist y la Nouvelle Droite a partir de la expropiación ideológica de Gramsci, ha comprendido que para conquistar el poder político primero deben disputar la hegemonía cultural, convirtiendo su cosmovisión en el nuevo «sentido común» dentro de los espacios donde hoy socializa la juventud: las plataformas digitales. Y es que esos debates superficiales a los que el activismo corre a reaccionar no flotan en el vacío ni nacen orgánicamente de las redes sociales: la subjetividad que los alimenta se estructura, en última instancia, en las relaciones materiales de producción.
Al abandonar a la juventud trabajadora a merced del flujo algorítmico, se la ha entregado atada de pies y manos a la ideología burguesa en su vertiente más reaccionaria. Ante una juventud precarizada y huérfana de una línea política de clase, la derecha ha sabido captar la profunda frustración material que engendra la actual fase del capitalismo neoliberal y la sociedad de consumo. Han capitalizado esa rabia desviando la atención hacia falsos enemigos, disfrazando su defensa a ultranza de la propiedad privada y del orden burgués bajo una calculada estética de falsa rebeldía antisistema. La lección que arroja el auge reaccionario en internet es clara: la disputa cultural sin base material es estéril, una debilidad que los intelectuales orgánicos neoderechistas conocen y explotan a la perfección.
Para combatir eficazmente esta ofensiva reaccionaria en el terreno digital, la agitación y propaganda comunista debe partir de un análisis materialista de la correlación de fuerzas actual. Si pretendemos entender la categoría gramsciana de hegemonía cultural, debemos introducir un matiz fundamental: el bloque histórico no opera hoy como un monolito burgués sin fisuras frente al proletariado, sino que se encuentra atravesado por una encarnizada disputa interburguesa por la gestión del capital.
Lo que las redes sociales y sus algoritmos nos presentan diariamente como la gran «batalla cultural» de nuestro tiempo no es una lucha de clases, sino una pugna interburguesa. En un polo, encontramos a la burguesía de corte progresista y cosmopolita, que abraza los nuevos identitarismos, el capitalismo verde y la diversidad asimilable, presentándose como el rostro amable del capitalismo. En el polo opuesto, reacciona la burguesía neoconservadora y populista, que apela a la nostalgia, al repliegue nacional y a los valores tradicionales para gestionar de manera nacional la acumulación capitalista frente a la crisis.
El mundo virtual, diseñado para exprimir la polarización, es el teatro de operaciones perfecto para los choques interburgueses performativos. De esta pugna emanan falsas dicotomías que ridiculizan el debate político y desorientan a la clase trabajadora. Por un lado, la derecha populista acusa de «comunismo» o «marxismo cultural» a cualquier tibio intento de regulación o política progresista, vaciando de contenido histórico la amenaza real que supone el comunismo para la propiedad privada. Por otro lado, la izquierda institucional y posmoderna tilda de «fascismo» a cualquier expresión de conservadurismo y nacionalismo rival, exigiendo a la clase obrera que cierre filas en torno a la burguesía progresista (el famoso «mal menor») para salvar la democracia liberal.
El espontaneísmo que emana de las propias lógicas y dinámicas de las redes sociales facilita caer en esta trampa algorítmica y discursiva, constituyendo el mayor error táctico que puede cometer la militancia en internet. Esta falsa dicotomía invisibiliza por completo la contradicción estructural del sistema —la existente entre capital y trabajo— y obliga a la juventud trabajadora a elegir bajo qué marco estético prefiere ser explotada. Es precisamente en esta falsa elección donde la eficaz metapolítica de la derecha populista ha logrado decantar la balanza, consiguiendo que entre los jóvenes acabe anteponiéndose la alternativa más reaccionaria. Desmontar esta farsa interburguesa es, por tanto, una tarea ineludible del agitprop revolucionario en esta época.
Frente a este escenario de alienación algorítmica y polarización artificial inducida por la pugna interburguesa, la agitación y propaganda comunista en el espacio virtual debe asumir una vocación clara: intervenir en la trinchera digital para introducir la conciencia de clase «desde fuera» para prevenir a las masas trabajadoras del espontaneísmo, lo cual nos acerca a una especie de actualización de la tarea que Lenin exigía en el ¿Qué hacer?.
La labor de todo agitador no debe limitarse a la mera divulgación académica, ni a actuar como el flanco izquierdo de la burguesía progresista, sino en crear referentes genuinamente marxistas-leninistas.
En la práctica, esto implica defender sin complejos el antifascismo revolucionario, el antiimperialismo, el antisionismo y el antimilitarismo; entendiéndolos no como nichos sociales en los que incidir o etiquetas estéticas consumibles, sino como vectores innegociables de la lucha de clases internacional. Significa, en definitiva, defender la razón frente a un nuevo asalto a la razón, confrontando tanto a su vertiente derechista, que solo ofrece una sumisión pseudorrebelde al capital, como a la izquierdista, que únicamente propone una gestión moralista y amable del propio capitalismo. Lidiar con esta contradicción es el mayor reto del agitador digital en el siglo XXI.
La burguesía tolera, e incluso monetiza gustosamente, nuestra disidencia en internet siempre y cuando permanezca confinada a los márgenes inofensivos de una pantalla. El capital asimila el radicalismo estético con extrema facilidad, pero tiembla ante la disciplina de una vanguardia organizada. Si esto no se asume, el agitador comunista corre el riesgo de acabar enamorándose de su avatar revolucionario, confundiendo la mera acumulación de likes, suscriptores y visualizaciones con la verdadera conquista del poder político.
No nos engañemos: nuestra praxis en las plataformas digitales no va a destruir ese ciberespacio propiedad de las big tech. Nuestra ofensiva debe centrarse en liquidar la falsa conciencia impuesta a la juventud para devolverla a la materialidad de la lucha de clases. El triunfo definitivo de esta batalla metapolítica se cristaliza en el instante exacto en que el joven trabajador, tras comprender la pugna interburguesa que lo desorientaba, apaga su dispositivo y decide dar el salto a la militancia física. Es por ello que el contenido audiovisual debe estar concebido como un arma para romper el aislamiento del joven trabajador frente a la pantalla, transformando su rabia virtual en conciencia de clase, y esta, en organización política.
