La razón en marcha: hegemonía proletaria frente al irracionalismo burgués

PARA LA VOZ 4(1) (2026): 46–55
13/07/2026
14 min.

Artículo liberado del número 5 de PARA LA VOZ: «Disputar la hegemonía, asaltar el sentido común». Puede adquirirse el número en físico escribiendo a contacto@paralavoz.com

En Antígona, Sófocles dramatiza el conflicto social, característico de su tiempo, entre la ley divina y la ley civil, entre la razón de la comunidad del parentesco y la razón de la comunidad política. El dramaturgo Bertolt Brecht adaptó la obra en 1947, durante su exilio en Zurich, a partir de la traducción de Hölderlin de 1804. Esta evolución y transformación del drama clásico, convertido en modelo artístico, era para Brecht un signo de época, de una en la que el «hallazgo inicial», el acto creativo individual, pierde su sentido frente a la producción artística colectiva. El modelo o mito Antígona es despojado de su tiempo cronológico y lanzado contra el presente en busca de un destello de verdad histórica.

Brecht comienza introduciendo un pequeño prólogo ubicado en abril de 1945, durante los primeros bombardeos del Ejército Rojo sobre Berlín. Este ejercicio permite hacer de Creonte un trasunto de Hitler y convertir Tebas en la Alemania nazi, pero, sobre todo, permite reorganizar históricamente el conflicto hegemónico. El resto de las variaciones que introduce el autor alemán sobre el texto clásico inciden en hacer visible un conflicto específicamente moderno: la legitimidad de la desobediencia frente al poder imperialista. A partir de esta reformulación, la Antígona de Brecht ofrece una referencia excepcional para reflexionar sobre fascismo y hegemonía en estos tiempos de dramática urgencia.

I. La guerra crea un nuevo derecho

Frente a los reproches de los ancianos (versión brechtiana del coro) sobre la primacía del derecho a castigar al traidor frente al derecho a enterrar al hermano, Creonte responde: «La guerra crea un nuevo derecho». Brecht desplaza así el terreno de la contradicción trágica desde el plano moral hacia las condiciones que producen la legitimidad misma. Pero, ¿cuál es el derecho de la guerra?

Siguiendo la famosa máxima de Clausewitz de que la guerra es la prolongación de la política por otros medios, el capitalismo en su fase monopolista requiere para su supervivencia activar enormes y múltiples mecanismos de violencia política, económica y militar. El desarrollo de las fuerzas productivas colisiona de manera cruenta con las relaciones de producción. La norma coercitiva de la competitividad capitalista se transforma en una batalla agonizante por las ganancias que surgen de la explotación asalariada. La producción ha alcanzado niveles altísimos de socialización e internacionalización, por lo que la disputa se produce a escala global. Esta dinámica interna lleva a la existencia de crisis cíclicas cada vez más frecuentes, más intensas y coordinadas. La crisis es el punto en el que el nuevo contenido histórico hace saltar las viejas formas: hasta el derecho burgués, por aquello que contiene de su periodo revolucionario, se convierte en determinadas condiciones en un impedimento para la burguesía.

El nuevo derecho es la supervivencia a toda costa. Así como la guerra es la prolongación de la política, la política es la expresión concentrada de la economía. Los Estados, consejos de administración de la burguesía, son los encargados de desplegar la guerra a lo externo —la disputa con otros Estados o alianzas de Estados— y la guerra a lo interno —propiciar el aumento de la explotación y garantizar el orden—. La guerra no es el resultado de las malas intenciones de Creonte, las malas intenciones de Creonte son la manifestación de necesidades históricas.

La concreción de esta nueva realidad en el derecho no es más que una de las variantes formales posibles de un cambio profundo en términos ideológicos. György Lukacs, en su obra El asalto a la razón, escrita también durante la Segunda Guerra Mundial, buscará precisamente demostrar que el irracionalismo es la corriente dominante de la filosofía burguesa decadente. Lukács realiza en la obra un repaso de las influencias y conexiones internas de los distintos sistemas de pensamiento que van desde Schelling hasta Hitler. Aunque se centra en Alemania, clave en lo referente a la génesis y a la cumbre política del irracionalismo, sus conclusiones son extensivas a otras realidades y naciones.

A pesar de iluminar el entrelazamiento conceptual entre distintos periodos y autores, Lukács insiste en desmarcarse de toda concepción de un desarrollo inmanente de la filosofía irracionalista: los contornos decisivos de los distintos planteamientos filosóficos hay que buscarlos, dirá el pensador húngaro, en las fuerzas motrices de orden primero, en la lucha de clases. La trabazón esencial no debe hallarse en una dialéctica interna y privativa, sino en las determinaciones materiales que provocan y legitiman la construcción ideológica. Este, por lo demás, debería ser el enfoque de cualquier investigación histórica de la filosofía desde el materialismo dialéctico:

El primer periodo importante del irracionalismo moderno surge […] en lucha contra el concepto idealista, dialéctico-histórico, del progreso; es el camino que va de Schelling a Kierkegaard y es, al mismo tiempo, el camino que conduce de la reacción feudal provocada por la Revolución francesa a la hostilidad burguesa contra la idea del progreso.

La situación cambia radicalmente desde los combates de junio del proletariado parisiense y, principalmente, desde la Comuna de París: a partir de ahora, será la ideología del proletariado, el materialismo dialéctico e histórico, el blanco de ataque cuya naturaleza esencial determinará el desarrollo ulterior del irracionalismo.

La conversión en clase enteramente reaccionaria de la burguesía, paralela a la conformación de un nuevo sujeto revolucionario —el proletariado—, es la organización histórica que predispone una concepción del mundo crecientemente enemiga de toda racionalidad. Lukács dirá que los rasgos esenciales de esta enemistad son: «El desprecio del entendimiento y la razón, la glorificación lisa y llana de la intuición, la teoría aristocrática del conocimiento, la repulsa del progreso social, la mitomanía, etc.».

Debe verse en lo escrito un ejercicio de síntesis expositiva y no una comprensión reduccionista e instrumental de la producción ideológica, un riesgo latente también en la recepción de la obra de Lukács. El momento instrumental existe en los procesos de elaboración y generalización ideológica, pero es un momento al que le precede una función y una práctica social objetiva. La mistificación burguesa de la realidad se nutre de una actividad social y, particularmente, productiva, que la presupone y reproduce constantemente. Los elementos de los que nace esta visión fetichizada y reaccionaria de la realidad social se intensifican como consecuencia de la agudización de la contradicción capital-trabajo, de la misma manera que se intensifican los elementos contrarrestantes, aquellos que pugnan en favor de una comprensión científica del mundo. Pongamos un ejemplo: el capitalismo monopolista eleva hasta límites insospechados la división social del trabajo, la atomización y cosificación de la vivencia proletaria, a la vez que une en un único lazo productivo a la clase obrera de los distintos puntos del planeta, reforzando así la coincidencia inmediata de sus intereses objetivos. Como dice Creonte: «Gracias a mi autoridad y al poder de la espada yo los mantengo unidos y al mismo tiempo separados».

II. El poder de la espada

Pero, ¿cómo conecta lo visto con el fascismo como fenómeno específico? Manteniéndonos en un nivel ideológico, podríamos decir que el fascismo reviste una particular dificultad analítica dado su sincretismo. Veamos lo que dice uno de los pensadores más destacados del fascismo español, Ramiro Ledesma:

Nos inclinamos a negar al fascismo propiamente dicho características universales. Hablar, pues, de Fascismo en España […] a lo que se alude es a una política concordante con lo que, en el panorama de las luchas políticas mundiales, se conoce por “Fascismo”. […] Podemos, en efecto, poner en fila una serie de características, de perfiles, de propósitos y de sueños, que nos entrega con claridad perfecta la figura exacta del fascismo como fenómeno mundial. […] Solo nos fijaremos en dos factores, que sin ser desde luego los únicos, han influido considerablemente en la universalización del fascismo:

Su tendencia al descubrimiento jurídico-político de un Estado nuevo, con la pretensión histórica de que ese Estado signifique, para el espíritu y las necesidades de la época, lo que el Estado liberal-parlamentario significó en todo el Siglo XIX, hasta la Gran Guerra.

Su estrategia de lucha contra una fuerza social —el marxismo, el partido clasista de los proletarios—, venciéndola revolucionariamente, y sustituyéndola en la ilusión y el entusiasmo de las masas.

La dificultad doctrinal del fascismo se encuentra, en primer lugar, en su propio fundamento filosófico irracionalista: la comprensión racional de la realidad revela los límites históricos de las relaciones capitalistas de producción, el interés de la burguesía se expresa en la negación de toda comprensión coherente y totalizante. Esto, de hecho, puede hacerse extensivo a otras formas de pensamiento dominante de nuestro tiempo: el relativismo, la demagogia, el voluntarismo, etc., son algunos rasgos característicos del pensamiento burgués agonizante. De esta manera, no toda forma de irracionalismo es asemejable al fascismo, pero todo fascismo es necesariamente irracionalista.

Además de esta característica interna, difícilmente puede el fascismo reconocerse en un sistema universal, dada su esencia chovinista y supremacista. El fascismo es la expresión más aguda de una característica esencial del capitalismo monopolista: la paradoja entre una altísima internacionalización e interdependencia de la economía, y el reforzamiento de la base nacional de defensa y garantía de los intereses propios. El fascismo refuerza así la idea de la comunidad nacional interclasista, esencializa y deforma los rasgos culturales constitutivos de un pueblo, fabrica tradiciones y genealogías y las cubre con un narrativa mítica y redentora. Todo esto con una vocación claramente imperialista y expansionista.

En tercer lugar, su carácter contradictorio es consecuencia también de una particular configuración clasista, de una mezcolanza de elementos ideológicos que proceden de estratos sociales diversos. Una de las características esenciales del fascismo, como modelo específico de reacción, es su componente de masas. Este componente de masas es el resultado de una radicalización y movilización creciente de sectores intermedios, especialmente de la pequeña burguesía urbana. La plasmación semidoctrinal sintetiza la coincidencia de intereses de estos con un sector de la gran burguesía. En el arco que va de los grupúsculos políticos y el escuadrismo, hasta la constitución como poder estatal, históricamente el fascismo se ha ido depurando de sus elementos más radicales, más pequeñoburgueses, en favor de una vinculación ideológica, política y operativa cada vez más íntima con el capital financiero.

De lo anterior se deduce una cuestión clave para entender el fascismo y el momento hegemónico que lo legitima: todos los elementos estructurales e ideológicos que favorecen la llegada del fascismo y que el fascismo reinterpreta o vigoriza, ya están ahí, en la democracia parlamentaria o en otras formas de dictadura burguesa. En la época imperialista la burguesía es una clase enteramente reaccionaria: las contradicciones sobre las que se edifica su mundo no pueden hacer más que agudizarse progresivamente, por eso el capitalismo no puede más que tender a la reacción. Y en este campo entran también aquellas formaciones burguesas denominadas «progresistas», pero que solo plantean otros modelos de gestión de la explotación y la violencia del capital.

La otra deducción decisiva es que no toda forma ni actividad política reaccionaria es necesariamente fascista. Es un error común y popular la asociación de fenómenos y conductas políticas características del dominio de la burguesía como clase reaccionaria con su versión más «histriónica» y «salvaje». Hay en esto una indudable operación ideológica de la propia burguesía, mediada y ejecutada con mucha solvencia por el oportunismo de derechas, que permite interpretar estas acciones como exógenas a la forma de dominio burguesa. Sin embargo, también hay en ello una memoria popular antifascista, un recuerdo y un temor de que se repita aquella cima del mal. Ese desprecio no debería suavizarse, matizarse o relativizarse desde una posición cínica y elitista, debería extenderse, ampliarse y concretarse en una lucha contra el capitalismo en su totalidad.

Si no toda aplicación del terror de la burguesía es necesariamente fascista, si las estructuras e ideas que le dan vida ya están en el gobierno «corriente» de los capitalistas, si el nuevo «derecho de la guerra» ya existía con anterioridad al fascismo y siguió existiendo una vez este cayó, ¿qué elemento genuinamente diferencial define y provoca el advenimiento del fascismo? En primer lugar, la suma necesaria de todos los elementos anteriores: irracionalismo, chovinismo, vocación imperialista, base de masas, alianza de la pequeña y gran burguesía, etc. En segundo lugar, un contexto específico que posibilita que el fascismo se articule como solución necesaria del poder del capital: un contexto de crisis orgánica.

III. La palabra es un hierro impuro que es necesario templar en el yunque de la verdad

Decía Bordiga que el fascismo no aporta nada nuevo al programa burgués tradicional. Esta incomprensión de lo particular, de lo diferencial que hay en el fascismo como fenómeno, es una buena muestra de la bancarrota teórica que representa el ultraizquierdismo. Tomar solo los datos del fenómeno que son más favorables a las concepciones ideológicas previamente elaboradas, quedarse en el campo de la abstracción y dar a las conclusiones categoría de límites impuestos formal y exteriormente al propio desarrollo histórico, tiene por consecuencia la muerte de toda práctica revolucionaria.

Bastante más fértil es la definición clásica del fascismo como «síntoma de la debilidad de la burguesía». Efectivamente, el crecimiento del fascismo y su llegada al poder son una manifestación de la dificultad para mantener el poder por los medios tradicionales. El agotamiento del capitalismo no solo provoca que la gestión de sus contradicciones requiera de la activación de enormes fuerzas destructoras, sino que esto mina permanentemente la legitimidad de su proyecto. La agudización de las contradicciones inmanentes puede llegar a un punto tal de «no retorno» que haga que la salida solo pueda ser el desplazamiento o la aniquilación de sus enemigos u obstáculos.

La burguesía domina inicialmente a través del consenso, pero su caducidad obliga a poner en funcionamiento cada vez más mecanismos de coerción, de intervención represiva para garantizar la unidad de su sistema. Ante la dificultad de resolver pacíficamente la agudización de sus contradicciones, puede darse la situación de que sea necesaria una intervención decisiva y contundente. Esto, de manera simplificada, se traduce en tres puntos programáticos contenidos en la cita antes vista de Ledesma: la guerra imperialista, la aniquilación del movimiento revolucionario y la conformación de un nuevo modelo de Estado.

El fascismo no es un cambio de la clase en el poder, ni tampoco es una mera variante de gestión del poder burgués, es una alteración significativa de la forma política del capital en su fase monopolista motivada por un contexto de crisis económica, política e ideológica. El factor contextual es clave, porque de las orgánicas vinculaciones entre monopolismo y fascismo hubo quien extrajo la lectura del fascismo como forma predilecta, natural, de dominio del capital en su fase imperialista. La historia ha demostrado con creces las limitaciones deterministas de esta concepción. El fascismo representa una reorganización del bloque de poder para la eliminación y neutralización directa de toda oposición al capital financiero en su proyecto de implementación de las acciones necesarias para remontar su crisis.

Sin embargo, como ya se ha introducido, el fascismo no es un fenómeno meramente instrumental: es la propia crisis múltiple la que propicia el surgimiento fascista, que acaba sirviendo de mecanismo de recomposición parcial de la hegemonía burguesa. Ledesma hablaba de sustituir al marxismo en el entusiasmo de las masas, no simplemente de su aniquilación. La crisis es el fermento que posibilita una coincidencia temporal de ideas e intereses entre el capital financiero y las capas medias radicalizadas: la estadolatría, el chovinismo, el nacionalismo económico, el antiintelectualismo, el elitismo, el supremacismo, el corporativismo… unen a ambos sectores de manera inestable y desigual, y ejercen su influencia sobre facciones de otros grupos sociales. La base de masas y el marco de legitimidad que provoca esta alianza permiten el despliegue de la empresa del gran capital. A medida que se va desarrollando dicho plan, la alianza cada vez se agrieta más: sus políticas en favor de los intereses de los monopolios revelan que la palabra del fascismo se rompe ante el yunque de la verdad.

IV. Sigue al que manda y haz lo que ordena. Yo, en cambio, seguiré lo que exige la costumbre

De la misma manera que Creonte domina mediante el apoyo de los ancianos y del nuevo derecho, Antígona encuentra la motivación para la desobediencia en la costumbre, es decir, en una construcción ideológica naturalizada que colisiona con la dominante. A la referencia anterior de que el fascismo es un síntoma de debilidad de la burguesía, hay que añadirle que lo es también de la clase obrera. Síntoma de la poca extensión e interiorización en el seno del proletariado de una construcción ideológica que legitimase la desobediencia, la acción insurreccional.

Zinóviev definía la historia del bolchevismo como una lucha permanente por la realización de la idea de la hegemonía del proletariado. Fueron los socialistas rusos los primeros que generalizaron la utilización del término «hegemonía». A través de este concepto se definía el proceso mediante el cual el proletariado atrae o neutraliza a otras capas, pero era claramente un concepto extrapolable a la actividad del resto de clases. La perspectiva hegemónica es la comprensión dialéctica de la práctica social, el entendimiento de que las ideas se producen en un campo de lucha entre clases, y que expresan, por tanto, mecanismos de dominio o subordinación. De su aplicación consecuente el bolchevismo no solo obtuvo la primera revolución socialista triunfante de la historia, sino además un desarrollo doctrinal del marxismo.

Algunas lecturas en boga apuestan por ver entre el bolchevismo y la tradición revolucionaria de la socialdemocracia precedente una simple línea de continuidad, sin elementos diferenciales, discontinuidades ni desarrollos. Sin embargo, esta lectura solo puede hacerse desde la comprensión exclusiva de las raíces epistemológicas del oportunismo, obviando sus raíces socioclasistas. Un enfoque materialista histórico solo puede comprender la traición de 1914 como manifestación de condiciones económicas, políticas e ideológicas previas que fueron dejando su impronta en la actividad socialdemócrata. Esto es lo que hará precisamente Lenin en el periodo que va de 1914 a 1918, pasar revista a la historia reciente de la socialdemocracia para profundizar en la caracterización del oportunismo.

Pero el leninismo no representa solo un desarrollo doctrinal porque realice un balance de los errores precedentes, sino porque sintetizó estos con la experiencia del proceso revolucionario triunfante y con los rasgos específicos de una nueva época. De esta conjunción nace el programa universal de la revolución proletaria en la época del imperialismo, programa rastreable, fundamentalmente, en los principios y análisis rectores de la Internacional Comunista.

Será Gramsci quien dirá que la mayor aportación de Lenin es su comprensión de la necesidad de un aparato hegemónico capaz de crear un nuevo terreno ideológico, esto es, un conjunto de prácticas y organizaciones mediante las cuales el proletariado interioriza la concepción del mundo que le es propia y atrae a dicha concepción a otros sectores. El corazón de esta visión es el partido comunista.

El partido comunista es un destacamento de la clase obrera, su constitución inicial como estructura formalmente separada del proletariado es solo un momento necesario. Su función no consiste únicamente en articular de manera coherente y científica la conciencia proletaria, sino en desplegar una actividad que permita la fusión progresiva con el resto de la clase. Actividad que no es autónoma a la lucha de clases: es en el conflicto que la mediación puede tornar real lo que es potencial. A través de la experiencia práctica, la clase obrera se torna actor consciente en el proceso histórico, capaz de presentar una concepción del mundo, un proyecto social y un programa político alternativo a la sociedad burguesa. Concepción racional, proyecto universal y programa de combate. A medida que el proletariado se va haciendo consciente de sus intereses, y convierte en formas de combate esta conciencia, genera las condiciones para convertirse en jefe popular.

La agitación, la propaganda, la cuestión organizativa y la elaboración teórica del partido se subordinan a este proceso. Pero hay en él un aspecto esencial, clave en la concepción original de Lenin y de los bolcheviques, que no siempre se subraya lo suficiente y que marca una ruptura esencial con el gradualismo y el espontaneísmo: la iniciativa política. La iniciativa política consiste en la intervención activa del partido sobre la realidad concreta, sobre la correlación de fuerzas dada, para dar el golpe de dirección oportuno en cada momento. Es una comprensión operativa y activa de la táctica, de la necesidad de poner en marcha un conjunto de acciones, consignas y movimientos orientados a lograr un marco más favorable para el despliegue del proceso hegemónico. Iniciativa es catalizar las tendencias favorables a la revolución, intervenir sobre el espíritu de época, estimular la audacia y la creatividad política.

Volviendo a la cuestión del fascismo, aunque no pueda reducirse a un movimiento meramente reactivo, sin duda fue clave en su victoria en algunos países la promesa de aniquilación del comunismo. La ausencia de un movimiento obrero revolucionario hubiese representado un obstáculo y un peligro menos —el principal— para los planes capitalistas. No obstante, la victoria del fascismo también está posibilitada por un cierto «espacio» dejado por los comunistas, bien por retroceso, bien por falta de desarrollo. Ese espacio es la incapacidad de articular un frente proletario susceptible de atraer a algunos sectores sociales intermedios y neutralizar otros. Es la incapacidad de transformar la crisis orgánica, la situación revolucionaria, en una disputa por el poder.

Las contradicciones y grietas que surgen en la reproducción social burguesa, así como su expresión a nivel político-ideológico, deben ser atendidas y leídas por los comunistas para actuar sobre ellas con valentía. En lo referente al fascismo, tanto en sus inicios como movimiento como en su final como Estado, genera una serie de problemáticas y efectos que los comunistas no pueden ignorar y que deben tener consecuencias prácticas, pues afectan al proceso de hegemonización.

En los países de capitalismo maduro la clase obrera tiene un perfil plenamente definido y constituye la protagonista social principal y determinante para la revolución. También, por lo tanto, para la acción antifascista en clave anticapitalista. De esta manera, la condición primera y necesaria no puede ser otra que la unificación, elevación y organización de la única clase que puede figurar en la primera línea de batalla contra el fascismo.

Pero esto no niega la posibilidad de operar sobre otros sectores empobrecidos u oprimidos con el objetivo de reforzar el frente propio y debilitar el frente de la burguesía. El grado de desarrollo capitalista define las fronteras de posibilidad de estas alianzas, fronteras que pueden verse parcialmente afectadas por las particularidades de los momentos políticos y por la habilidad para hacer de ellos amplificadores de las ondas de influencia. Incluso los conflictos y las contradicciones en la cúspide generan debilidades internas aprovechables La perspectiva de la revolución como algo que debe organizarse exige, en definitiva, el despliegue de una práctica política orientada a convertir al proletariado en clase dirigente, en clase capaz de despertar, potenciar y canalizar todas las energías revolucionarias y realmente progresistas que existen.

Por desgracia, la tarea del momento actual pasa por centrar la atención en aspectos más inaugurales. Particularmente, por la recuperación del partido comunista. Pero el proceso de construcción del partido no se produce en el vacío, al margen de los combates populares, de las preocupaciones y debates de las masas. Dimitrov escribía: «No somos historiadores divorciados de la vida; somos combatientes de la clase obrera, obligados a responder a la pregunta que atormenta a millones de obreros: ¿Se puede prevenir, y por qué medio, la victoria del fascismo?». Profundizar en la definición de la reacción y del fascismo es una tarea apremiante ante su crecimiento, pero el reto es desprender de la clarificación líneas de actuación que pongan de nuevo a la razón en marcha frente al oscurantismo.

Recibe las novedades de Para la voz de forma gratuita.