Editorial N.º 5: Disputar la hegemonía, asaltar el sentido común

PARA LA VOZ 4(1) (2026): 1–6
26/05/2026

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. En esta frase se condensa el problema fundamental de la hegemonía en nuestra época. La derrota del socialismo y la descomposición del movimiento obrero cerraron por completo toda perspectiva de alternativa. La historia de la lucha de clases había llegado a su fin.

Sin embargo, tras el festín capitalista alimentado por las ruinas del bloque socialista, la realidad volvió a imponerse sobre las apariencias. La crisis del 2008 sumió al mundo en una nueva época, en la que las leyes del capital tenían como único freno sus propias contradicciones. No había ya países socialistas que pudieran ejercer de contrapeso, partidos comunistas amenazantes, ni movimientos obreros combativos. Ante esta falta de perspectivas, los movimientos de masas, nacidos en respuesta frente a la crisis, fueron hegemonizados por una nueva socialdemocracia que pronto entró en bancarrota.

No tardarían en aparecer los nuevos monstruos. En el periodo 2015–2020, marcado todavía por las nefastas consecuencias de la crisis de 2008 y por una crisis migratoria a gran escala, fuimos testigos de una verdadera ofensiva reaccionaria, con el surgimiento y la irrupción de fuerzas ultraderechistas variadas, desde el populismo nacionalista de Marine Le Pen en Francia al neonazismo de Amanecer Dorado en Grecia, pasando por la alt-right trumpista o el tradicionalismo de Vox. La reacción se impuso con fuerza en el tablero político, llegando al poder por la vía parlamentaria en países como Estados Unidos o Brasil y jugando un rol crucial en otros muchos países.

Todos los partidos burgueses tratan de conservar las relaciones sociales capitalistas y, si es necesario, reabren frentes de la lucha de clases avanzando contra las posiciones supuestamente aseguradas por la clase obrera. Sin embargo, lo que distingue a las fuerzas más reaccionarias en la actualidad es su pretensión de desarticular toda posible organización de la clase trabajadora mediante un trabajo constante y sistemático dirigido a provocar divisiones —de género, nacionales, raciales, religiosas— al interior de la propia clase obrera.

Durante el periodo posterior a la pandemia, marcado por la crisis inflacionaria de 2021–2022 y por una escalada bélica, estas fuerzas de extrema derecha han logrado seguir expandiendo su base electoral. Llevamos ya, por tanto, una década en la que la reacción logra avanzar y afianzar posiciones, llegando a normalizar planteamientos políticos que hasta hace diez años eran marginales.

En todo este complejo proceso, destaca las formas innovadoras que han tenido las fuerzas reaccionarias para proyectar su mensaje, haciendo uso de las redes sociales y de nuevos métodos de comunicación política. Ha surgido así una innumerable cantidad de influencers reaccionarios, de fake news, de vídeos descontextualizados, de análisis tendenciosos y de redes de desinformación que han sido cuidadosamente estudiadas, configuradas y puestas en práctica por las mentes más brillantes de la reacción. No es casualidad la compra por parte de Elon Musk de la red social Twitter (ahora X) y los cambios introducidos en sus algoritmos.

Lo que han logrado en estos diez años, en definitiva, ha sido reconfigurar el sentido común, modificar los criterios entre aquello que socialmente se considera tolerable e intolerable. Han conseguido subvertir la percepción sobre muchos de los fenómenos sociales, acusando a falsos culpables —los sectores más vulnerables de nuestra clase— de los problemas cuyos responsables últimos son los capitalistas. Han desdibujado el verdadero rostro del enemigo de clase, e incluso han convertido lo reaccionario en rebelde.

Ellos pusieron en el centro de su estrategia la cuestión de la hegemonía y han alcanzado avances significativos. Sin embargo, este hecho no debe explicarse exclusivamente por las nuevas formas de comunicación política y las redes sociales, como hacen algunos analistas liberales y socialdemócratas. Además, debe advertirse que uno de los motivos clave del auge y la caída de partidos como Podemos o Syriza fue el fracaso de sus estrategias configuradas en torno a una concepción unilateral e idealista de la hegemonía, reducida simplemente a lo cultural, al mensaje, a las ideas en la era de la información, etc.

No podemos obviar el hecho de que la reacción dispone de recursos, grandes fortunas que financian think tanks, medios de comunicación, partidos políticos e incluso organizaciones neofascistas de choque. Varios de estos partidos han estado o se encuentran actualmente en el poder de algunos de los Estados más poderosos del mundo. Controlan la agenda política y mediática o la marcan decisivamente. Existe una red de instituciones dedicadas a promover el auge reaccionario, que encuentra un terreno fértil en un contexto de intensificación de las contradicciones interimperialistas.

Son muchas las aristas que pueden señalarse en todo este proceso. En este número de PARA LA VOZ queremos centrarnos en reflexionar en torno a cómo podemos nosotros, el campo revolucionario, recomponer una hegemonía que sea capaz de oponerse tanto a la reacción como a las falsas alternativas del campo de la socialdemocracia; una propuesta que sea capaz de rehuir el mal menor para sentar las bases para una ofensiva revolucionaria. No basta con una crítica a uno u otro aspecto del orden social: solo haciendo creíble de nuevo la posibilidad de una sociedad alternativa podrá extenderse el optimismo revolucionario. Sin ese ideal de un futuro verdadero, los individuos quedarán encerrados para siempre en la reproducción material y espiritual de lo existente. Pero, a diferencia de las concepciones idealistas de la hegemonía, un ideal no puede implantarse como caído del cielo: solo la fuerza material organizada de la clase trabajadora es capaz de traer al presente la palabra revolución. La cuestión de la hegemonía, por tanto, no es un problema exclusivamente ideológico o cultural, ya que posee una dimensión organizativa y material fundamental que pasa por la recomposición de un movimiento obrero independiente y de su partido de vanguardia, el Partido Comunista, con el fin de superar el modo de producción material capitalista. No sin motivo fue Lenin, al abordar los grandes problemas de su época, uno de los primeros y más brillantes teóricos —y organizador práctico— de la hegemonía.

Para explorar todas estas cuestiones, empezamos con el artículo «La razón en marcha: hegemonía proletaria frente al irracionalismo reaccionario», de Javier Martín. En él, expone la concepción leninista de la hegemonía y, con El asalto a la razón de Lukács como obra central, plantea cómo articular una política proletaria frente al fascismo.

Contamos también con la colaboración de Red Planeta (Oier Pérez), que reflexiona sobre el papel de las redes sociales y del algoritmo en la lucha ideológica en su artículo «Agitación, propaganda y lucha de clases en la era del algoritmo».

Incluimos una pequeña recopilación de poemas de Fausto Solanas, donde homenajea a Miguel Hernández, reivindica la lucha palestina o expresa su experiencia militante.

El relato-ensayo «Conversaciones fragmentarias: conciencia histórica, totalidad y tradición», de Nolito Ferreira, parte de una conversación entre amigos para explorar las relaciones entre totalidad, conciencia, fragmentación y tradición.

Incluimos un fotorreportaje, «Arte, guerra y propaganda: El pintor Sarralde en Chinchón», sobre la experiencia del pintor José Luis Fernández Martínez durante la guerra civil española.

Seguimos con un ensayo de Joan Tafalla, «En el taller de Gramsci: de la democracia obrera a la hegemonía», en el que expone el desarrollo teórico de Gramsci sobre la hegemonía en sus Cuadernos de la cárcel.

En «Cómo el pentágono reescribió Iron Man», Miguel Borrajo expone cómo se fue configurando el imaginario del enemigo —del «Otro»— en Hollywood desde la Guerra Fría y el papel crucial que jugó y juega aún a día de hoy el Pentágono en todo ello.

El texto «Romper con el sensorium fascista. Esquejes para una reorganización del sentir», de Lu Barcenilla, explora, como si de un manual de botánica se tratase, cómo reorganizar el sensorium.

Cerramos el anterior artículo con el poema «Así nos odian», de Juan Salinas.

Incluimos también unos fragmentos de las «Palabras a los intelectuales» de Fidel Castro en 1961, donde sintetiza con claridad la política cultural de la revolución cubana y el papel que los intelectuales deben jugar en un proceso revolucionario; papel que cobra una urgente actualidad ante las nuevas agresiones imperialistas a la isla en los últimos meses.

Cerramos el número con el relato «El último verano de Rodolfo Walsh», de Lilia Ferreyra, donde expone algunos aspectos biográficos del escritor militante y asesinado durante la última dictadura argentina, de la que se cumple medio siglo.

Esperamos que el lector encuentre en este número de PARA LA VOZ reflexiones constructivas para afrontar el debate colectivo que la historia nos exige. Proponemos discutir sobre ciertas tareas y herramientas que sirvan para hacer avanzar posiciones revolucionarias en la lucha por la hegemonía, extender la idea de que si no somos nosotros quienes acabamos con el capitalismo, será el capitalismo el que terminará por acabar con nosotros. Es imperioso volver a imaginar y demostrar que otro mundo es posible.

Puedes informarte con mayor detalle o reservar el número aquí:

  • El Consejo Editorial de PARA LA VOZ está formado por cinco personas. Se trata de un equipo especializado en múltiples temas orientados a la emancipación social.

Recibe las novedades de Para la voz de forma gratuita.