Artículo liberado del número 4 de PARA LA VOZ: «Guerra y capital». Puede adquirirse el número en físico escribiendo a contacto@paralavoz.com
«La violencia es, por sí misma, una potencia económica».
—Marx
1. La naturaleza de la guerra
Si en el análisis militar abunda toda suerte de realpolitiker y de geopolíticos a la moda, ¿qué tiene que aportar el decimonónico Marx a lo ya dicho una y mil veces por nuevas generaciones de autores? Para empezar, habría que matizar —como él mismo acusó— que «la novedad consiste casi siempre en volver a puntos de vista superados ya desde hace tiempo».Karl Marx, El capital, 2ª ed. (Madrid: Akal, 2000), 4ª reimp. 2016, libro III, t. 8, 223. Todas las citas remiten a esta edición (8 tomos); en adelante se indicará únicamente libro, tomo y página.
1 Y es que por seguro que los auténticos fundadores de esas teorías hoy en boga —que se basan en relaciones pretendidamente fundamentales de Estados, imperios y geografías— ganan en canas incluso a Marx. Pero hasta cierto punto la antigüedad de la teoría es irrelevante: lo urgente para la independencia de la política comunista es constatar que la concepción materialista de la historia es más fundamental que el resto de doctrinas sobre la guerra. Para demostrarlo, este artículo establece un concepto de guerra de acuerdo a El Capital (1867–1894) de Marx (cuyo coautor en cierto sentido fue Engels); de este modo se revela cómo las principales determinaciones de la guerra son parte constitutiva del modo de producción capitalista y seguirán existiendo mientras no hayamos logrado superar los modos de producción basados en la explotación de clase.
Para empezar a definir el concepto de guerra, debemos preguntarnos: ¿las guerras contemporáneas deben su estallido a los fundamentos abstractos de la sociedad capitalista (producción de plusvalía, etc.) o a eventualidades más o menos fortuitas pero plenamente significativas en el día a día (del estilo de un movimiento de tropas o un eventual magnicidio)? Lo cierto es que ambas clases de respuesta resultan insatisfactorias, porque no permiten alcanzar nada más que verdades abstractas, pobres, inconclusas. Ninguna de estas verdades parciales agota la necesidad teórica de un proyecto político comunista. Para salir de este atolladero, de lo que se trata es de localizar la determinación que, pese a ser abstracta y simple, es la más sustantiva al encerrar en sí misma el contenido universal de la formación social. A partir de este principio básico pueden deducirse otros fenómenos sociales —tales como una guerra en particular—, alcanzándose así una verdad concreta. En palabras de Marx, en lo que respecta a la relación entre el modo de producción y las relaciones políticas, la concepción materialista de la historia toma tan solo como punto de partida «la relación directa existente entre los propietarios… y los productores directos» (en nuestro tiempo, entre capitalistas y proletarios), que «es donde encontramos el secreto más recóndito, la base oculta de toda la construcción social, y por consiguiente… de cada forma específica de Estado».Libro III, tomo 8, página 235.
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Pero, cabe cuestionarse, si fenómenos como el Estado y la guerra han existido desde mucho antes de conformarse el modo de producción capitalista, ¿no sería más acertado afirmar que los fenómenos políticos o militares son independientes del capital e incluso más esenciales y anteriores a este? En efecto, la guerra data —según los propios Marx y Engels (en La ideología alemana)— de los remotos tiempos de la comunidad primitiva, y a causa de ellas tiene origen la primera forma de propiedad entre las comunidades tribales contendientes: el esclavo. El esclavo, que aparece como una fuerza productiva accesoria durante el comunismo primitivo, adquiere una progresiva importancia económica, lo que va unido a un incremento en la proporción entre el número de esclavos y de esclavistas que acaba por disolver los lazos tribales primigenios; durante este proceso tiene lugar la primera lucha de clases y la aparición del Estado como garante del pujante orden social esclavista.
Pero llegados a este punto, la guerra —nacida al calor de las pugnas entre las comunidades originarias— adquiere una nueva dimensión política y estatal: ya no ocurre por enfrentamientos tribales, sino que la guerra queda supeditada al Estado esclavista. En particular, la guerra —en tanto que violencia organizada por grupos enfrentados por dominar y prevalecer— pierde su antigua forma tribal y comunista, y adquiere una nueva forma o esencia esclavista. Nuevas determinaciones afloran en la relación social de la guerra: división del trabajo esclavista, nuevos mandos que ejercen supervisión, complejas jerarquías, incremento absoluto de la tropa, tecnologías más perfectas acordes al progreso productivo del esclavismo, disputas territoriales y por nuevos recursos poco accesibles, etc. En pocas palabras, el esclavismo no engendra la guerra, pero sí la fundamenta sobre un nuevo modo de producción social.
Haciendo abstracción de otros modos de producción, el modo de producción capitalista replica esta misma lógica de superación: además de crear nuevos enfrentamientos en su beneficio (como, entre otros, los relativos a la psiquiatría o las modernas luchas raciales), renueva y somete a sus propios principios todos los resortes de poder que históricamente hereda, mediante una refundamentación de la opresión estatal o militar, religiosa, de sexos, de edad, de campo-ciudad, de castas, etc. Encontramos un buen ejemplo de esta circunstancia al examinar la definición de guerra expuesta por Heráclito (a quien, por su inmenso ingenio dialéctico, desde los tiempos antiguos lo apodaron el Adivinador, como también el Oscuro): «La guerra es padre de todos y rey de todos, de suerte que a unos los pone en dioses, a otros en hombres, a unos los hace esclavos, a otros libres». Puede observarse que incluso sobre la guerra demostró grandes dotes al evocar varias de sus cualidades inherentes (como su destructividad creativa); a pesar de ello, es inconcebible pretender que esta representación mitológica y esclavista resuelva la complejidad de la guerra moderna o siquiera que se asome a su verdadera esencia política y económica.
Ahora bien, si no existe la guerra al margen de los modos de producción, ¿qué define pues a la guerra capitalista? Esta es precisamente la tarea que asume este artículo: la definición de las determinaciones materiales más elementales que asientan el concepto de guerra capitalista. Para lo que se requiere identificar las leyes y tendencias más abstractas y fundamentales del modo de producción capitalista en la medida en que determinan orgánicamente las relaciones políticas y militares de la guerra.
2. La producción material de la guerra
Antes de comenzar propiamente la investigación de la guerra capitalista, es necesario aclarar dos puntos: Por un lado, adviértase que Marx concibe el capital como el fundamento de la moderna nación: «el desarrollo de los intereses del capital… se ha convertido en la base del poder y del predominio nacional en la sociedad moderna»; además, la esencia política de esta organización social consiste en que «los intereses de la clase capitalista» se presentan «como los fines últimos del Estado».III, 8, 227.
3 Al nacionalizar y estatalizar sus propios intereses, el capital adquiere la autoconciencia de que él es un «poder social en el que cada capitalista participa en proporción a su participación en el capital social global».III, 6, 253.
4 Una vez presentadas estas premisas, podemos hablar en lo sucesivo de Estado capitalista.
Por otro lado, existen dos tipos de relación entre categorías (momentos) del modo de producción: la tendencia y la ley. Mientras que la ley es universal y necesaria, la tendencia es tan solo un impulso interno privado de expresión o libre negatividad. En palabras de Hegel, la tendencia es «un afán que no llega a realidad efectiva»; y para Marx la «tendencia» es «una ley cuya vigencia absoluta se ve contenida, entorpecida y atenuada por circunstancias que la contrarrestan».III, 6, 308.
5 Por lo tanto, en el caso de que una tendencia se libere de su contención impuesta externamente, se volverá ley, y viceversa. En (2.1) la siguiente subsección se estudia la guerra en calidad de tendencia, es decir, como subsumida en el modo de producción capitalista pero sin posibilidad de realizarse debido a causas que la constriñen temporalmente. Mientras que en (2.2) la posterior subsección, se presenta la guerra en tanto que ley, es decir, como relación general entre categorías del modo de producción capitalista cuyo surgimiento es necesario debido a su relación con otras categorías. En definitiva, la guerra como tendencia y ley, respectivamente, empuja en la dirección de la guerra o periódica e irrevocablemente nos precipita a ella.
2.1. La guerra como tendencia
2.1.1. La base de la competencia internacional
En esta subsección se examina cómo el movimiento orgánico del capital ejerce cierta clase de presión que nos orienta hacia la guerra. En este sentido, una de las leyes más profundas del capital es la competencia, que, en esencia, «se libra mediante el abaratamiento de las mercancías».I, 2, 87.
6 (Obviamos por lo pronto la cuestión de los precios de producción y de mercado, ya que aquí exponemos su base: la determinación del valor). En el seno del capital productivo, dos categorías destacan con relación a la competencia: el capital constante (el valor de los medios de producción) y el capital variable (el valor de la fuerza de trabajo). En los términos más elementales, la competencia conduce a que: por un lado, se implemente en los medios de producción «la modernísima ciencia de la tecnología»I, 2, 228.
7 en aras de que el capital constante transmitido a la mercancía individual decaiga; por otro lado, se busca aumentar la tasa de plusvalía (a saber, la proporción entre la plusvalía producida por el trabajador y el valor de su fuerza de trabajo), bien aumentando la jornada o la intensidad del trabajo, bien desvalorizando la fuerza de trabajo. Piénsese, por ejemplo, en un contexto internacional en el que un bando —China— despunta tecnológicamente (capital constante) y puede permitirse salarios relativamente bajos (capital variable): en esta situación, sus contrincantes son presionados para enfrentarse por cualquier medio a este estado de cosas, al tiempo que los capitalistas en alza se preparan para apuntalar su auge y evitar a toda costa su derribo.
2.1.2. La colonia tradicional y la colonia capitalista
Otro asunto que preocupó sobremanera a Marx fue el de las colonias. Es esta una palabra que con frecuencia se emplea de forma anacrónica, sin pararse a pensar en qué distintas clases de colonia han existido. Por eso, Marx distingue entre la colonia tradicional (asentamientos formados por colonos en tierras presumiblemente vírgenes)I, 2, 106.
8 y la colonia capitalista (que hereda «el sistema colonial» en un sentido tradicional, donde impera «la violencia más brutal»,I, 3, 244.
9 pero evoluciona a una subordinación económica basada en la distribución de la ganancia de acuerdo a las respectivas capacidades productivas).
Por un lado, la colonia tradicional fue un fenómeno común desde los albores de la civilización. La historia antigua y feudal del Mediterráneo y de Europa presentan muchos ejemplos reconocibles: las colonias fenicias como Cartago, las colonias griegas en Asia Menor o el sur de Italia, las colonias romanas, la colonización medieval hacia el Este europeo, etc.
Además, este tipo de colonia fue también consustancial a la acumulación originaria del capital que permitió la implantación definitiva de este modo de producción: «Se inaugura con la secesión de los Países Bajos de España» en 1648 (esto es, desde el último periodo de la España de los Austrias), y ocurre, «más o menos en sucesión cronológica, especialmente en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra».I, 3, 243.
10 Lo característico de este tipo de colonia tradicional en la transición al capitalismo (las «colonias burguesas libres») es que sus «tierras no están apropiadas» y por eso son vírgenes, lo que en absoluto significa que nadie las habitara, sino simple y llanamente que el capital aún no se había apoderado de ellas: «Esto es lo que constituye la enorme diferencia entre los viejos países y las colonias, por lo que a la tierra se refiere: la inexistencia legal o efectiva de la propiedad inmueble».III, 8, 189–190.
11 Marx describe también que este tipo de colonia seguirá existiendo siempre y cuando «la ocupación de una parte de la tierra por los colonos ya asentados no excluya a los recién llegados de la posibilidad de convertir nuevas tierras en campo de inversión de su capital o de su trabajo».III, 8, 190.
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A todo esto debemos preguntarnos, ¿existe todavía algún resquicio de colonia burguesa libre? A lo que respondemos sin tapujos: pese a que este tipo de colonialismo representa la excepción y no la norma en el dominio internacional actual, desde luego que sí sigue existiendo. Si guardamos la distancia con respecto a la forma agrícola de las primeras colonias tradicionales capitalistas, ¿es que pueden concebirse ejemplos más claros y lamentables de colonialismo tradicional que los proyectos de Israel y Marruecos?, ¿acaso los capitales israelí y marroquí no imponen a fuego su voluntad despreciando y mutilando las relaciones humanas preexistentes? Es cierto, ahora bien, que en Palestina y el Sáhara Occidental ya existían y existen relaciones de producción capitalistas relativamente poco desarrolladas, y en parte debido a este hecho incluso a muchos voceros del capital los proyectos coloniales sionista y marroquí les parecen injustos (volveremos más adelante sobre la idea de injusticia y su relación con la guerra).
Por otro lado, el Imperio británico —que Marx consideraba una «nación comercial explotadora» de la IndiaIII, 8, 241.
13— representa en el siglo XIX el tránsito efectivo a una nueva forma de relación colonial. Es decir, a medida que el mundo de relaciones sociales se vuelve capitalista, el colonialismo tradicional evoluciona hacia la colonia capitalista. En este caso, lo importante no son las tierras vírgenes, sino las diferencias en la composición orgánica del capital; es decir, así como la división del trabajo al interior de una nación aprovecha la contradicción campo vs. ciudad, de tal modo que «es la ciudad la que en todas partes y sin excepción alguna explota económicamente al campo por medio de sus precios de monopolio»,III, 8, 247.
14 de forma análoga, «la división del trabajo en el mercado mundial» obliga a las colonias (con independencia de sus condiciones naturales, como la fertilidad del suelo) a especializarse en trabajos que requieren poca inversión en capital constante (medios de producción) como la agricultura: «Esto distingue… a los Estados coloniales basados en el mercado mundial moderno respecto de los anteriores».III, 8, 78.
15 Sin entrar en detalle en el problema de los precios de producción, el establecimiento de una ganancia media provoca que los capitales con menor composición orgánica del capital (digamos, con inferior tecnología productiva) transfieran parte de su plusvalía a los capitales con mayor composición orgánica (más tecnológicos), y esta compensación de la ganancia entre capitales «vale también para distintas fases evolutivas que coexisten simultáneamente en varios países».III, 6, 281.
16 Esto perjudica muy notablemente a las colonias porque pierden parte del control efectivo de sus tan necesitadas riquezas. Además, a la inversa, un aspecto particularmente perverso de las colonias modernas es que permiten a los capitalistas más poderosos aumentar el valor de la fuerza de trabajo de los proletarios de sus respectivas naciones, con el fin último de suspender o retardar la lucha de clases.
2.1.3. La competencia y el monopolio
Además, Marx dedicó parte de El Capital a lo que comúnmente se entiende por la teoría de la competencia; o sea, la teoría sobre los precios empíricos de mercado (es decir, del mismo tipo de precios que los contables recogen en sus cuentas y los economistas vulgares en sus manuales). No entramos aquí en las numerosas modificaciones que, atendiendo a numerosas condiciones, establecen la oferta y la demanda sobre los precios de producción. Pero sí es pertinente poner el foco en los monopolios y su fijación de un «precio de monopolio»III, 8, 326.
17 que les permite obtener una ganancia superior a la plusvalía producida por ellos mismos (en detrimento de la ganancia que dejan de percibir otros capitales). Esto es, pese a que los monopolios se deducen enteramente a partir de la ley del valor, se apropian de más ganancia de la que les asignaría una irreal situación de competencia perfecta.
De acuerdo a Marx, existen «monopolios naturales o artificiales»:III, 8, 326.
18 Por un lado, el monopolio natural explota recursos naturales singulares, que en principio no pueden producirse mediante el trabajo humano; como tierras o yacimientos mineros únicos, saltos de agua, pasos de transporte exclusivos, etc. Por otro lado, el monopolio artificial surge como consecuencia de la acumulación y concentración de capital, de la centralización de varios capitales en uno mayor, de los cárteles, de los privilegios legales, del proteccionismo estatal, de las compañías coloniales, etc. La ley de la competencia que somete fatalmente a los pequeños y medianos capitales, sumado a la idea de poder sobresalir frente al resto y sobrevivir gracias al «precio de monopolio», promueve que los capitales actúen por todos los medios para convertirse en monopolio, aunque muy pocos lo logren. Es preciso señalar que el propio Marx solo llegó a conocer monopolios locales o nacionales, mientras que Hilferding (en Alemania, en El capital financiero [1910]) y Lenin (a escala internacional, en Imperialismo, fase superior del capitalismo [1916]) estudiaron los monopolios financieros imperialistas que comenzaban a repartirse el mundo, y autores contemporáneos como los cubanos Cervantes, Gil, Regalado y Zardoya (Transnacionalización y desnacionalización [2010]) estudian la evolución del imperialismo contemporáneo a través de la categoría de monopolio transnacional. No puedo sino recomendar efusivamente el estudio de estas obras.
2.1.4. La propiedad de la tierra
Un medio de producción capitalista que interesó notablemente a Marx fue la tierra: «La propiedad del suelo presupone el monopolio de ciertas personas a disponer de determinadas porciones del planeta como esferas exclusivas de su voluntad privada, con exclusión de todos los demás».III, 8, 7.
19 De nuevo, podría parecer que la propiedad de la tierra, al ser anterior que el modo de producción capitalista, posee sus propias leyes: «el monopolio de la propiedad territorial es una premisa histórica y se mantiene como base constante, tanto del modo capitalista de producción como de todos los modos de producción anteriores basados en la explotación de las masas».III, 8, 8.
20 No obstante, el capital refunda la propiedad de la tierra sobre su propia lógica: «la forma en la que el incipiente modo de producción capitalista encuentra la propiedad del suelo no le corresponde, él mismo crea la forma adecuada».III, 8, 8.
21 En esencia, el capitalista industrial explota la fuerza de trabajo del obrero obteniendo así plusvalía, sin embargo, esta plusvalía se reparte entre varias clases y categorías sociales: capitalistas comerciales (ganancia comercial) o bancarios (interés y ganancia por comercio del dinero), el Estado (impuestos), etc. Por importancia económica, la tercera clase social del modo de producción capitalista es el terrateniente (el propietario de tierra arrendada), cuyo beneficio también proviene de la plusvalía transformada que en este caso recibe el nombre de «renta del suelo, provenga de tierras de cultivo, solares de construcción, minas, pesquerías, bosques, etc.».III, 8, 10.
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La tierra es extraordinariamente importante por permitir producir plusvalía en ella, pese a que ella misma no posea valor: «el precio de las cosas que en y de por sí carecen de valor, esto es, que no son producto de trabajo, como la tierra… pueden determinarse mediante combinaciones muy casuales. Para vender una cosa no se requiere más que sea monopolizable y enajenable».III, 8, 30.
23 En general, se da un «creciente enriquecimiento de los terratenientes»: «un constante aumento de sus rentas y un creciente valor económico de sus fincas»III, 8, 12.
24 (aunque, más precisamente, lo anterior se aplica al conjunto de la clase terrateniente y no aplica a cada terrateniente tomado por separadoIII, 8, 103.
25). Además, los terratenientes pueden usar la propiedad sobre la tierra —en especial, si han constituido un monopolio del suelo— para ejercer toda clase de medidas extraeconómicas y aumentar más aún sus rentas de la tierra: pueden «extorsionar al arrendatario con un elevado canon», «pueden explotar la legislación para estafar a toda la clase de los arrendatarios»,III, 8, 20–21.
26 etc. En definitiva, la apropiación de nuevas tierras ofrece grandes ventajas a los capitales y terratenientes, especialmente si la competencia es acuciante.
Existen, además, tierras particularmente apreciadas. Para distinguirlas, Marx estudió las dos rentas especialmente lucrativas del suelo: La primera rentaIII, cap. XXIX.
27 se basa en las diferencias naturales de productividad que constituyen una «fuerza natural monopolizable», tales como saltos de agua, tierras más fértiles, tierras para la «industria minera»,III, 8, 202.
28 etc.; estas diferencias generan «ganancia extraordinaria».III, 8, 45.
29 Se incluyen en esta categoría las tierras que abaratan el transporte, como aquellas tierras próximas al mercado o las tierras que en sí constituyen rutas comerciales; análogamente, las tierras en las que se gravan menos impuestos entran en esta categoría.III, 8, 52.
30 La segunda rentaIII, caps. XL–XLIII.
31 tiene los mismos resultados que la primera,III, 8, 126.
32 y surge de las diferencias en la productividad del capital adicional invertido en un mismo terreno (incluyendo la edificación). Además, «los terrenos destinados a la construcción» en las grandes ciudades dan pie al alquiler, la especulación, la monopolización, etc., de lo que se aprovechan los terratenientes y los capitalistas: «la miseria es para los alquileres una fuente más lucrativa que las minas de Potosí para España».III, 8, 211.
33 De acuerdo a esta segunda renta diferencial, son más apreciados los territorios de los países con más capital productivo invertido en la tierraIII, 8, 148.
34 y, por tanto, el terreno de las colonias no resultaría en principio tan atractivo; sin embargo, el propio progreso de los medios de transporte pone «zonas de tierra» de las colonias (tales como «las pampas argentinas») en condiciones de competir,III, 8, 149.
35 lo que atrae el interés de los mayores capitalistas.
2.1.5. La geografía
En lo que respecta a la geografía, Marx jamás comulgó con los naturalistas, es decir, con quienes se empeñaron en reducir las relaciones sociales a ciertas propiedades de la naturaleza (como, a propósito, las primeras generaciones de geopolíticos con respecto a la geografía). Por el contrario, de acuerdo a la concepción marxista, la sociedad se enfrenta ante todo al desafío de producir y reproducir sus propias relaciones sociales materiales y espirituales, y en esto consiste la producción social. Así, en el modo de producción social capitalista, en el que la producción de la plusvalía representa el alfa y el omega, se puede acelerar la producción de plusvalía acortando el tiempo en el que el capital se encuentra en forma improductiva en la esfera de la circulación, y «el medio principal para reducir el tiempo de circulación es el mejoramiento de las comunicaciones».III, 6, 90.
36 Esta necesidad social se plasma en nuevos y mejores medios de transporte que hacen un uso más eficaz y eficiente de la geografía, entonces «puede desplazarse la distancia relativa de los centros de producción con respecto a los mayores mercados, con lo que se explica la decadencia de los antiguos y el auge de nuevos centros de producción a medida que varían los medios de transporte y comunicación»II, 4, 325.
37. En suma, no es la naturaleza la que impone su esencia a la sociedad; más bien la sociedad se enfrenta a la necesidad de producirse a sí misma de acuerdo a distintos modos o formas de producción, lo que la obliga a restablecer su relación interna con la naturaleza: «La necesidad de controlar socialmente una fuerza natural… desempeña el papel más decisivo en la historia de la industria».I, 1, 13.
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Otras categorías relacionadas con la geografía y que generan tensiones entre los capitales de distintos Estados son: los «aranceles aduaneros», cuya «abolición o rebaja» posee «gran importancia… para la industria» en condiciones no proteccionistas;III, 6, 138.
39 o las «materia prima», cuya escasez o alza en el precio «puede cortar o entorpecer el proceso de reproducción».III, 6, 140.
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2.1.6. La reducción de la tasa de ganancia general
Por otro lado, la tasa de ganancia general desciende progresivamente, lo que significa que a una misma cantidad de capital desembolsado le corresponden progresivamente menos ganancias por término medio. Esta ley tendencial se relaciona con la guerra de dos maneras distintas. Por un lado, existe la contratendencia de que los capitales de un país más desarrollado obtengan «cuotas más elevadas de ganancia» basadas en el comercio exterior, en especial con «las colonias»: como se ha señalado antes, «el país más avanzado vende sus mercancías por encima de su valor» (es decir, por su precio de producción), y ocurre lo mismo con la importación, ya que «obtiene la mercancía más barata de lo que él mismo podría producirla».III, 6, 311–315.
41 Por otro lado, en una nación existen diversos sectores y monopolios individuales cuyas tasas particulares de ganancia despuntan por sobre la decreciente tasa general de ganancia; y en situaciones de incertidumbre en las que la guerra asoma como tendencia, uno de los claros favoritos para la inversión es la industria armamentística (lo que también se explica a través del capital ficticio, que se comenta más abajo). Es decir, pese a que la tasa de ganancia general decaiga, la industria armamentística puede representar un oasis de alta tasa de ganancia particular; lo que puede incluso retrasar las crisis (sobre las que también nos detenemos más adelante), ya que este tipo de industrias «que necesitan un gran capital para desenvolverse… son absolutamente necesarias… a fin de desviar las acumulaciones periódicas de la riqueza sobrante».III, 7, 111.
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2.1.7. La producción militar: la industria armamentística
En primer lugar, el sector militar, en tanto que capital productivo moderno, descansa sobre «la gran industria».I, 2, 228.
43 Además, existen dos grandes ramas industriales: la armamentística (la producción de armamento) y la bélica (la realización de la guerra). La industria armamentística dispone de obreros productivos muy especializados: especialistas en teoría militar, ingenieros en metalurgia y electrónica, mecánicos de precisión, técnicos de maquinaria, expertos en materiales balísticos, etc. Además, los medios de producción (y por extensión la composición orgánica) deben necesariamente sobresalir con respecto al resto de industrias capitalistas, ya que lo contrario significaría la obsolescencia de las capacidades militares: fábricas de armamento y municiones, astilleros navales, plantas siderúrgicas y metalúrgicas de alta pureza y precisión, maquinaria para los componentes balísticos, laboratorios de materiales compuestos y aleaciones especiales, plantas químicas para la producción de explosivos y combustibles, complejos y seguros sistemas informáticos, etc. Además, la industria armamentística produce principalmente medios de producción para la industria bélica: armas, munición, vehículos de combate, aeronaves militares, buques de guerra, capacidades misilísticas, sistemas de radares y vigilancia, comunicaciones y enlaces, componentes de guerra electrónica, plataformas de mando y control, software y simuladores, equipamiento médico, de avituallamiento y de supervivencia militar, etc. A diferencia de la industria bélica, la industria armamentística produce valor y plusvalor; además, en estado de paz, su principal propósito obedece a la necesidad de producir ganancia (piénsese, por ejemplo, en la relativa baja productividad de valores de uso de la industria de la OTAN). Además, a medida que aumenta el riesgo de guerra, los países renuevan sus arsenales y se rearman para la guerra; en este contexto, la industria armamentística disminuye el tiempo de rotación del capital produciendo así más plusvalía aún.II, 4, 196.
44 La guerra, según sus muy diversas formas, puede hacer que el capital industrial armamentístico se centralice, pudiendo incluso confiscarse por el Estado y, al mismo tiempo, el valor y la plusvalía pueden seguir reproduciendo esta industria de forma ampliada o simplemente ser dilapidados de forma improductiva en las operaciones militares.
2.1.8. El trabajo militar de supervisión
El ejército, que estudiamos más adelante en calidad de fuerza de trabajo de la industria bélica, también posee un tipo especial de función en situación de paz: el trabajo de supervisión. En cualquier modo de producción existe cierto tipo de «trabajo de dirección», sin embargo, el «trabajo de supervisión» crece en proporción directa al antagonismo social (en términos políticos, al aumentar la «contraposición entre gobierno y masas populares»).III, 7, 67.
45 En un contexto prebélico o bélico, estas tensiones se acrecientan, con lo que el ejército (y la policía) deben intervenir para mantener la integridad política y administrativa del Estado. (Dicho sea de paso, a propósito del desarrollo de las nuevas tecnologías disruptivas como la IA, conviene repasar otro factor material que incrementaría el trabajo de supervisión: Marx explica que por lo general el desarrollo de las fuerzas productivas permite mantener el número absoluto de obreros, pero si obligara a disminuir este número drásticamente «provocaría la revolución, puesto que la mayoría de la población se vería retirada de la circulación»).III, 6, 346.
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2.1.9. La crisis
Otra ley del modo de producción capitalista puede resultar decisiva en los conflictos armados: la crisis por sobreproducción de capital. Expresado en pocas palabras, el capital produce una cantidad tal de capital que no puede absorber: «El verdadero límite de la producción capitalista es el propio capital»III, 6, 329.
47. Lo que conduce principalmente a un exceso de mercancías —en especial, de medios de producciónIII, 6, 636.
48— que imposibilita la reproducción del capital y que obliga a la eliminación del capital sobrante. Las «crisis periódicas» recorren el ciclo: «depresión, animación media, precipitación y crisis»;II, 4, 236.
49 por lo tanto, en rigor, la crisis constituye el proceso de reequilibrio en la producción. La crisis, en tanto que solución a la sobreproducción, puede adoptar dos formas: la ociosidad (por ejemplo, el valor improductivo refugiado en el oro) o la destrucción del capital.III, 6, 333.
50 La destrucción de capital puede significar muchas cosas: la paralización de cierta cantidad de medios de producción y su desvalorización por desgaste físico y moral, la bancarrota del crédito, la desocupación de los obreros y la reducción salarial, etc. En todo caso, debemos considerar algo sumamente importante: «el reparto de estas pérdidas no se establece en modo alguno por igual entre los distintos capitales individuales, sino que se decide en una lucha competitiva».III, 6, 333.
51 Por lo tanto, si un capital solo puede prevalecer en la crisis destruyendo el capital ajeno para dar término a la sobreproducción, entonces lo intentará por todos los medios a su alcance.
2.1.10. El capital ficticio y las inversiones a futuro
Lo que comúnmente se denomina mercado de finanzas también desempeña un papel decisivo en la preparación de la guerra. En concreto, el crédito y el capital ficticioIII, 7, 89–109.
52 devienen en «un sistema de consignaciones simplemente para conseguir anticipos»,III, 7, 100.
53 sistema que ata a los capitales a las predicciones que han establecido del futuro, incluyendo a la industria armamentística, que puede tratar de forzar a sus clientes a emprender acciones militares para cumplir así con las cuotas de producción previstas. Además, esta clase de operaciones bursátiles sobre el futuro del capital «necesariamente termina en el abarrotamiento masivo de los mercados y en el crac»;III, 7, 100.
54 en otras palabras, este aspecto del modo de producción acelera la sobreproducción de capital y potencia la crisis. Para evitar este escenario, la vía militar (por las ventajas económicas abajo descritas) resuena con más fuerza, más si cabe si el capital se ha invertido en la industria armamentística, porque una guerra lograría destruir las armas sobrantes (capital mercantil) de la forma más efectiva.
Estas relaciones económicas, en definitiva, apuntan a la guerra como posible solución a determinados problemas económicos; además, en el caso de que anuncien un riesgo severo como la bancarrota, pueden provocar la necesidad de declarar la guerra. En concreto, el capital o Estado capitalista que, por las condiciones examinadas, se encuentre a las puertas de la crisis o la derrota competitiva, se lanzará a los «ensayos apasionados de nuevos métodos de producción, a las nuevas inversiones de capital, a las nuevas aventuras».III, 6, 340.
55 Esto es, el capital de futuro adverso, pero sabedor de ser representante de una inmensa fuerza social, puede emprender la determinación de aventurarse hacia la guerra para mejorar su situación económica. Por todo lo anterior, ha quedado resuelto que la paz es guerra en estado latente o tendencial; por lo tanto, la pax capitalista es simple y llanamente la preparación para la guerra.
2.2. La guerra como ley
2.2.1. La guerra como potencia económica
El modo de producción capitalista es, en esencia, un conjunto de relaciones sociales basados en «resortes puramente económicos»;I, 3, 209.
56 es decir, el trabajador acude al centro de trabajo por coerción fundamentalmente económica (ni religiosa, ni militar, etc.). Ahora bien, esta normalidad capitalista ha sido impuesta por medidas extraeconómicas, tales como, literalmente, el castigo de «las marcas de fuego» en la piel de los desposeídos incapaces de proletarizarse, y otros «tormentos» corporales como «la fuerza de los palos» para azotar y flagelar con objeto de imponer la disciplina obrera.I, 3, 226.
57 Entre estas medidas se incluyen las ideológicas, muy destacadamente las jurídicas: «leyes grotescas y terroristas».I, 3, 226.
58 Entonces, para el capitalista, la guerra y otras formas de violencia son ante todo medios de imponer el orden burgués: «el capital nace chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza».I, 3, 355.
59 Tanto la imposición de la disciplina del obrero como la construcción de los magníficos medios de producción que permitieron el tránsito del régimen feudal al capitalista requirieron de violencia sistemática, de guerras y de sumisión «casi siempre en forma de trabajos forzados».II, 4, 301.
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Por lo tanto, desde los mismos orígenes del modo de producción capitalista, este se ha guiado bajo la máxima: «La violencia… es, por sí misma, una potencia económica».I, 3, 244.
61 En adelante examinamos qué implicaciones posee este principio en relación con la industria bélica.
2.2.2. La producción militar: la industria bélica
En primer lugar, una vez hubo madurado el modo de producción capitalista, la guerra comenzó a identificarse con una industria. La industria propiamente bélica o de la guerra se complementa con la industria armamentística, aunque no se reduzca a esta última; por tanto, debemos distinguir entre, por un lado, la industria armamentística, cuya fuerza de trabajo la constituyen los obreros que producen los medios de producción (armas, munición, etc.) que entrarán en el proceso productivo de la guerra y, por otro lado, la industria bélica, cuyo objetivo no es producir esos medios (armas, etc.), sino hacerlos servir. En concreto, la rama armamentística provee de los medios de producción que entrarán en el proceso productivo de la guerra en calidad de capital constante. Con respecto a la fuerza de trabajo en el proceso productivo de la guerra (capital variable), los trabajadores encargados de poner en marcha esta singular industria forman en primera instancia el ejército nacional. La base del ejército está constituida por la tropa, esto es, por soldados poseedores de una fuerza de trabajo media. A medida que asciende la jerarquía hasta llegar al «general», encontramos distintos rangos, que en principio representan a cada peldaño superior la capacidad de realizar un trabajo abstracto potenciado o más bien multiplicado,I, 1, 67.
62 además, esta capacidad se debe a la educación, y aumenta el valor de su fuerza de trabajo (en dinero, el salario militar, a veces llamado estipendio por herencia romana).I, 2, 53.
63 Ahora bien, Marx no ignoraba que en la cúspide de las grandes industrias el «salario de vigilancia se halla por regla general en razón inversa a la supervisión realmente ejercida por estos directores nominales»;III, 7, 75.
64 más bien, la selección de los mayores rangos en la cadena de mando se debe a circunstancias extraeconómicas, o a circunstancias tan dispares como la venta de su «honor» (por un precio sin valor).I, 1, 141.
65
Conviene realizar varias precisiones sobre la categoría de proletario en el ejército. En primer lugar, a no ser que se trate de un ejército privado, por norma general los salarios provienen del Estado, que, a su vez, obtiene su presupuesto de la plusvalía que obtiene por vía de impuestos (si es que no poseyera sus propias industrias estatales generadoras de plusvalía): por medio del «capital del Estado, en la medida en que los gobiernos emplean trabajo asalariado… [estos] actúan de capitalistas industriales».II, 4, 120.
66 En otras palabras, en «la división de la plusvalía», el capitalista industrial debe compartir la plusvalía con otras categorías de capitalistas, los terratenientes y, «además, el gobierno y sus funcionarios».II, 5, 103 y 104.
67 En segundo lugar, no todos los soldados con independencia del rango pueden considerarse meros obreros en sentido económico; ya que en el ejército abundan las clases medias (es decir, los pequeños propietarios de capital o tierras que, en ocasiones, han llegado a serlo gracias a los altos salarios de su estatus militar); e incluso el ingreso de familiares de capitalistas o terratenientes en los puestos de dirección del ejército no es extraño a la historia castrense. Tal contradicción de clases en el ejército se manifiesta de la forma más brutal en los innumerables y persistentes casos de maltrato y abuso de poder. En tercer lugar, hay que aclarar que ningún proletario por el hecho se estar explotado por el capital —como ocurre con los simples soldados— pertenece a la clase obrera o proletaria en sentido pleno: dicha clase se basa en las relaciones económicas, pero no se reduce a ellas, sino que en el proceso de su constitución entran en juego circunstancias políticas e ideológicas enteramente necesarias. Además, Marx y Engels explican en otras obras la historia de los ejércitos modernos y cómo, a causa del insuflo del espíritu revolucionario en las milicias populares del siglo XIX, los capitalistas han creado ejércitos profesionales distanciados de la clase obrera para evitar que se adhieran a las ideas populares y revolucionarias. Dicho esto, en las revoluciones obreras exitosas, los soldados de la tropa han representado uno de los puntos de apoyo (o, cuanto menos, se han mostrado neutrales); por lo tanto, sus condiciones específicas merecen examinarse con el mayor rigor para elaborar la estrategia del partido comunista.
Por último, cabe preguntarse, ¿qué producen exactamente los soldados? Para empezar, la industria de la guerra es esencialmente improductiva en términos de plusvalía y, por ende, no permite la reproducción ampliada del capital por las vías convencionales; es decir, los soldados, en principio, no producen mercancías (productos destinados al mercado). Esto no significa que los soldados, en la guerra, no produzcan nada, ya que prestan toda clase de servicios no productores de valor, en los que «el efecto útil producido va inseparablemente unido al proceso»II, 4, 65.
68 (es decir, «no existe un objeto de uso»II, 4, 60.
69). Entre otros servicios, el ejército asegura rutas comerciales y zonas de extracción de recursos, garantiza la soberanía del Estado frente a potencias rivales, quiebra la voluntad de otros actores internacionales, mantiene el orden interno, reprime levantamientos, realiza prácticas y simulacros militares, etc. Tal es así que en la actualidad muchos ejércitos remuneran a los soldados —que hacen uso de sus vehículos y armamento (medios y objetos de trabajo)— en función de criterios tan cristalinos como la cantidad de kilómetros avanzados, el número de soldados enemigos abatidos o los días de misión. Además, el hecho de que la industria bélica no produzca valor o plusvalía no debe llevarnos a confusión: los capitalistas de la industria bélica pueden obtener ganancia procedente de la plusvalía transferida desde la industria productiva de valor (solo así se explican, por ejemplo, las así llamadas empresas contratistas, a saber, los cuerpos mercenarios).
2.2.3. La potencia económica de la industria bélica capitalista
Ahora examinemos la potencia económica de la guerra en lo que atañe a dos leyes económicas fundamentales: la crisis y la ley del valor.
Por un lado, ya se ha establecido que periódicamente se produce un exceso de capital que conduce forzosamente al surgimiento de la crisis: la destrucción de fuerzas productivas capitalistas sobrantes. Pues bien, los capitales individuales tratan por todos sus medios de que esa necesaria destrucción no les afecte o lo haga el mínimo posible; y el Estado actúa en consecuencia para reducir los daños de la crisis en la economía nacional. Para ello, el Estado puede aventurarse a destruir los medios de producción de otras potencias mediante la guerra; de tener éxito, podría lograr no solo salir indemne de la crisis, sino incluso forzar a otra nación a someterse como colonia o mantenerla como tal en tanto logre destruir sus medios de producción más tecnológicos. Además, es ley de vida que el capital debe «restaurar todos los elementos del capital productivo y, sobre todo, su elemento más importante, el capital variable»,II, 5, 135.
70 pero en toda guerra mueren mayormente trabajadores; esto tiene dos consecuencias: por un lado, los obreros constituyen capital productivo (en especial, capital variable), lo que ayuda a mitigar la crisis (e incluso pueden aumentar los salarios por la virtual reducción del ejército industrial de reserva: «cuanto mayor sea la capa de los Lázaros… tanto mayor será el pauperismo»);I, 3, 111.
71 por otro lado, una vez agotado el ejército industrial de reserva, «la fuerza de trabajo gastada» —ya sea en la producción convencional o en la industria de la guerra— «tiene que reponerse con fuerza de trabajo fresca»,II, 5, 140.
72 lo que, de no resolverse, puede obstaculizar o impedir la reproducción del capital.
Por otro lado, la guerra posee otra potencialidad económica que la convierte en el bálsamo de Fierabrás a ojos de los capitalistas más desequilibrados. Los intercambios, tomados en su conjunto, se basan en la ley del valor; a saber, el valor total de las mercancías compradas y vendidas se conserva. Esta es una ley que opera «con independencia de la voluntad, la previsión y la acción de quienes los intercambian».I, 1, 106.
73 No obstante, el resultado de la guerra no rinde cuentas ante la ley del valor o, expresado de otro modo, constituye una vía de escape a la ley del valor, en tanto que la victoria permite una apropiación extraeconómica de fuerzas productivas ajenas, ya se trate de medios de producción (particularmente de territorios) o de fuerza de trabajo. Sobre el nuevo reparto de propiedad, se restablece la producción capitalista y la consiguiente ley del valor, que tanto el vencedor como el vencido están obligados a respetar. En este punto queda de manifiesto que la guerra (en tanto que fenómeno concreto), pese a deducirse a partir del valor del capital (fundamento abstracto-concreto), ni puede simplemente reducirse a él ni tan siquiera tiene por qué coincidir con el movimiento general del valor.
2.2.4. Dos consecuencias no capitalistas de la guerra
Hemos de ser conscientes de que la victoria o la simple derrota no son los únicos posibles resultados de la guerra para el capitalista, ya que quedan por valorar otros dos tipos de resolución del conflicto militar: la destrucción del modo de producción y su superación socialista. Por un lado, Marx consideraba que una relación social puede dar al traste con la entera formación social; por ejemplo: «La grandeza de los romanos fue la causa de sus conquistas, y sus conquistas destruyeron su grandeza».III, 7, 122.
74 (Podríamos considerar a este tipo de formas sociales como inorgánicas —aunque perfectamente lógicas y racionales por deducirse directamente del modo de producción—, en tanto destruyen el fundamento lógico que constituye la condición de existencia de la totalidad orgánica e histórica). La guerra, en este sentido, puede destruir el propio modo de producción que la sustenta, más si cabe al considerarse la potencia de destrucción masiva con que cuentan los Estados capitalistas más desarrollados. El modo de producción capitalista produce en cantidades industriales las incontables espadas de Damocles, destructoras de mundos, que penden sobre toda la cabeza de toda la humanidad. Y viviremos con esta amenaza existencial mientras perviva un modo de producción que prioriza la plusvalía a la producción de seres humanos plena y pacíficamente desarrollados, por lo cual Marx valoraba que el capital «es, mucho más que cualquier otro modo de producción, una dilapidadora de seres humanos, de trabajo vivo, no solo de carne y sangre, sino también de nervios y cerebro».III, 6, 114.
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Por otro lado, Marx considera otra alternativa que puede derivarse de la guerra: el capital «es, ciertamente, el derroche más espantoso del desarrollo individual», pero al mismo tiempo constituye «la época histórica que precede directamente a la reconstitución consciente de la sociedad humana»,III, 6, 114.
76 además, indicó que «la violencia es la partera de toda vieja sociedad preñada de una nueva».I, 3, 244.
77 Esto es, la guerra puede concentrar toda su destrucción en una tarea creadora (tal y como Heráclito la concibió como padre de todas las cosas): la liberación del proletariado y de las colonias del estado de subordinación al que les somete el modo de producción capitalista. Contra este peligro inmortal del socialismo, la burguesía nacional retira su máxima estoica: Que se salve la justicia, aunque perezca el mundo; y la reemplaza por una mucho más prosaica: Que se salve el mundo (del capital), aunque perezca la justicia. Solo una guerra para anular y superar la producción capitalista puede considerarse una guerra justa por el partido de los trabajadores; con la victoria militar de los obreros, sobre el modo de producción comunista, la guerra no tendría cabida ni como ley ni como tendencia, y los ingentes recursos de las industrias bélicas —incluidos los soldados— se dedicarían a producir bienes de uso para satisfacer las crecientes necesidades sociales. (A propósito, Lenin sostuvo además que el tránsito del modo de producción capitalista al modo de producción comunista [socialización] requería como condición necesaria: la monopolización [nacionalización] y estatalización [confiscación]; y la guerra obliga al Estado capitalista a realizar ambas tareas, por lo que acelera la preparación de las bases del comunismo).
En definitiva, durante la paz operan tendencias bajo la superficie social y mediática que preparan la guerra y que habrán de convertirse en tenaces leyes que ineludiblemente conducen al estado de guerra. La paz y la guerra son, por lo tanto, aspectos diferenciables de una y la misma realidad: la guerra en tendencia es paz, la guerra como ley no es más que la producción capitalista de la guerra.
3. La producción espiritual de la guerra
3.1. La industria de las ideas de guerra y paz
Hasta ahora se ha descrito el modo de producción material en lo que atañe a la guerra, pero nada «impide que la misma base económica… pueda manifestarse en infinitas variaciones debidas a distintas circunstancias empíricas».III, 8, 235.
78 Expresado de otro modo, también los fenómenos espirituales —entre los que se incluye toda clase de ideas militares— derivados del modo de producción material pueden resultar determinantes en el transcurso de la producción social. Por lo tanto, la guerra como tendencia y ley (producción material) y las ideas relativas a la guerra (producción espiritual) son dos aspectos distinguibles de la producción de relaciones sociales capitalistas.
Las ideas no surgen de manera espontánea, sino que proceden de otras ideas incluso anteriores al modo de producción capitalista pero que en última instancia han sido refundamentadas por este e influyen en todas las clases sociales; por eso, «dentro de un estado social dominado por la producción capitalista, el productor no capitalista se ve también dominado por las ideas capitalistas».III, 6, 49.
79 Además, el régimen de producción social requiere ante todo de ciertas ideas políticas que legitiman el Estado, y que actúan como sustancia o fundamento espiritual del resto de fenómenos culturales. Entre ellas, las ideas de guerra y paz reflejan de forma especialmente directa las tendencias y leyes del modo de producción material relativas a la guerra; es decir, estas ideas existen como importantes fuerzas sociales solamente porque sobre ellas recaen orgánicamente todas las definiciones materiales de la guerra. En esto consiste en esencia la producción espiritual de la guerra y la paz, pese a las apariencias de independencia que lleguen a adoptar ambas ideas. Como se examina a continuación, este par de ideas adquiere centralidad en la lucha política al permitir objetivarlas y delimitar así al enemigo y al amigo: se representa a la nación adversaria como hostil o guerrera, al aliado como pacífico, a los ejércitos como belicosos o pacificadores de acuerdo a la necesidad política, etc.
Toda producción sobre el modo de producción capitalista se industrializa progresivamente, y no es menos en el caso de la producción espiritual de la guerra. Esta dispone de incontables trabajadores altamente especializados (entre ellos se cuentan políticos, periodistas, profesores universitarios, asesores estratégicos, analistas de inteligencia, especialistas en comunicación y psicología social, técnicos en tecnologías de la información) y medios de producción específicos (oficinas de prensa, centros de datos, servidores de internet de grandes plataformas, estudios audiovisuales, departamentos y laboratorios de comunicación). Además, la producción espiritual de la guerra depende de diversas y muy distintas ramas (algunas de las cuales se comentan más adelante), entre las que destacan: la ideología de Estado y la educación en clave patriótica, la teoría militar o la diplomacia pública. Los fines de esta producción espiritual son, bien la agitación (la amplia difusión de pocas ideas), bien la propaganda (la difusión de alguna idea de forma pormenorizada); por ejemplo, una canción agitativa puede trasladar a amplias masas de trabajadores la idea de la guerra o la paz mientras que un libro propagandístico sobre estrategia militar permite profundizar en pocas ideas en detrimento del número de lectores.
3.2. La guerra y la idea de justicia
Es importante constatar que la idea de guerra resulta hostil a otras muchas ideas políticas capitalistas, puesto que la guerra —que en su máxima expresión conlleva una violación flagrante de la ley del valor— es injusta desde el punto de vista del propio capital: «La justicia de las transacciones que se efectúan entre los agentes de la producción estriba en que estas transacciones brotan de las relaciones de producción como consecuencia natural… Es injusto tan pronto como se halla en contradicción con ellas».III, 7, 9.
80 La idea de guerra, en consecuencia, se apareja con la injusticia, muy especialmente entre las masas populares que han asumido como natural la lógica capitalista, aunque esta circunstancia no parezca tan clara ante los intereses inmediatos del capitalista ni de su séquito particular, lo que explica «la impasividad estoica con que el economista contempla la violación más descarada del “sacrosanto derecho de propiedad” y los más groseros actos de violencia contra las personas».I, 3, 215.
81 Para legitimarlo, el capital exige a su ejército de productores de ideas la demostración de «que killing is not murder [matar no es asesinato] cuando se hace por la ganancia».III, 6, 115.
82
Por lo tanto, la guerra es injusta, y el capital se afana por ocultarlo o camuflarlo; circunstancia que hace de la guerra un medio especialmente proclive para evidenciar las contradicciones del capital y su clara indiferencia ante sus propios artificios culturales —democracia burguesa, derecho, economía política, etc.— cuando su integridad económica está en entredicho. La argumentación bélica del capital, en esencia, se sirve de la demonización —verbigracia, por la acusación de terrorismo, narcotráfico, comunismo, nazismo, etc.— y de la idealización de determinados sujetos nacionales o internacionales (también obedecen a este propósito las nociones ahistóricas de imperios buenos y malos, denomínense como se prefiera).
3.3. La guerra y los ideales burgueses
Los voceros del capital belicoso trabajan para impedir que la guerra eche por tierra dos de sus principales premisas ideológicas: el contrato social y el nacionalismo. Estos falsos ideales representan el fin de la lucha de clases y la consiguiente armonía social al interior de una sociedad burguesa.
Por un lado, la guerra demuestra con auténtica crudeza que el supuesto pacto virtuoso entre gobernantes y gobernados es una falsa apariencia; y lo mismo ocurre con el ideal burgués del derecho internacional entre grandes y pequeños Estados (es decir, igualdad de los Estados ante la ley, libre competencia, etc.). En el fondo, los capitalistas están dispuestos a explotar la vida —y también la muerte— de la clase trabajadora para prevalecer ante sus enemigos económicos y políticos. En una palabra, como advertía Marx, el «contrat social» oculta la «explotación y dominio del obrero».I, 3, 263–264.
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Por otro lado, Marx aborda la cuestión del nacionalismo («falsa abstracción») que —según su simple y tajante definición— significa: «considerar a una nación —cuyo modo de producción [… es] capitalista—, como un cuerpo colectivo que trabaja únicamente para las necesidades nacionales».III, 8, 314.
84 Los capitales siempre procuran hacer valer sus intereses incluso empleando a los obreros como carne de cañón: «En interés de la llamada riqueza nacional, [el capital] busca medios artificiales para producir la pobreza popular».I, 3, 262.
85 Más exactamente, «bajo el pretexto de ocuparse solamente de la riqueza de la nación y de los recursos del Estado, en realidad, [los monopolios] promueven los intereses de la clase capitalista y su enriquecimiento como los fines últimos del Estado».III, 8, 227.
86 Dicho esto, un concepto mínimamente coherente de la guerra capitalista revela la gran verdad de que el nacionalismo envuelve los intereses capitalistas con la apariencia de intereses nacionales; a pesar de ello, un sinfín de confusas e interesadas suposiciones sobre la guerra parten de los pretendidos intereses comunes del Estado nacional, con lo cual le hacen el juego al capital por no poner en evidencia las contradicciones del nacionalismo.
3.4. La teoría militar
Por otro lado, la teoría militar de orientación burguesa ha realizado numerosas contribuciones partiendo de las ideas de guerra y paz: el análisis de los distintos niveles de la guerra (estrategia: política y guerra; arte operacional: campaña y batallas; táctica: batalla y combates), el estudio de la interpenetración de ambas ideas en las llamadas zonas grises (ni en guerra ni en paz absolutas), la elaboración de doctrinas sobre conflictos híbridos y guerras asimétricas, los procedimientos de disuasión y escalada controlada, el enfrentamiento psicológico con enemigos y aliados, la promoción y aplicación de nuevas tecnologías, etc. La teoría militar burguesa, en primer lugar, ofrece diversos factores explicativos de la guerra que, por lo general, toma como eternos: la geopolítica, la seguridad nacional, los intereses del Estado o del Estado profundo, etc. De este modo, naturaliza la guerra, la trata como algo consustancial a cualquier género de sociedad humana y, en definitiva, la disocia del modo de producción capitalista. Piénsese en uno u otro país que, por ejemplo, aduzca —sin tan siquiera mencionar el capital— que la guerra se debe a cierta zona de interés especial o seguridad. En segundo lugar, la teoría militar burguesa posee una dimensión técnica, que busca solución a la incógnita de cómo ganar la guerra a partir de determinada información, tropas y medios. Pese al evidente avance en este campo y al aura de invencibilidad que gustan exhibir, históricamente todos los ejércitos y sus técnicas han presentado grandes vulnerabilidades; a este respecto no podemos olvidar que los protocolos técnicos de EE. UU. (en 1979 y 1980) y de la URSS (en 1983) fallaron y estuvieron a punto de provocar el Armagedón nuclear. El marxismo critica por principio la teoría militar burguesa, pero esto no significa otra cosa que debemos fundamentar y apropiarnos de los aspectos racionalizables de sus propuestas.
3.5. Los medios de comunicación
Una legión de obreros —doblegados a sus propios capitalistas o al Estado capitalista— producen ideas que transmiten por muy diversos medios de comunicación (o distribución), incluyendo tanto los tradicionales (prensa, radio y televisión) como los más modernos. Entre estos últimos, en las últimas décadas, las redes sociales han adquirido una inmensa popularidad. Algunas plataformas clave son de todos conocidas, por ejemplo, YouTube, Telegram, Twitter (X), TikTok, VK, etc.; en ellas supuestos y auténticos expertos dilucidan durante horas sobre la guerra y a cada paso se resbalan con un concepto que son incapaces de articular. Entre innumerables noticias de actualidad, la tempestad de la guerra y del capital alcanza a los nuevos tertulianos, que pese a ello no atinan a descubrir de dónde les sopla el viento exactamente. En no pocas ocasiones, su desorientación resulta clamorosa: «¿no se habrán vuelto todos locos?», «¿es que no podemos de una vez llevarnos todos bien, en paz, con buenas y prósperas relaciones económicas?», «no me fío yo mucho de este candidato, ¿pero cómo no apoyarlo cuando promete acabar con la guerra y representa una posibilidad de paz?», «¿cómo no privilegiar a un nuevo hegemón de cinco milenios de compromiso pacifista?». Solo un completo desconocedor de la guerra como ley y potencia económica del modo de producción capitalista puede atreverse a plantear estas y otras cuestiones de forma tan insustancial. En definitiva, es inútil preguntar por la esencia del conflicto militar a un tertuliano cuyo pensamiento transita de aquí para allá sin teoría, como la abeja que vuela de flor en flor sin tropezar con ninguna raíz y sin siquiera llegar a concebir la existencia de la planta en su conjunto.
Por otro lado, diversas tradiciones de pensamiento político —incluido el marxismo— han evolucionado desde sus formulaciones originales superándose en formas cada vez más elaboradas. De hecho, no resulta extraño que los politólogos contemporáneos renuncien a las pretensiones simplificadoras de sus precursores e incluso reconozcan la centralidad de la economía… ¿pero acaso es esto suficiente? Porque, en realidad, no se trata de superar el reduccionismo geográfico o estatal apelando a la adhesión a cualquier doctrina vulgar de economía; por el contrario, lo único que importa es establecer un concepto, un fundamento al que agarrarse y del cual derivar las determinaciones más esenciales de la lucha de clases y de la formación social. Y la economía vulgar, entendida como una adición externa a una teoría de por sí carente de sustancia, está lejos satisfacer esta exigencia, por mucho que permita analizar la superficie de los eventos que se suceden en el día a día. Por su parte, el marxismo, si ciertamente ha encontrado en la producción material del capital la clave para entender la sociedad moderna, debe exigirse la fundamentación y apropiación de los contenidos verdaderamente racionales de las mencionadas disciplinas políticas y militares, y para ello es necesario en primer lugar identificar qué aspectos de la producción material capitalista determinan las relaciones internacionales y en específico la guerra.
3.6. La idea de guerra y la clase obrera
Otro aspecto especialmente notable de las ideas de guerra y paz para la lucha de clases es su adopción por la clase obrera: Por un lado, la tensa situación global —unida al auge de los medios de comunicación alternativos, especialmente las redes sociales— ha hecho aumentar el interés de los trabajadores por cuestiones internacionales, lo que les permite palpar las profundas contradicciones monopolistas de nuestros días. Por otro lado, la moda de la geopolítica y la política realista —y corrientes similares— se manifiesta entre las masas de trabajadores, principalmente, como una perversión de ese interés genuino por la guerra internacional de clases, haciendo que un trabajador cualquiera crea que la palabra geopolítica hace alusión a un mero conflicto entre Estados, uno de los cuales virtualmente le pertenece, promoviéndose así un anticomunismo nacionalista.
Cabe concluir que en la crítica de la guerra, debemos tachar a los marxistas —como al autor de este artículo— que apenas aluden a sus rasgos más universales: no basta con mencionar el fundamento material (y algunas consideraciones culturales) sin enraizar los problemas concretos de las guerras particulares en él. Ahora bien, solo la definición de la guerra en términos materiales nos permitirá escapar del laberinto de las verdades unilaterales en el que se encuentran perdidos tanto los comentadores profesionales de la actualidad militar como la mayoría de los obreros a quienes acecha el insaciable Minotauro de la guerra. Es preciso atrapar y aferrarse al concepto de la producción material capitalista, ya que representa la única verdad abstracta que puede concretarse hasta explicar tal o cual guerra capitalista. En término, el presente tipo de investigación es solo un primer paso que ha de preparar el ascenso teórico a las guerras concretas; además, a esta empresa contribuyen obras de este mismo número así como de otras publicaciones comunistas.
Notas:
- Karl Marx, El capital, 2ª ed. (Madrid: Akal, 2000), 4ª reimp. 2016, libro III, t. 8, 223. Todas las citas remiten a esta edición (8 tomos); en adelante se indicará únicamente libro, tomo y página.
- Libro III, tomo 8, página 235.
- III, 8, 227.
- III, 6, 253.
- III, 6, 308.
- I, 2, 87.
- I, 2, 228.
- I, 2, 106.
- I, 3, 244.
- I, 3, 243.
- III, 8, 189–190.
- III, 8, 190.
- III, 8, 241.
- III, 8, 247.
- III, 8, 78.
- III, 6, 281.
- III, 8, 326.
- III, 8, 326.
- III, 8, 7.
- III, 8, 8.
- III, 8, 8.
- III, 8, 10.
- III, 8, 30.
- III, 8, 12.
- III, 8, 103.
- III, 8, 20–21.
- III, cap. XXIX.
- III, 8, 202.
- III, 8, 45.
- III, 8, 52.
- III, caps. XL–XLIII.
- III, 8, 126.
- III, 8, 211.
- III, 8, 148.
- III, 8, 149.
- III, 6, 90.
- II, 4, 325.
- I, 1, 13.
- III, 6, 138.
- III, 6, 140.
- III, 6, 311–315.
- III, 7, 111.
- I, 2, 228.
- II, 4, 196.
- III, 7, 67.
- III, 6, 346.
- III, 6, 329.
- III, 6, 636.
- II, 4, 236.
- III, 6, 333.
- III, 6, 333.
- III, 7, 89–109.
- III, 7, 100.
- III, 7, 100.
- III, 6, 340.
- I, 3, 209.
- I, 3, 226.
- I, 3, 226.
- I, 3, 355.
- II, 4, 301.
- I, 3, 244.
- I, 1, 67.
- I, 2, 53.
- III, 7, 75.
- I, 1, 141.
- II, 4, 120.
- II, 5, 103 y 104.
- II, 4, 65.
- II, 4, 60.
- II, 5, 135.
- I, 3, 111.
- II, 5, 140.
- I, 1, 106.
- III, 7, 122.
- III, 6, 114.
- III, 6, 114.
- I, 3, 244.
- III, 8, 235.
- III, 6, 49.
- III, 7, 9.
- I, 3, 215.
- III, 6, 115.
- I, 3, 263–264.
- III, 8, 314.
- I, 3, 262.
- III, 8, 227.



