Encuentros con Lukács (de Mijaíl Lifschitz)

PARA LA VOZ 3(1) (2025): 6–15
11/03/2026
9 min.

Artículo liberado del número 3 de PARA LA VOZ: «Entre lo bello y lo justo: marxismo y arte en Lukács y Lifschitz».

Traducción del ruso por Lidia C.

1. Introducción

El texto que se presenta a continuación son unas memorias de Mijaíl Lifschitz sobre su amistad con Lukács, tras la muerte de este último en 1971. Ambos teóricos, que se conocieron debido a su trabajo en el Instituto Marx-Engels de Moscú en 1930, mantuvieron una larga y profunda amistad a lo largo de sus vidas.

En sus últimos años de vida, Lifschitz se propuso elaborar una introducción detallada a sus Obras Completas, que se editaron en la década del ochenta, pero su muerte en 1983 le impidió llevar a cabo esa labor. Sin embargo, en su archivo se encontraron manuscritos y cintas de audio con grabaciones de conversaciones que sostuvo, a mediados de los setenta, con amigos y compañeros, en las que recapitula sobre algunas de las etapas fundamentales de su evolución ideológica y teórica. En 1988 se publicó, en la revista Contexto (Контекст) –revista de estudios literarios y teóricos de la Academia de Ciencias de la URSS–, algunas transcripciones de las conversaciones. En la introducción se explica que estas «a menudo se interrumpían, se reanudaban en nuevas conexiones, se solapaban unas con otras y se repetía lo dicho en otras ocasiones». Es posible que este texto, que publicamos bajo el título de Encuentros con Lukács, sea una de esas grabaciones que se repitieron y que por tanto exista más de una versión.

La traducción que aquí se presenta se realiza, sin embargo, con base en la versión de otra revista, Ciencias filosóficas (Философские науки), nº 12, Moscú, de diciembre de 1988. En esta, el texto fue publicado bajo el título Sobre los encuentros con D. Lukács (Lukács firmaba su correspondencia con el apodo de Diuri, sobrenombre con que algunas personas, como su mujer, se referían a él). A diferencia de la versión publicada en Contexto, que estaba acompañada de la transcripción de otras de las grabaciones de Lifschitz, el texto que traducimos se publicó como artículo independiente, y se trata de una versión considerablemente más larga, más elaborada y con una mayor calidad estilística.

2. Encuentros con Lukács

En 1930, en el Instituto Marx-Engels, me encargaron la organización de un nuevo gabinete científico: el gabinete de filosofía de la historia. Me asignaron una gran sala abovedada en el piso inferior de la antigua casa señorial donde se encontraba el Instituto. Yo estaba ocupado en mis asuntos, rodeado de libros, cuando un buen día se abrió la puerta del despacho y entró el director del instituto, Riazánov, acompañado de un hombre de baja estatura, evidentemente extranjero, a juzgar por sus pantalones y polainas que no resultaban familiares a nuestros ojos. Riazánov nos presentó con su voz grave: «Este es el camarada Lukács, trabajará con usted en el departamento de filosofía de la historia».

La aparición del nuevo empleado no me sorprendió. El Instituto era entonces un lugar donde mandaban a los trabajadores de la Comintern que, por diversas razones, no eran deseados en sus partidos. Lukács había llegado al Instituto tras el fracaso de sus «Tesis de Blum» en 1929 y tuvo que dejar su actividad política directa, sustituyéndola por trabajo científico.

El mismo primer día que nos conocimos, empezamos a hablar, al principio prudentemente, luego cada vez más apasionadamente, y antes de que nos diéramos cuenta, ya había pasado el día entero. Pronto nos dimos cuenta de que en muchos aspectos éramos similares o nos complementábamos, y enseguida sentimos una gran simpatía mutua. Empezó el periodo de nuestras «conversaciones moscovitas», que duró toda una década. ¡De qué no hablamos él y yo! No voy a enumerar los temas de nuestras conversaciones. En ellas no solo se hablaba de filosofía, sino también de problemas relacionados con la historia lejana y cercana, y de otras cuestiones sociales y políticas. Es una lástima que estos diálogos quedaran sin grabar. Ambos lo lamentábamos y los recordábamos con melancolía por el paso del tiempo. Más tarde, Lukács me contó que pasó los mejores días de su vida en el sótano abovedado de Riazánov.

Para entonces él ya se había liberado en gran medida de los vestigios de su posición intermedia en el camino hacia el marxismo. Su evolución fue orgánica, preparada por su experiencia previa (su trabajo en la Comintern, su participación en la Comuna húngara y, aún antes, su posición internacionalista durante la Primera Guerra Mundial). De alguna manera, puede decirse de mí que en cierto modo le introduje a la teoría del reflejo de Lenin. En aquellos años se publicaron por primera vez los Cuadernos filosóficos de Lenin y sus notas sobre las obras de Hegel, lo que permitió comprender más profundamente la conexión entre la tradición filosófica clásica y el leninismo. El concepto de reflejo en el sentido leninista, la conexión de esta teoría dialéctica del conocimiento con la política y la experiencia del bolchevismo, todo esto era un tema recurrente en nuestras conversaciones.

Fui testigo de cuán profundamente Lukács asimiló la dialéctica de la verdad relativa y absoluta aplicada a la literatura y al arte, y así fertilizó su creación científica. En 1930, cuando nos visitó por primera vez, ya se apreció un cambio en su forma de pensar. Pero tras su regreso de un viaje a Alemania en 1933, donde rompió definitivamente con la Escuela de Frankfurt y reevaluó críticamente sus anteriores posiciones filosóficas, fue cuando se convirtió en el Lukács «moscovita» que conocemos…

A menudo me preguntan cuál era, en mi opinión, el así llamado «pathos» de la personalidad de György Lukács. Cuando pienso en ello, estoy convencido de que la carga histórica inicial, la «experiencia primaria» de su creación espiritual fue la oposición a la vieja, gorda y obesa Europa, que a principios de siglo vivía su belle époque, el disgusto ante el oportunismo y el parlamentarismo de la socialdemocracia. El estado de ánimo de Lukács antes de la Primera Guerra Mundial, como recuerdo bien de sus propios relatos de juventud y como es fácil reconstruir a partir de sus primeras obras, se expresaba en una revuelta literaria y estética (con un toque de romanticismo) contra la civilización burguesa, que incluía, como ya he dicho, un rechazo de la ortodoxia dogmática de la Segunda Internacional, que dio lugar a diversas formas anarco-decadentes de resistencia y protesta.

Se podría decir que también en Lukács esta oposición literaria-estética a la forma de vida dominante (familiar para él, pues él mismo procedía de un entorno burgués) tenía el tono moderado y noble del vanguardismo de aquellos tiempos. Pero la crítica a la cultura burguesa se transformó en él en una ideología comunista convencida y devota. La transición comenzó ya en la época de la Primera Guerra Mundial, cuando adoptó una posición internacionalista, rompiendo con el círculo de Max Weber. Su comunismo convencido y comprometido —destaco esta fórmula— tenía un tono de cierta abnegación, lo que en lenguaje goethiano se llama Entsagung [renuncia].

Este último rasgo permaneció en Lukács mutatis mutandis para siempre. Se nota especialmente en la evolución de su estilo: del refinado ensayismo de la preguerra a una especie de «gnosis» revolucionaria de los tiempos de su «enfermedad infantil del izquierdismo» y de su primera obra filosófica Historia y conciencia de clase, y luego a la abnegación estilística, una especie de abnegación que se expresó en su posterior manera de dictar sus obras y, como me expresó más de una vez, en una cierta indiferencia por cómo se dijeran las cosas, siempre y cuando se dijeran. Veo en ello la abnegación de una naturaleza fina, noble y educada, que rechaza con coherencia e incluso con entusiasmo su propia finura, igual que ocurrió con Lev Tolstói cuando renunció a sus obras artísticas, pero, por supuesto, de un modo distinto. Recuerdo con qué sentimiento ambivalente me hablaba Lukács de su residencia de Heidelberg, llena de valiosos libros y obras de arte. Toda esta vida exquisita, perfecta y espiritualmente sutil, la abandonó sin pensárselo dos veces, lo entregó todo al Partido Comunista, convirtiéndose en un simple soldado de la revolución.

Lukács abandonó consecuente y completamente todas las posibilidades anteriores, aunque, a diferencia de muchos otros, incluyendo muchos de los que le persiguieron, tenía algo que sacrificar y que perder. En su persona, me parece, la intelectualidad europea de izquierdas de principios de siglo, de la época de Simmel y su círculo, hizo lo más grande que podía haber hecho. Rompió con el horizonte moral y políticamente limitado que convirtió, por ejemplo, a Bloch en Bloch, a Popper en Popper y a Heidegger en Heidegger. No habría sido difícil para Lukács adoptar una determinada posición intelectual y ceñirse a ella en diferentes aspectos, variándola de diferentes maneras a lo largo de su vida (del mismo modo que los artistas modernistas, habiendo descubierto una determinada manera, la repiten constantemente de diferentes modos). Podría haberlo hecho sin dificultad, pero prefirió romper con su ambiente e incorporarse al nuevo mundo, primero como neófito iconoclasta, luego como pensador que alcanzó el nivel de comprensión del leninismo.

No sé si esta comparación es adecuada, pero a mis ojos mi difunto amigo era, por así decirlo, un romano culto que se unió al movimiento de los pueblos, sabiendo de antemano que tendría que decir más de una vez, como un héroe histórico de otra época: «¡Santa simplicidad!». Sabía lo que era ser un profesor burgués, él era en efecto un profesor burgués, pero por razones morales puramente internas prefirió cualquier tipo de prueba a este lado del umbral histórico antes que la perspectiva de volver a ser un profesor burgués o algo por el estilo.

Recordando todo su querido aspecto personal, me permitiré decir que los habituales reproches contra el marxismo de que carece de profundidad metafísica, como he leído a veces (por ejemplo, en la revista francesa Esprit), o de cierta conciencia moral interna en el espíritu del cristianismo originario, son cuando menos ingenuos (esta es la expresión más educada para definir este tipo de crítica al marxismo). Si realmente quieren a los cristianos originales del siglo XX, búsquenlos entre la gente del credo marxista. Conozco a bastantes de ellos y podría contar algo sobre sus vidas, de las pruebas que soportaron y el estoicismo que conservaron hasta el final.

Lukács es también a este respecto un brillante ejemplo de firmeza, de la más profunda y «metafísica» —si os gusta esta expresión— firmeza en la lucha contra el mal, externo e interno, porque para él era infinitamente fácil elegir otro camino, y le era sumamente posible, como era sabido, sintiéndose ofendido, de dar la espalda al ascenso histórico de las masas. En nuestra conversación moscovita descubrió con alegría que su pertenencia a la cultura europea artísticamente más desarrollada no era un obstáculo, algo superfluo para el movimiento histórico al que se había unido.

En cuanto a mí, a mis camaradas y a todo nuestro círculo moscovita de los años 30, se podría decir que nos movíamos hacia un nivel superior de vida espiritual a partir del movimiento de masas de nuestra época, aunque nosotros también (salvo algunas excepciones) perteneciéramos a la intelectualidad. Lukács, por su parte, en Moscú había renegado de su propia renuncia. Fue una renuncia a su inicial Entsagung en el espíritu del «gnosticismo» marxista de la época de su Historia y conciencia de clase.

Para llegar a este nivel, Lukács tuvo que pasar por la experiencia de la revolución húngara, a través del trabajo comunista de los años veinte, y llegó a Moscú como a su Meca. Aquí hizo la transición dialéctica definitiva a su verdadera forma; se encontró a sí mismo. De ahí, por cierto, la posición limitada de la escuela diltheyana es clara (que, de hecho, se repite de manera diferente en el freudismo, en el neofreudismo y en diversas versiones del estructuralismo), a saber, la noción limitada de que algo que configura el potencial espiritual de la personalidad se desarrolla automáticamente a partir de un comienzo espontáneo y activo que irrumpe principalmente en los años jóvenes desde su interior. Sin embargo, entre Urerlebnis y Bildungserlebnis [vivencia primaria y vivencia en proceso de formación] existe una relación dialéctica de gran alcance. Y si bien es cierto que para el hombre —como bien comprendieron los materialistas del siglo XVIII— las impresiones de los primeros años de la vida son de gran importancia, entonces, por otro lado, las impresiones adquiridas como resultado del desarrollo, aquellas que no vienen de abajo sino de arriba, no de dentro sino de fuera, se instalan a su vez en nuestra naturaleza de manera inversa, pasan a ser algo original y, por así decirlo, el fin se convierte en el principio. Hegel lo entendió quizás mejor que los actuales representantes de los diversos tipos de psicoanálisis. Bildungserlebnis puede convertirse en Urerlebnis. El fenómeno que se ha producido como resultado del desarrollo se vuelve retrospectivamente para el hombre algo absolutamente primario, se convierte en la base del conjunto de su vida creativa.

Si se toma lo que Lukács escribió antes de 1930 y lo comparamos con lo que escribió en los años 30 y lo que después entró en la circulación del pensamiento marxista en Occidente, entonces todo investigador concienzudo dirá que el desarrollo anterior, que no carecía de interés, era todavía solo una prehistoria para Lukács. Y hablando de la revolución moscovita en la concepción del mundo, en este sentido tenía toda la razón. Efectivamente, Moscú y el movimiento de mentes moscovitas de los años 30 provocaron un cambio revolucionario radical en su actividad espiritual. Hay una clara línea que separa al Lukács de los años 20 del nuevo Lukács, que, en mi opinión, es el único y definitivo.

Con esto, desde luego, no quiero ensombrecer lo que hizo en los años 20, porque tanto sus artículos políticos como diversos estudios, como el trabajo sobre Moses Hess, y el propio libro Historia y conciencia de clase (con todas sus limitaciones, que se hicieron ya evidentes para él en 1930) son todavía etapas en el desarrollo de una mente fuerte. No obstante, sigue siendo cierto que para Lukács el traslado a Moscú supuso un giro radical en toda su obra espiritual…

Cuando le conocí por primera vez en 1930, su emigración no era todavía una huida del fascismo, sino una estancia temporal en Moscú por instrucciones de las autoridades del Partido a las que estaba subordinado y que consideraron necesario que trabajara durante algún tiempo en el Instituto Marx-Engels. Luego, un año más tarde, viajó a Alemania, donde, como es sabido, en el periodo que precedió a la toma del poder por Hitler desarrolló una gran labor social y política, participando activamente en las actividades del Partido Comunista de Alemania y en la Unión de Escritores Proletarios de Berlín. En esos momentos difíciles hizo mucho por ganar a la intelectualidad para el bando del comunismo. Pero por lo que veo en las cartas que me escribía desde Berlín, y por lo que recuerdo solo de una impresión general, cuando se fue a Berlín a trabajar había dejado Moscú solo por un tiempo. Se sentía más perteneciente al oasis marxista moscovita que a cualquier otro posible punto de empleo de sus fuerzas espirituales. Por eso, cuando las terribles circunstancias de 1933 le obligaron a abandonar Alemania, no dirigió sus pasos, digamos, hacia Estados Unidos, como hicieron hombres como Adorno o incluso Brecht, Eisler y otros, ni hizo de Suiza o México su refugio, sino que regresó a su nueva patria, que era para él Rusia. Fue en este momento histórico que nuestros caminos se encontraron.

En 1930, yo tenía 25 años y Lukács, creo, 46. En mi opinión, esos también son años muy jóvenes. Pero seguía siendo una gran diferencia. Y si me encontraba preparado para mantener conversaciones serias con él sobre temas muy diferentes, tanto políticos como filosóficos, parece que ello no se debía a cualidades personales, sino a la posición que yo poseía por el mero hecho de haber nacido en Rusia. Eran ventajas que me había dado el destino. A mis 25 años, por ley de la época revolucionaria, ya tenía cierta experiencia espiritual y práctica a mis espaldas. Hacia 1930 mi experiencia y mis conocimientos del marxismo habían madurado hasta tal punto que la versión del marxismo de Plejánov no me parecía aceptable o, al menos, definitiva, y me parecía estar ya a un nivel de comprensión de la dialéctica marxista que me permitía asimilar el contenido de los Cuadernos filosóficos de Lenin….

Si se me permite expresarme así, «contagié» a Lukács el interés por la estética de Marx y Engels. Su primer trabajo sobre este tema —un artículo sobre la correspondencia entre Marx y Engels con Lassalle a propósito de su tragedia Franz von Sickingen— es una excelente obra marxista, una de las mejores de Lukács. En ella se aborda por primera vez, aunque requiriera un mayor desarrollo, el problema de la postura de Marx y Engels ante Shakespeare sobre la base de su concepción socio-histórica del mundo y del análisis de la experiencia revolucionaria de Alemania. Es muy significativo que el análisis de Lukács vinculara los problemas de la estética marxista con la comprensión leninista del contenido y las fuerzas motrices de la revolución democrático-burguesa, en contraposición a su comprensión por el menchevismo, el trotskismo y otras corrientes semejantes. Este artículo fue entonces un modelo de partidismo comunista en la literatura. Su concepción derivaba estrictamente del leninismo, pero su aplicación a la estética es mérito de Lukács. Pronto, en 1934, tuve que defender el artículo de Lukács contra la acusación de que era «trotskista», y logré rebatir estos ataques, demostrando que el mérito de esta obra era precisamente su implicación con el leninismo.

El entorno moscovita en el que se encontró Lukács desempeñó un papel importante en su desarrollo. Pero, por supuesto, no solo se benefició de los cambios que se estaban produciendo en la vida espiritual de la Unión Soviética, sino que también aportó a esta lo que podían proporcionarle su amplia educación, su profundo conocimiento de la historia cultural, su experiencia revolucionaria y la gran madurez teórica que había alcanzado.

Entre las mejores obras de Lukács yo incluyo sus estudios sobre las formas de género, la propia «estructura» del arte como espejo de la vida histórico-social. Tales son sus artículos sobre la novela histórica, que desarrollan la teoría hegeliana de la novela como epopeya de la época burguesa. En nuestro país, ya Belinski había utilizado la idea hegeliana en su inacabada obra de análisis de los géneros y tipos de arte. Siguiendo a Hegel, consideraba la novela como un reflejo de la sociedad, en la que el protagonista es una persona particular, del mismo modo que la épica heroica era un reflejo del estado universal del mundo de aquellos tiempos en que los protagonistas eran los pueblos y los héroes encarnaban sus aspiraciones. Así pues, en Rusia ya existía una tradición de transición del sistema abstracto, escolar y formal de los géneros al histórico, social-histórico. Belinski fue el profeta de esta dirección. Los críticos de Lukács (entre ellos Pereverzev) le acusaron de «regresar a Belinski». A sus ojos era algo tan anticuado, tan atrasado, que parecía refutarse a sí mismo.

Ciertamente, había un cierto retorno aquí al punto de vista de Hegel y Belinski, con la diferencia de que detrás de sus brillantes conjeturas, según las cuales la novela como forma literaria estaba asociada al advenimiento de la era de la civilización, Lukács ve ya la inevitabilidad del desarrollo de las relaciones burguesas, el contenido económico de este desarrollo, la lógica de la sociedad burguesa, acechando en las profundidades de toda la civilización de clases y plenamente desarrollada en la era capitalista. En Lukács, la visión histórica de Hegel y Belinski adopta una forma científica más real y claramente definida. Demostró que si la forma de la novela surge históricamente, de ello no se deduce que como forma no pueda servir de base para muchas transformaciones en la historia ulterior de la humanidad y que no llegue a formar parte, como pensaban sus críticos, de los conceptos formales de la estética.

El punto de vista presentado en la obra de Lukács es relevante no solo para la novela, sino también para otras categorías formales. Estas categorías formales de género son aceptadas en la escuela de la sabiduría estética como completamente ahistóricas. La historia se encarga de llenar estas formas con algún material; se endurece como plomo fundido en estas formas y se produce la tragedia de Sófocles, Shakespeare o Racine. De hecho, la propia matriz también pertenece a la historia, es desarrollada por ella, refleja algunos aspectos formales más generales de ciertos períodos históricos…

Recuerdo muy bien que los artículos de Lukács en nuestras publicaciones periódicas eran muy influyentes y los leían con interés los jóvenes de los centros de enseñanza superior. En general, cada trabajo de este tipo era acogido con entusiasmo, generaba una chispa de simpatía y era fructífero. Recuerdo que Lukács en sus obras hacía hincapié, por así decirlo, en una perspectiva histórica procesada, es decir, no en la visión habitual de que la historia la hacen los contemporáneos, sino en otra visión más profunda y correcta de que la historia es la prehistoria de la contemporaneidad; la contemporaneidad, por tanto, encuentra sus auspicios en la historia. Esto es sin duda cierto y profundo.

En las obras escritas en la Unión Soviética, Lukács como pensador-filósofo y esteta cambió perceptiblemente, yo diría que hasta cierto punto se «rusificó», se hizo más lacónico, más claro, concreto, captó con mucho acierto las situaciones de las que surgen determinadas conclusiones teóricas. Se liberó de la capa de las tradiciones gelehrtianas [elitistas] de la literatura científica y filosófica alemana, y sus artículos adquirieron rasgos de periodismo revolucionario. Como escritor destacó por su notable productividad. En todas las circunstancias continuó con su mesurado modo de vida, sin romper el ritmo constante establecido de sus ocupaciones. Trabajaba muy duro y llevaba, repito, una vida mesurada, que solo se veía obstaculizada por los asuntos de la emigración. Es sabido que en la emigración siempre hay muchas cosas innecesarias. Lukács participó tanto en la emigración alemana como en la húngara. A veces bromeaba diciendo que tenía dos disputas al cuello: «die deutsche und die ungarische» [la alemana y la húngara]. Y aunque estos asuntos absorbían en parte su tiempo, con el alma estaba por completo entregado a nuestra vida social y literaria.

El destino del amplio estudio sobre el joven Hegel, que estaba escribiendo en Moscú, no fue del todo exitoso en aquella época. Este libro no vio la luz hasta después de la guerra. La publicación a finales de los años treinta de una obra tan compleja y fundamental era improbable. El libro era puramente filosófico, de naturaleza histórico-filosófica, y requería una difícil comprensión del razonamiento casi teológico del joven Hegel. Obviamente, en las condiciones de aquellos años el libro de Lukács no podía publicarse, y, según recuerdo, él mismo no tenía entonces ningún deseo activo de publicarlo. Además, cuando lo terminó, pronto estalló la guerra, y lo máximo que Lukács pudo sacar de su libro fue que en 1943 le concedieron el título de Doctor en Filosofía en el Instituto de Filosofía por este libro.

Pero todo esto ocurrió posteriormente. En la primera mitad de la década de 1930, Lukács ganó fama con sus colaboraciones en revistas. La entonces Crítica Literaria publicó un excelente artículo de Lukács sobre «La grandeza y caída del expresionismo». Sus ideas sobre los movimientos espirituales en el extranjero —revolución, contrarrevolución, liberalismo, fascismo— procedían de la experiencia vivida, no de los libros. Lukács había podido observar el expresionismo directamente, para él estaba encarnado en ciertas personas, y su conexión con las luchas filosóficas de los movimientos de izquierda en Occidente era clara. Su crítica no era, pues, una crítica desde el exterior, un golpe burdo de un sectario inconsciente del sufrimiento que a veces conduce al engaño. Era una crítica inmanente, interna, que procedía del hecho de que ciertos matices del pensamiento y la creación de los movimientos modernistas, incluido el expresionismo, solo pueden entenderse y justificarse como fenómenos de la época hasta cierto límite, y más allá de ese punto se convierten de error histórico, en error personal e incluso en culpa, contra la que naturalmente debe dirigirse una polémica justa y apasionada.

En el artículo de Lukács había algunas expresiones muy agudas sobre la naturaleza social de la evolución de la ideología burguesa, exteriormente muy progresista, vanguardista, pero en esencia retrógrada y regresiva. El movimiento antidemocrático contrarrevolucionario, que inicialmente se desarrolló en un marco liberal, se transformó en el curso de los acontecimientos en un movimiento activamente contrarrevolucionario y fascista. A menudo intercambiábamos opiniones con Lukács sobre este tema, era una idea muy importante para nosotros.

Sigo opinando que el fascismo no puede considerarse en modo alguno un mero retorno a una reacción del viejo tipo, que esta reacción es negra, negrísima, pero con un envoltorio rojo, es decir, con una enorme dosis de demagogia social y, lo que es más importante, una cierta «innovación» que vincula al fascismo con todas las corrientes modernistas, toda la decadencia de tipo nietzscheano, el irracionalismo y la mitificación del siglo XX…

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