A sus 78 años, Alejandro Andreassi Cieri (Buenos Aires, 1948) sigue siendo un historiador en plena forma, aunque es profesor ya jubilado de Historia Contemporánea. Esta especialidad la impartió en la Universitat Autònoma de Barcelona, donde era y sigue siendo tan querido. Andreassi es miembro de la Associació d’Estudis Gramscians de Catalunya y del Arxiu Josep Serradell, que pertenece a la Fundació Neus Català. Sus líneas de investigación, no siempre académica, se han centrado en la historia del trabajo y del movimiento obrero, así como en los fascismos europeos. Entre otras publicaciones, es autor de «Arbeit macht frei». El trabajo y su organización en el fascismo (El Viejo Topo, 2004) y El compromiso fáustico. La biologización de la política en Alemania, 1870-1945 (El Viejo Topo, 2015). En los últimos años ha publicado artículos como «Delegados de empresa y movimiento consejista en la Gran Guerra y la Revolución alemana de 1918-1919», en la revista Nuestra Historia, junto a Joan Tafalla, o ¿Tienen patria los obreros? Rosa Luxemburg y la cuestión nacional (1893-1918) (Bellaterra Edicions, 2021). Recientemente Andreassi ha publicado Über Alles: Nazismo y revolución pasiva en Alemania (1871-1939), en Verso Libros, en el que realiza un análisis gramsciano de la construcción de la Alemania moderna y de las condiciones históricas que hicieron posible el ascenso del nazismo. En esta conversación expone las principales ideas.
Muchas gracias, Alejandro, por concedernos esta entrevista. La mayoría de las interpretaciones históricas —historicistas— han presentado el nazismo como una reacción: una especie de explosión irracional que rompe con la modernidad, una especie de desviación histórica. En Über alles se propone leerlo desde la categoría gramsciana de revolución pasiva para apuntar a una tesis prácticamente opuesta. El nazismo solo fue una de las posibilidades, a todas luces evitable si la escudriñamos desde una longue durée. ¿Qué problema histórico permite resolver esta perspectiva, este concepto gramsciano y, en general, esta forma de explicar el nazismo?
El concepto de revolución pasiva aplicado al análisis de nazismo, tal como se hace en el libro, permite: primero, continuar la explicación que Gramsci ofrece sobre los procesos de superación de la crisis capitalista originada tanto por la Gran Guerra como por la Gran depresión de 1929, demostrando que el fascismo alemán —el nacionalsocialismo— es una forma equivalente a la revolución pasiva ocurrida en Italia bajo el fascismo mussoliniano; segundo, siguiendo a Gramsci, como el fascismo es la forma que adopta la revolución pasiva en el siglo XX, que viene a superar la crisis del liberalismo que había presidido las revoluciones pasivas del siglo XIX, a pesar de su carácter contrarrevolucionario, o por eso mismo, tanto el caso italiano como el alemán son fenómenos propositivos que pretenden dar una respuesta a las diversas manifestaciones de la entropía capitalista de la primera posguerra (de las cuales Gramsci y otros autores marxistas identifican como principal fenómeno la caída tendencial de la tasa de beneficio).
Esa superación de la crisis por los fascismos a través de su revolución pasiva implica que estos utilizaron los recursos ideológicos y tecnocientíficos que ofrecía la modernidad capitalista. Lo que sucede es que se trata de una modernidad anti-ilustrada y anti-igualitaria, contrarrevolucionaria, cuya expresión ideológico-filosófica puede sintetizarse en la existencia de esa corriente intelectual que adquirirá gran importancia en el período de entreguerras, denominada «revolución conservadora»; y tercero, las revoluciones pasivas tienen lugar cuando el bloque social dominante percibe que su hegemonía está amenazada o necesita recomponerla ante la actividad insurgente esporádica o constante de las clases subalternas. Esa amenaza a su hegemonía significa que hay una crisis de autoridad, una pérdida de la capacidad de dirección de las clases dominantes aunque mantengan su capacidad de coerción, donde las clases subalternas han dejado de percibir los objetivos, valores y principios del bloque dominante como propios o adecuados a toda la sociedad, o estas comienzan a elaborar proyectos contrahegemónicos en disputa con el bloque social dominante.
Es en esa coyuntura que la revolución pasiva puede dar respuesta introduciendo modificaciones sustanciales en la estructura del Estado y en sus relaciones con la sociedad civil. Por eso podemos afirmar que el fascismo fue una revolución pasiva al introducir, para reparar la crisis capitalista, profundas modificaciones en el Estado y en su relación con la sociedad civil en los términos de un verdadero proyecto de ingeniería social y antropológica. El fascismo también buscaba crear su «hombre nuevo», pero en directo antagonismo con los movimientos obreros y emancipatorios sería un «hombre nuevo» que aceptando su situación de desigualdad social y la necesidad de mantener el orden jerárquico de la sociedad capitalista fuera capaz de comprender su encuadramiento social subalterno sin cuestionarlo en aras de la mayor eficiencia de la nueva sociedad fascista y de la recuperación de la potencia económica y militar de Alemania e Italia. Podemos concluir que su carácter era propositivo y modernizador por los motivos citados, pero de un modernismo perverso que pretendía hacer tabula rasa de los valores y principios legados por la Ilustración y la Revolución francesa. Para enfatizar el carácter de la revolución pasiva es menester contraponerlo al de revolución activa. Esta es aquella en la que las clases subalternas actúan de manera completamente autónoma respecto de las clases dominantes, como fue el caso de la Revolución francesa, la Revolución rusa, la Revolución china o la Revolución cubana.
A pesar de ello, según se señala en su libro, al aplicar el concepto de revolución pasiva al nazismo no pretende normalizarlo, sino precisamente comprender las condiciones que hicieron posible una barbarie de esa magnitud. ¿Por qué cree que todavía existe tanta resistencia a estudiar el nazismo como un fenómeno plenamente moderno?
Pienso que esa resistencia se debe por una parte a que hay corrientes de la historiografía que interpretan al nazismo como el resultado de la persistencia de un poder político pre-democrático, un fracaso de la revolución burguesa en Alemania, cuando se interpreta a esta tomando como paradigmas a Gran Bretaña y Francia. Es la célebre tesis del Sonderweg, del camino especial que va a seguir Alemania en el siglo XIX. Resumidamente, según esta corriente historiográfica el fascismo alemán derivaría de la persistencia de culturas y prácticas políticas e institucionales pre-modernas, incluso de la persistencia de estructuras feudales en la sociedad y el Estado alemán. Esta tesis ha sido refutada por autores como Geoff Eley y David Blackbourn [en su libro The peculiarities of German history: bourgeois society and politics in nineteenth-century Germany] o Helga Grebing [editora de Der deutsche Sonderweg in Europa 1806 — 1945. Eine Kritik], quienes demuestran que la revolución burguesa se había consumado en Alemania y que su rasgo distintivo no era el mayor o menor desarrollo del parlamentarismo o la democracia representativa sino su pleno desarrollo capitalista, equivalente en potencia al de la propia Gran Bretaña o los EE. UU. La Alemania del Kaiserreich mostraba todos los rasgos atribuibles a las sociedades modernas de la época tales como un muy avanzado desarrollo científico-técnico y académico, una alfabetización importante de su población, un grado de desarrollo urbano notable —a pesar de que todavía conservaba una proporción importante de su población dedicada a la agricultura—, un sistema de partidos y organizaciones políticas equiparables a otros países europeos o el movimiento obrero más potente de Europa que había alcanzado algunas conquistas sociales sin parangón con los otros países del continente. Aunque en la Alemania anterior a 1914, el Kaiserreich, el sistema político se basaba en una monarquía constitucional de carácter claramente autoritario con un gobierno que no era responsable ante el parlamento (Reichstag), el Estado alemán en cuanto a su organicidad y funcionamiento era moderno en comparación con otros estados europeos.
No existe un tipo ideal, en el sentido weberiano, un patrón de referencia del éxito o fracaso de la revolución burguesa y por lo tanto de la modernización de un país. Cada uno de ellos, incluidos Gran Bretaña y Francia erigidos como norma de referencia, tuvieron desarrollos peculiares que derivaban de sus características nacionales y del contexto internacional en el que se habían producido. En ese sentido cabe recordar que cuando se presenta al sistema político británico como uno de los referentes y entidad normativa de esa modernidad por su desarrollo de la democracia representativa cabe señalar que esta no será plena hasta después de la Primera Guerra Mundial, en 1928, cuando en se alcanzará el sufragio universal. Si bien sucesivas reformas a lo largo del siglo XIX fueron ampliando los derechos electorales, estos mantuvieron, de alguna manera, formas similares al voto censitario, como el ser propietario de la vivienda, lo que eliminaba a los hijos que vivían con sus padres y criados del derecho al voto mientras las mujeres estaban totalmente excluidas a pesar del potente movimiento sufragista que se gestaba en la época.
También Gramsci aporta argumentos que descalifican las tesis del Sonderweg al afirmar que «en Inglaterra, donde la Revolución burguesa se desarrolló antes que en Francia, tenemos el mismo fenómeno que en Alemania, de fusión entre lo viejo y lo nuevo […] la vieja aristocracia permanece como clase gobernante, con ciertos privilegios, se convierte también ella en la capa intelectual de la burguesía inglesa» y para Alemania que «la cuestión de clase es de tipo intermedio: la burguesía obtiene el gobierno económico-industrial, pero las viejas clases feudales permanecen como capa gobernante […]. La relación de clase creada por el desarrollo industrial con el alcance del límite de la hegemonía burguesa y el vuelco de las situaciones de clases progresistas induce a la burguesía a no luchar a fondo contra el viejo mundo, sino a permitir subsistir de él aquella parte de la fachada que sirve para velar su dominio». Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T 1 (Era, 1999), Cuaderno 1 <44> «Dirección política de clase antes y después de la llegada al gobierno», p. 119. 1
Esa persistencia de la resistencia a analizar el nazismo como fenómeno plenamente moderno se deriva en parte de la presencia de esa tesis historiográfica mencionada y también de la tendencia en diversos autores a vincular democracia y capitalismo, como una pareja inextricable donde una no es posible sin la existencia del otro, y donde el desarrollo capitalista es la prueba irrefutable del carácter moderno de una sociedad, de lo que se deriva con frecuencia la negación o cuando menos la duda sobre la naturaleza capitalista de la dictadura nazi y por lo tanto su negación como sociedad moderna. Este posicionamiento entra en contradicción con la experiencia histórica que nos muestra casos de sociedades capitalistas plenamente desarrolladas bajo regímenes dictatoriales como la dictadura militar chilena o la dictadura militar argentina. En este sentido también cabe citar la frase de Horkheimer: «Quien no quiera hablar de capitalismo debe callar también sobre el fascismo» o recordar la estrofa con que cierra Bertolt Brecht su obra sobre el fascismo alemán La resistible ascensión de Arturo Ui, ya que existe una indudable relación entre modernidad capitalista y fascismo. «Lo que habéis visto estuvo a punto / de dominar el mundo / aún no hace tantos años. / Los pueblos terminaron por tener la razón, / pero nadie puede cantar victoria antes de tiempo. / ¡Todavía es fecundo / el vientre que parió la bestia inmunda!» 2 Ello siempre rechazando cualquier planteamiento determinista y considerando que esa relación se produce cuando el capitalismo, especialmente con sus crisis, siembra las condiciones de posibilidad del fascismo.
El libro comienza mucho antes de Hitler, con Bismarck. ¿En qué momento histórico diría que empieza realmente la historia del nazismo? Hablas de diferentes revoluciones pasivas, hasta cuatro, dos de ellas no exitosas.
La historia del nazismo como organización política estructurada y con una definición programática comienza en la inmediata primera posguerra, y especialmente con el ingreso en 1919 de Adolf Hitler al entonces denominado Partido Obrero Alemán, predecesor del NSDAP (Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes). Lo que sucede es que para intentar comprender y explicar el surgimiento del nazismo como movimiento político es necesario analizar y comprender las condiciones de posibilidad de su surgimiento. Por lo tanto es necesario estudiar el fascismo alemán desde la perspectiva de la long durée, de la historia del período anterior a su surgimiento, que es lo que hace Gramsci para explicar el fascismo italiano, en la medida en que puedan reconocerse que esas condiciones de posibilidad no solo se producen por la crisis del Kaiserreich y luego de la República de Weimar, sino por los elementos de la evolución de la sociedad civil en los ámbitos de la economía, la política, la ciencia y la cultura que van a impregnar de forma molecular a la sociedad alemana a lo largo del período que se inicia en 1871. Esto no quiere decir que el fascismo era el destino inexorable de la sociedad alemana, sino que en su génesis contribuyó el impacto de la coalescencia de diversos elementos culturales, políticos e ideológicos presentes antes de la Gran Guerra, y que antes de 1914 existían dispersos y todavía no demasiado articulados. La Primera Guerra Mundial, a su vez, actuó como el gran catalizador que los reunió y les dio coherencia ideológica y operativa.
Hay una escena que se repite en esta interpretación gramsciana del nazismo que conecta muy bien con el estadio actual del mundo: el Estado, en su caso el alemán, neutralizando una y otra vez los conflictos sociales mediante la incorporación parcial de demandas obreras, eso sí, manteniendo intacto el poder y a las élites que lo aprovechan. Por otro lado, para observar a Bismarck recuperas textos de Engels, entre ellos «El papel de la violencia en la historia», donde habla del método de «hierro y sangre». ¿Cómo interpretaba Engels la llamada «unificación» alemana?
Bismarck, tal como lo he planteado en el libro, lidera la primera revolución pasiva que es exitosa. La transformación de la Alemania unificada en una gran potencia industrial había favorecido el desarrollo y la influencia social y política de la burguesía y, al mismo tiempo, la multiplicación de la clase obrera, que había sido organizada por el movimiento socialdemócrata constituyéndose como el movimiento obrero más potente de Europa. Ese crecimiento de la clase burguesa que lideraba el desarrollo económico en una monarquía constitucional no parlamentaria, donde el poder político debía ser compartido entre aquella clase y la clase terrateniente y otros sectores de la burguesía agraria (que sostenían con frecuencia intereses contrarios al capital industrial), sentaba las premisas de una tensión política en la cual el Estado imperial regido por el káiser y el canciller Bismarck debían actuar como árbitros en la disputa en el interior del bloque de las clases dominantes para mantener la hegemonía de ese bloque y limitar las reivindicaciones de las clases subalternas. A su vez, el movimiento obrero liderado por el SPD (Partido socialdemócrata) se había convertido en actor muy activo, aunque subalterno, en la lucha de clases en la cual intervenían también los sectores de la clase obrera y el campesinado agrupados en el Zentrum (Centro Católico). Por lo tanto, la dirigencia del Kaiserreich debía responder a todas estas demandas, evidentemente con distinto grado de satisfacción habida cuenta de que siempre se trataba de sostener la hegemonía del bloque social dominante constituido por el capital industrial y la propiedad agraria.
Frente a eso, Bismarck, como timonel del Kaiserreich, fue estableciendo las pautas de esa revolución pasiva que podemos resumir en dos aspectos: la reforma constitucional, que sin abandonar los parámetros de un régimen autoritario en el cual el Gobierno era responsable ante el káiser y no ante el Parlamento, establecía un sistema parlamentario —el Reichstag— elegido por votación universal masculina, satisfaciendo con ello a los nacional-liberales (herederos lejanos de la revolución de 1848) quienes a cambio de su apoyo al Gobierno imperial conseguían el pleno apoyo del Gobierno liderado por Bismarck para el desarrollo capitalista de Alemania y la plena consolidación de la sociedad burguesa. El otro aspecto que caracteriza esa revolución pasiva bismarckiana será la combinación entre la concesión a la clase trabajadora del primer sistema de seguridad social a escala europea junto con la represión del movimiento obrero, encabezado por la socialdemocracia, con la aprobación de la ley antisocialista de 1878. Esta estrategia tenía como objetivo integrar a la clase obrera de forma subalterna y erradicar la influencia del socialismo en su seno. En consecuencia, las categorías de revolución-restauración y de revolución pasiva elaboradas por Antonio Gramsci a partir de sus reflexiones sobre el Risorgimento resultan plenamente pertinentes para evaluar y analizar la relación dialéctica de los fenómenos examinados en el proceso de construcción de Alemania como Estado unificado.
Esa revolución pasiva impulsada durante el gobierno de Bismarck fue también denominada «revolución desde arriba» porque las transformaciones sociales y políticas se impulsaban desde las alturas del poder, desde el aparato político de las clases dominantes. El propio Engels se refiere a la misma en esos términos. Pero cabe señalar, como también lo hizo Engels, que la consecución de la unidad alemana, la reunión de los estados alemanes en una Nación-Estado unificada y, por lo tanto, el punto principal de partida de la modernización alemana y su plena transformación en una potencia europea de primer orden tanto económica como políticamente con aspiraciones de construir un imperio colonial fue producto de la violencia. La unificación se consiguió tras tres guerras, la primera contra Dinamarca en 1864, la segunda contra Austria en 1866 y la tercera la guerra franco-prusiana que acabó con el imperio de Napoleón III y fundó definitivamente al Kaiserreich.
Del mismo modo que Engels señalaba el papel de la violencia en la historia del Kaiserreich, Marx señalaba el papel de la violencia en la historia humana: «En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia» (en el capítulo XXIV de El Capital, al hablar de la acumulación originaria). Karl Marx, El capital, Libro primero, vol. III, Siglo XXI, 1977, p. 892. 3
Una de las ideas que más sorprenden es que el nazismo no aparece, al menos únicamente, como un movimiento político, sino como una nueva forma de organizar el capitalismo alemán. ¿Hasta qué punto el partido nazi fue un instrumento de las élites económicas y hasta qué punto acabó transformándolas también a ellas? A lo largo de tu ensayo aportas datos sobre diferentes sectores industriales y agrarios y su rol en cada momento histórico. Además, en el libro aparecen continuamente nombres como Krupp, Thyssen, la química IG Farben… Algunos empresarios estuvieron directamente implicados en la política parlamentaria; otros eran extensiones del Estado y ejercían control sobre los trabajadores. ¿Cuál es la relación entre el gran capital y el posterior desarrollo del nazismo?
Es indudable que el apoyo del gran capital favoreció la llegada de los nazis al poder. Lo favoreció de dos maneras. La primera, porque el gran capital junto con otros sectores integrantes del bloque social dominante sostuvieron una decisiva acción que acabó minando los cimientos de la República de Weimar buscando, a partir de la estabilización de 1924, liquidar o al menos neutralizar los efectos de las conquistas del movimiento obrero. Lo hicieron a partir del pacto Legien-Stinnes de 1918, que selló el acuerdo social entre la patronos y sindicatos, y más decididamente a partir de 1930 con la decisión de retirar su colaboración con el Estado para cubrir las aportaciones que le correspondían para garantizar la cobertura de los desempleados, en un momento en que estos llegaban a la enorme cifra de 6 millones. La segunda forma fue ya la intervención directa por parte de algunos grandes empresarios en la promoción de la candidatura de Hitler a la cancillería a lo largo de 1932 y la aceptación de su nominación como canciller por el conjunto de representantes del gran capital a partir de 1933.
En lo que respecta al desarrollo ulterior de la dictadura nazi se produce una simbiosis, una confluencia de intereses entre la dirigencia nazi y la dirigencia empresaria, ya que los nazis pretendían impulsar su programa de rearme y expansión imperialista, y el capitalismo alemán, especialmente el gran capital industrial, era el bloque clave para hacer realidad ese rearme que a su vez le garantizaba a las grandes corporaciones industriales enormes beneficios, creándose así un complejo militar-industrial que modificó las características de la economía de la Alemania nazi, que se transformó en lo que podríamos llamar un «capitalismo de guerra» incluso antes de 1939. Ello implica que ni el partido nazi sometió al gran capital ni los grandes capitalistas teledirigieron al nazismo. La simbiosis fue tal que, a pesar de la nazificación (Gleichhaltung) que los nazis impusieron a todas las organizaciones de la sociedad civil alemana, la principal organización empresarial alemana continuó bajo la dirección Gustav Krupp von Bohlen und Halbach que la presidía antes de enero de 1933, y continuó conservando su total autonomía respecto al Estado y al partido nazi.
Del mismo modo, en la elaboración de la Ley de Organización del Trabajo Nacional de 20 de junio de 1934 (Gesetz zur Ordnung der nationalen Arbeit — AOG), que representaba los intereses generales del empresariado y los grupos conservadores alemanes y no solo la ideología nazi —por ello una norma nuclear y, por lo tanto, constituyente de la dictadura nazi— participaron conjuntamente conspicuos representantes industriales como Thyssen o Albert Vögler, así como el ministro de Economía Kurt Schmitt y el propio Hitler. En su redacción, los representantes del empresariado impusieron impedir que el Frente Alemán del Trabajo (DAF) tuviera cualquier competencia en la regulación de salarios, lo cual era una demanda prioritaria de los empresarios. Si la dictadura nazi necesitaba imprescindiblemente del concurso y apoyo de la gran industria alemana, la contraprestación que recibió esta fue la liquidación del movimiento obrero y la reestructuración de las relaciones laborales que restablecieron el pleno dominio empresarial de la fuerza de trabajo, extendiendo el Führerprinzip a las empresas.
Como culminación de esa simbiosis, lo que implica motivos económicos pero también ideológicos, cabe considerar la plena aceptación de la utilización de trabajo esclavo en sus empresas contribuyendo también de esta forma al genocidio que formaba parte del proyecto nazi de dominación. Esa simbiosis corrobora la magistral definición de Franz Neumann, propuesta en su libro Behemoth. Pensamiento y acción en el nacionalsocialismo (1943), quien consideraba que el régimen nazi era una dictadura policrática constituida por la dictadura del partido nacionalsocialista, la burocracia, el ejército y el gran capital. Por lo tanto, esa simbiosis se formalizó en una «alianza» entre el nazismo y la clase capitalista basada en intereses compartidos y recíprocos y también afinidad ideológica en muchos de los empresarios, manifestada cuando las empresas contribuyeron a completar con criterios raciales la estructura jerárquica de la organización del trabajo en sus establecimientos, culminando así lo que podía ser el esbozo de la futura sociedad del Tercer Reich en el caso de una victoria del nazismo. Ello se exacerbó durante la guerra, cuando reprodujeron en las fábricas y talleres los principios de segregación establecidos por el Decreto sobre los trabajadores del Este (Ostarbeitererlasse), y explotaron sin piedad a los prisioneros de guerra soviéticos así como a los reclusos de los campos de concentración con jornadas laborales sin límites preestablecidos (80 horas semanales, incluidos los domingos para los hombres y 60 horas semanales para las mujeres), mientras eran mal alimentados, y la disciplina en los puestos de trabajo se mantenía mediante la amenaza y la práctica de violentos castigos corporales, o el envío a campos de trabajo o concentración.
Muchos lectores tratarán de encontrar en este libro una historia del nazismo y se encontrarán, también o incluso primeramente, una historia del desarrollo social del movimiento obrero (industrial y campesino) alemán.
El movimiento obrero y sus organizaciones son los protagonistas fundamentales a lo largo del libro porque con su presencia y actividad condicionaron y modularon consciente o tácitamente la acción del bloque social dominante. Tanto las leyes antisocialistas como las normas de prestación social aprobadas en la época de Bismarck responden, aunque en direcciones contrarias pero complementarias —unas represivas y las otras concesivas— a la presencia de un movimiento obrero que había sido capaz de crear progresivamente una contra-sociedad, que provocaba un enorme rechazo y al mismo tiempo temor en las clases altas y medias de la sociedad alemana, y que convirtió al movimiento obrero y al SPD en el Reichsfeind (enemigo del Reich) incluso aunque su perspectiva revolucionaria se hubiera desdibujado hasta la crisis de 1914.
Con la revolución de noviembre de 1918 y la expansión del movimiento consejista, la calificación del movimiento obrero como Reichsfeind por la burguesía alemana se incrementó por el carácter claramente revolucionario de sus propuestas y actividad. Si bien el movimiento consejista como tal duró hasta 1921, sus propuestas que eran las de una democracia radical y directa siguieron alimentando las expectativas de al menos una parte importante de la clase obrera alemana. La crítica radical del orden burgués que había sostenido el movimiento consejista fue recogida por el Partido Comunista de Alemania (KPD) en la fase siguiente al ocaso de la crisis revolucionaria iniciada en noviembre de 1918. Pero con una propuesta adaptada al reconocimiento de un restablecimiento del dominio de la burguesía a través de la táctica del Frente Único, que adoptada por la Internacional Comunista formaría a partir de su séptimo Congreso en 1935 parte de la formulación del Frente Popular, como respuesta a la llegada de Hitler al poder y el fortalecimiento de los movimientos fascistas en Europa. Por lo tanto hasta la llegada al poder del nazismo el movimiento obrero alemán tanto en su vertiente socialdemócrata como comunista fue el testimonio frente a la sociedad burguesa alemana y de sus clases dirigentes de que podía haber una alternativa a la misma si se daban las condiciones necesarias por presencia y por acción, a pesar de las diferencias que existían entre esas dos vertientes del movimiento obrero e incluso los agravios recíprocos a lo largo de la historia de la República de Weimar.
Esa presencia insoportable para la gran y pequeña burguesía de la clase obrera alemana y sus organizaciones fue un factor determinante en ese proceso. Por eso uno de los objetivos del fascismo alemán en total acuerdo y connivencia con las clases dominantes fue el intento de destrucción definitiva de ese movimiento obrero que había llegado a ser tanto antes como después de la Gran Guerra el más potente de Europa. Esa destrucción del movimiento obrero alemán con una intensidad sin precedentes en la historia previa de Alemania generó, por lo tanto, la principal condición de posibilidad para que la dictadura nazi pudiera consumar su revolución pasiva ya que con la destrucción del KPD, el SPD y los sindicatos creó la amalgama para la simbiosis con el gran capital alemán y demás sectores burgueses unificando a las clases dominantes y encuadrando a las clases medias en un bloque bajo la dirección de la dictadura nazi.
¿Qué papel juega en los últimos momentos, antes de la llegada de Hitler al poder, el movimiento consejista? Los consejos obreros aparecen como una posibilidad histórica real y, sin embargo, terminan desapareciendo, en parte perseguidos, claro. Otros historiadores han «culpado» a los movimientos obreros, socialdemócratas e izquierdistas, por errores que no evitaron el ascenso nazi. ¿Qué aciertos y errores se dieron en este momento histórico en Alemania?
Estoy totalmente de acuerdo contigo en que el movimiento consejista y los consejos obreros representaron una posibilidad histórica real tanto teórica como práctica de democracia política y económica de base, de autogestión obrera. Esa democratización no significaba solamente la expansión de los derechos políticos de la clase trabajadora sino que ponía en cuestión al propio capitalismo, que puede aceptar, tolerar o asimilar una práctica democrática extra-laboral pero jamás una práctica democrática intra-laboral, ya que las relaciones de producción capitalista —el núcleo vital para el funcionamiento del sistema— se asientan en su estructuración jerárquica que es la que decide qué, cómo, cuándo y cuánto producir.
Hay que considerar que la historia de la lucha de clases en la época contemporánea está motorizada por la experiencia de la explotación por las clases subalternas y la reflexión que sobre esa experiencia realiza el movimiento obrero. Parte de esa reflexión tiene origen también en las promesas incumplidas de liberación anunciadas por las propias revoluciones burguesas que, en su lugar, instauran nuevas sociedades de clases y nuevas formas de dominación donde como mucho una parte de las clases subalternas adquieren algún derecho de ciudadanía ahí donde se han instaurado sistemas parlamentarios monárquicos o republicanos más o menos representativos, pero donde esos derechos se pueden ejercer, con limitaciones, en el ámbito de la sociedad política, pero no en la esfera de la sociedad civil, y especialmente en el ámbito de la actividad económica. Por ello de manera más o menos completa, los movimientos obreros en Europa y también en América fueron desarrollando desde el siglo XIX estructuras de contra-sociedad o sociedad alternativa a la sociedad civil y política burguesa como formas de resistencia, de las cuales las primeras fueron las organizaciones sindicales y de ayuda mutua. Como se registra en el libro esa contra-sociedad obrera tenía una gran vitalidad en la Alemania del Kaiserreich y luego en la República de Weimar y va a ser necesaria la barbarie nacionalsocialista para aplastarla.
Por lo tanto, la continuidad del proyecto consejista dependía de la posibilidad de comenzar de derrocar las estructuras de dominación capitalista, objetivando la afirmación de Gramsci cuando declaraba que «la hegemonía nace en la fábrica» (Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T. 6, C 22, <1>, 61 y 66). Esa posibilidad desapareció cuando progresó la recomposición de la hegemonía burguesa durante la primera fase de la República de Weimar y por lo tanto excluía escenarios antagónicos. En ese sentido el SPD cumplió un papel fundamental promoviendo o tolerando la represión del consejismo así como de todas aquellas movilizaciones del movimiento obrero que reclamaban trascender los márgenes del capitalismo heredado del Kaiserreich y que iban desde la nacionalización de la minería y la industria pesada a la organización consejista de las empresas pasando por el control obrero de la actividad económica. Pero el SPD también combinó esa represión con medidas reformistas y obtuvo por una parte importante de la clase obrera el consenso de que una vez consolidada la república y culminado el proceso constituyente se avanzaría en un camino irreversible de progreso social. Como hemos visto en el libro, esa revolución pasiva encabezada por el SPD con el apoyo del Zentrum y el DDP, y observada con atención por las clases dominantes y las estructuras de Estado heredadas del Kaiserreich, especialmente el ejército y la magistratura, sirvió para superar la crisis revolucionaria que impulsaban las masas obreras a partir de 1918 y cuyo recorrido duró hasta 1921. Sin embargo, tal revolución pasiva, y así lo hemos explicado en el libro, fracasó porque fue incapaz de estabilizar a la sociedad civil y política, incluso experimentando un retroceso, a partir de la superación de la hiperinflación de 1923, de las conquistas obreras obtenidas desde noviembre de 1918, y traspasando el poder político a las derechas que a partir de 1924 y hasta 1930 intentarían poner en marcha otra revolución pasiva.
Debe tenerse en cuenta que la vitalidad de ese movimiento consejista, que resistió los embates hasta 1921, derivaba de la experiencia adquirida por el movimiento obrero no solo en contra de la gran patronal alemana sino también en contra de las organizaciones sindicales y de la dirección política de la socialdemocracia que veían a los consejos obreros no como colaboradores en la lucha de clases sino como competidores en la dirección de la clase obrera, durante las huelgas y movilizaciones durante la Gran Guerra, especialmente la gran huelga de enero de 1918. Estas movilizaciones eran también tributarias de las experiencias previas a 1914 de organización de base y asamblearias que aunque intermitentes o localizadas en determinados ámbitos de la clase obrera como la minería, por lo que también explican la velocísima formación y expansión de los consejos de obreros y soldados a partir de noviembre de 1918 (la división entre consejos de obreros y soldados es más una división formal que de contenido ya que los soldados que integraban esos consejos, aunque expresaran reivindicaciones propias de su condición militar, formaban en su gran mayoría parte de la clase obrera alemana). La dialéctica entre experiencia y reflexión por los propios protagonistas de ese consejismo dio como resultado un rico movimiento que debió enfrentarse a un aparato estatal todavía en pie, a diferencia de Rusia, y a una sociedad civil en la cual una parte del movimiento obrero jugaba contra esa posibilidad revolucionaria.
Hay una parte fundamental en su marco teórico: la presentación del biologismo y la ingeniería antropológica racista como ciencia. Llega a decirse: «el nacionalsocialismo no es otra cosa que biología aplicada». Todo empieza mucho antes de los planteamientos de Hitler, Himmler, Mengele…
El determinismo biológico que juega un papel fundamental en la ideología nazi hunde sus raíces en las décadas finales del siglo XIX, cuando el extraordinario avance científico en todos los ámbitos induce a buscar la explicación a los fenómenos sociales generados por el desarrollo del capitalismo, así como de las necesidades de legitimar la acción del colonialismo europeo en su choque con los pueblos sometidos a la dominación colonial, especialmente en la biología y en la antropología. A partir de estas disciplinas se trata de resolver la contradicción percibida, podríamos decir que cotidianamente, entre el progreso técnico y material y la creciente desigualdad social en las sociedades burguesas europeas mediante explicaciones y soluciones que parten de hipótesis biológicas que pretenden demostrar que la desigualdad y las clases sociales derivan de una base biológica y no del desarrollo histórico. Respecto a los pueblos colonizados, su «atraso» respecto a los estándares europeos serán también analizados desde los prismas de la biología para justificar las diferencias.
Estos planteamientos conducen a afirmar la desigualdad natural de los seres humanos desafiando la herencia de la Ilustración y de la Revolución francesa que proclamaba la igualdad esencial de la especie humana. De algún modo esa tendencia anti-igualitaria promovida desde medios académicos y elites políticas y económicas va a estimular la respuesta crítica de Darwin a esa tendencia cuando escribe que: «Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado». Charles Darwin, The voyage of the beagle, The Pennsylvania State University, 2001, p. 549. 4
La asunción de ese determinismo biológico por el nacionalsocialismo es revelador de su carácter modernizador ya que pretendía fundar sobre las ciencias que protagonizaban el progreso su racismo biológico así como su modelo de organización social basado en la creencia de que la desigualdad social no era producto del desarrollo histórico del capitalismo y de la lucha de clases, sino producto de la biología, haciéndose eco de la ideología biopolítica que penetraba con fuerza en la sociedad alemana con la decisiva participación de numerosos ámbitos académicos.
La posteriormente desarrollada eugenesia nazi primero es la aplicación de la ciencia de forma que abarcase al obrero como un ser enfermo e inferior.
Dentro de los grupos académicos que van a validar más tarde los objetivos de la eugenesia nazi se consideraba que el conflicto político y social que se extendió entre noviembre de 1918 y marzo de 1919 confirmaba que las clases sociales representaban «grupos raciales» antagónicos, de lo que se deducía que las diferencias sociales representaban en realidad diferencias biológicas, ideas que ya habían sido defendidas antes de 1914 por los sectores situados más a la derecha en el espectro de la antropología, como Otto Ammon y Ludwig Wolltmann. Por ejemplo, Fritz Lenz, profesor de genética humana en la Universidad de Múnich, de higiene racial en la Universidad de Berlín y miembro del partido nazi desde 1937, dirigiendo la mirada hacia esa época, escribía sobre qué le sugería la lucha de clases desatada durante los momentos revolucionarios de la instauración republicana en 1918-1919: «La consideración biorracial de la guerra sería incompleta sin la de la guerra civil. Contrariamente a la opinión popular, los bandos contendientes difieren mucho más desde el punto de vista racial en las guerras civiles que en las guerras entre naciones. He tenido la oportunidad de observar muy de cerca las tropas revolucionarias y contrarrevolucionarias durante la denominada República de los Consejos en Munich a comienzos de 1919. La diferencia racial era colosal, lo mismo sucedía con los líderes de ambos bandos». Erwin Baur, Eugen Fischer, y Fritz Lenz, Menschliche Erblichkeitslehre und Rassenhygiene. Menschliche Erblichkeitslehre von Erwin Bauer Eugen Fischer Fritz Lenz, vol. Band II, München, 1932, p, 88. 5
Por otra parte y continuando lo tratado en la pregunta anterior, se puede considerar que el determinismo biológico era un componente esencial de las tesis no solo en la jerarquización de los pueblos, jerarquía en la que los alemanes y en general los pueblos nórdicos ocupaban el vértice, sino que esa jerarquía también se postulaba para la estructura de la comunidad popular —la Volksgemeinschaft— que constituía el núcleo fundamental de la sociedad nazi. Esa jerarquización en el seno de la comunidad popular se justificaba en relación con la desigual dotación biológica de sus miembros que los destinaba a ocupar un lugar, prominente o subalterno, en función de dicha dotación biológica y que señalaba el fundamento pretendidamente natural de la desigualdad. De ahí el determinismo biológico que presidía cualquier consideración social y sociológica por parte del nazismo. Por ello los nazis interpretaban la lucha de clases no como un fenómeno dependiente de las condiciones históricas de la explotación y dominio de una clase por otra sino como un fenómeno que dependía de la diferente constitución biológica de esos grupos enfrentados, y que se expresaba como lucha de razas.
Después de escribir casi seiscientas páginas sobre la creación de una Alemania que cobijó la barbarie más insoportable, alguna idea de cómo evitar el regreso paulatino tendrá. ¿Qué podemos hacer hoy?
¿Qué podemos hacer? Teniendo en cuenta que en estos tiempos de gran incertidumbre son más las dudas que albergo que las certezas, lo que se pueda plantear siempre lleva el marchamo de la provisionalidad. Las conclusiones no pueden ser más que muy generales y poco precisas, y en todo caso, deducibles de lo planteado en el resto de la entrevista y contextualizado respecto a la actualidad. 1) en primer término la imperiosa necesidad de que la superación de la crisis sistémica se haga a favor de las mayorías populares, de las clases subalternas, y no del bloque social dominante, como ha sido la constante hasta ahora (recordemos el rescate bancario que impulsó el gobierno Rajoy que significó una socialización de las pérdidas a cargo de toda la ciudadanía y una privatización de beneficios a favor de la banca rescatada). 2) una salida de la crisis a favor de las clases subalternas significa la construcción de un frente unitario de todas las fuerzas anticapitalistas, no solo a nivel de organizaciones políticas sino también incorporando con voz y voto a los movimientos sociales que expresan con su experiencia cotidiana las diferentes necesidades sociales y señalan los objetivos a alcanzar. En realidad, se trata de una actualización de la táctica del Frente Único surgido propuesto por la Komintern en la década de 1920 y del Frente Popular definido e impulsado a partir de 1935.
Por ello más que proyectos de unificación política de izquierdas desde personalidades o acuerdos entre partidos, es muy importante que esa unidad se construya desde el reconocimiento de las experiencias y reflexiones que experimentan esas organizaciones de base social desde una perspectiva territorial, laboral, económica o medioambiental, que se expresan en el ámbito sindical, en el movimiento feminista y en el antirracismo, en el que los partidos pueden coadyuvar como intelectuales colectivos en la unificación de las reivindicaciones, no para ahogarlas en una generalidad sin sentido, sino en colaborar a articularlas como comprensión de la totalidad social en la que actúan. En ese sentido existen experiencias y movilizaciones recientes que pueden ser integradas, como el movimiento educativo, el de la sanidad pública, el campesinado.
Pero además existe en este momento una emergencia climática que por sus propias características los engloba sin desdibujar sus reivindicaciones y percepciones. Un ejemplo es la lucha para impedir la ampliación del aeropuerto de Barcelona que las incluye por los siguientes motivos. Afecta a la salud pública porque el cambio climático y la contaminación aumentan los riesgos sanitarios y las muertes prematuras. Afecta al campesinado no solo a la horticultura de El Prat, sino por el impacto de las olas de calor en los incendios y en la alteración de los cultivos. Afecta a la educación, porque este calor anormal hace imposible el desarrollo normal de las clases, pero además, como informa la UNICEF, «el aumento de las temperaturas, las tormentas, las inundaciones y otros riesgos climáticos pueden dañar las infraestructuras y el material escolar, obstaculizar las rutas a las escuelas, provocar condiciones de aprendizaje inseguras y afectar a la concentración, la memoria y la salud mental y física de los alumnos y alumnas». Puede leerse aquí. 6 Pero incluso provoca un daño que es transversal a todos los grupos sociales subalternos ya que afecta a la vivienda, que es un derecho. Tal como afirma un estudio publicado por El Diario.es, «las ampliaciones de aeropuertos amenazan con mayores subidas del alquiler de vivienda en España». Germán Aranda Millán, «Las ampliaciones de aeropuertos amenazan con mayores subidas del alquiler de vivienda en España», puede leerse aquí. 7 La lucha contra la ampliación del aeropuerto de Barcelona, por todas las características enumeradas y especialmente por el último daño mencionado puede ser un buen ejemplo de un objetivo unitario para diferentes grupos sociales y organizaciones políticas que representen o aspiren a representar a las clases subalternas.
3) Aunque los objetivos a reivindicar por ese movimiento unitario respondan a las necesidades expresadas, no debe olvidarse que el objetivo final es el abrir un proceso de transición al socialismo. Como tenían muy claro los movimientos y organizaciones antifascistas durante la Resistencia y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, para evitar el retorno del fascismo era necesario acabar con el poder de las clases dominantes, especialmente con las grandes empresas capitalistas, que habían favorecido su llegada al poder. Se trata de impulsar un reformismo fuerte y radical, que sirve no solo para dar respuesta a esas reivindicaciones inmediatas, sino sirve para incorporar y empoderar nuevos sectores de las clases subalternas. Un reformismo que permita el acceso a la vivienda, a la sanidad y la educación pública a toda la población autóctona o extranjera, una renta básica incondicional basada en una reforma fiscal progresiva, una derogación de las leyes represivas como la ley «mordaza», en síntesis, todas aquellas medidas y reformas que neutralicen y anulen material y simbólicamente los discursos de odio con los que la extrema derecha persigue la división de las clases subalternas.
Como ejemplo y en ese sentido, Gramsci planteaba en los debates con sus compañeros de cárcel que las diferencias culturales, sociales y de praxis de los diferentes grupos subalternos hacían imposible una comprensión inmediata por todos del objetivo final de la lucha de clases: el derrocamiento del capitalismo y el inicio de la transición al socialismo. Ello debía ser el resultado de un proceso de cohesión de esos grupos subalternos que en el curso de su praxis fueran experimentado y reflexionando sobre esa totalidad de la que cada una de sus reivindicaciones específicas formaba parte, y ello implicaba la progresiva construcción de la hegemonía. Gramsci en esos debates ponía un ejemplo que era al mismo tiempo una propuesta y una consigna, que se sintetizaba en la promoción de una asamblea constituyente y en la sustitución de la monarquía por una república: «Hoy sería fácil hacerle comprender al campesino del Mezzogiorno o de cualquier otra región de Italia, la inutilidad social del rey. Pero no es tan fácil hacerle comprender que el trabajador puede remplazarlo, de la misma manera que no cree posible sustituir al patrón. El pequeñoburgués o el oficial subalterno del ejército, descontento porque no asciende, por las condiciones precarias de vida, etc., estará más dispuesto a creer que sus condiciones de vida puedan mejorar en un régimen republicano que en uno de tipo soviético. El primer paso a través del cual hay que conducir a estos estratos sociales, es aquel que los lleva a definirse sobre el problema constitucional e institucional. Todos los trabajadores, inclusive los campesinos más atrasados de la Basilicata o de Cerdeña, comprenden ya la inutilidad de la corona». Joan Tafalla (trad.), «Athos Lisa. Discusión política con Gramsci, en la cárcel», puede leerse aquí. 8
4) Por último, y no por ello menos importante. Ese movimiento unitario debe llevar a cabo una actividad incondicionalmente antiimperialista e internacionalista, tal como se ha expresado en la espontánea movilización popular en solidaridad con Palestina, que reúne en sí no solo al internacionalismo y el antiimperialismo sino también, y muy fundamental, el antirracismo. El racismo como hemos visto es una característica nuclear del neofascismo tal como lo fue el fascismo del período de entreguerras.
Notas:
- Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T 1 (Era, 1999), Cuaderno 1 <44> «Dirección política de clase antes y después de la llegada al gobierno», p. 119.
- «Lo que habéis visto estuvo a punto / de dominar el mundo / aún no hace tantos años. / Los pueblos terminaron por tener la razón, / pero nadie puede cantar victoria antes de tiempo. / ¡Todavía es fecundo / el vientre que parió la bestia inmunda!»
- Karl Marx, El capital, Libro primero, vol. III, Siglo XXI, 1977, p. 892.
- Charles Darwin, The voyage of the beagle, The Pennsylvania State University, 2001, p. 549.
- Erwin Baur, Eugen Fischer, y Fritz Lenz, Menschliche Erblichkeitslehre und Rassenhygiene. Menschliche Erblichkeitslehre von Erwin Bauer Eugen Fischer Fritz Lenz, vol. Band II, München, 1932, p, 88.
- Puede leerse aquí.
- Germán Aranda Millán, «Las ampliaciones de aeropuertos amenazan con mayores subidas del alquiler de vivienda en España», puede leerse aquí.
- Joan Tafalla (trad.), «Athos Lisa. Discusión política con Gramsci, en la cárcel», puede leerse aquí.

