Artículo liberado del número 3 de PARA LA VOZ: «Entre lo bello y lo justo: marxismo y arte en Lukács y Lifschitz».
La ciudad en que yo nací —Rostov del Don— no se distinguía en aquel entonces por su belleza ni por su limpieza, pero era una ciudad viva, plena de actividad, una ciudad rebelde, una ciudad trabajadora e ingeniosa.
Diversa era la gente que afluía a Rostov: rusos, ucranianos, armenios, georgianos, azerbaiyanos. Sus mercados estaban repletos de pescado del Don y de los mares Negro y Caspio, de fruta del Cáucaso y Transcaucasia. Recuerdo las ferias primaverales en la plaza, ante la iglesia de San Jorge, en el polvoriento cercado, hollado por millares de pies y cubierto de cascarillas de girasol; la endomingada multitud de las afueras, en que predominaban las mujeres, con sus chales azules y rosas; los estridentes sones de organillos y armónicas; los tiovivos, con sus oropeles hinchados por el viento; las barracas, con sus pintarrajeados payasos; los prestidigitadores chinos, magos de mi pobre infancia, que, sentados en sus esterillas, hacían sus milagros allí mismo, en la polvorienta tierra, ante los ojos de un público indagador que les rodeaba en apretado cerco, ansioso de descubrir los trucos del hechicero y admirado bonachonamente de no lograrlo…
Desde niña, me gusta la ciudad, sus líneas, sus luces y ruidos, el cálido aliento de su vida. Los intrascendentes sucesos de la calle tienen para mí hondo contenido, profundo lirismo, y me agrada leer en los libros las descripciones de las urbes y de las escenas callejeras; en particular, las de «masas», al aire libre, aunque yo no he aprendido a describir estas ni sé si llegaré a aprenderlo…
Nací en 1905. Mi padre, Fiódor Ivánovich Panov, trabajaba de auxiliar de contable en el banco que en Rostov tenía una sociedad de créditos mutuos. Con ello se ganaba el pan, pero sus aficiones eran otras. Construía canoas y yates, y en unión de unos amigos suyos, tan entusiastas como él del deporte acuático, fundó en Rostov dos clubs de regatas; primero, el que en mi infancia se llamaba «rostoviano», en la orilla derecha del Don. Pero en seguida, atraída por el inusitado esparcimiento, acudió en tropel a aquel lugar gente aburrida y rica. Empezaron a llegar con sus coches propios, con viandas, champagne y cupletistas. Y el modesto club que habían erigido con sus propias manos unos cuantos entusiastas convirtióse en centro de juergas y francachelas. Mi padre y sus amigos abandonaron aquel lugar y edificaron un nuevo club de regatas lejos de allí, en la orilla izquierda. Había que pasar por un puente de madera y seguir luego a pie, hundiéndose en arena hasta el tobillo, para llegar a una construcción de tablas, montada sobre unos pilotes: aquello era el nuevo club, llamado «najichevano» por estar situado en Najicheván del Don, hoy distrito Proletario…
De esta afición de mi padre tuve conocimiento por mi difunta madre, Viera Leonídovna. En cuanto al club «najichevano», lo recuerdo con todo detalle: la alta terraza sobre pilotes, bajo la cual se encontraban las canoas y los remos, y, sobre todo, el retumbar de los pasos en las tablas de la terraza aquella, encima del vacío, el olor de la brea en los días calurosos —hasta hoy día ese olor despieta en mí una remembranza lejana como un sueño— y arena, arena por doquier, en la que crecía un matorral, cuyo nombre ignoro, de la altura de un hombre, con largas varillas flexibles, alargadas hojas y unas modestas florecitas liláceas, semejantes a las de la patata. Todo aquello, pródigamente bañado de un sol dorado como la miel.
(En Novela sentimental he descrito esa arena bajo un sol de miel, esos compactos arbustos y todo ese lugar dorado y apacible. Y lo he hecho porque vive en mi memoria y me conmueve, aunque, al parecer, ¿qué tiene de particular eso en comparación con las bellezas de la naturaleza que he visto hasta el presente?…).
A los treinta años, mi padre se ahogó en el Don.
Yo no tenía aún seis años. Quedamos en la pobreza. Mi madre se puso a trabajar de oficinista. Una conocida, la anciana maestra Anna Fadéievna Prozogóvskaya —a mi modo de ver, la mejor preceptora que pudo caerme en suerte— sintió deseos de darme instrucción. A ella le debo todos mis conocimientos primarios, y, ante todo, la pasión por la lectura. Cuando tenía siete años, leí La fragata «Palada», obra que me inició en la Geografía. Leíamos además La tumba de Askold, y mi maestra, poniendo sobre el libro su mano pequeñita y rugosa, interrumpía la lectura para hablarme de la antigua Rus, de Oleg, de Olga, de Sviatoslav y Vladímir. Y al momento, tomando del estante otro libro, empezaba a recitar en voz alta, maravillosamente, La canción del profeta Oleg… ¡Qué arte se daba para desarrollar mi fantasía! Me incitaba a hacer centenares de preguntas que, sin su ayuda, nunca se le habrían ocurrido a una niña educada en un ambiente como el mío. Yo temía a sus censuras más que a nada en el mundo; creía tener miedo a su severidad, cuando lo que sentía era una respetuosa unción ante su espiritualidad elevada, que yo percibía por vez primera. Para desgracia mía, mi excelente preceptora solo alcanzó a darme un año de lecciones, y falleció de muerte repentina.
(Recuerdo mi susto, sorpresa y desvalimiento cuando un día, al acudir a clase, me comunicaron: «Anna Fadéievna ha muerto»…).
Mi padre nos había dejado un pequeño armario. Las tablas inferiores estaban ocupadas por distintos instrumentos de trabajo y planos enrollados. Sobre las dos tablas de arriba había libros —entre ellos, de Pushkin, Gógol y Turguéniev—, diverso alimento para mi espíritu y verdadera herencia paterna. A los ocho años, yo leía Cuentos ucranianos y Aguas primaverales; a los nueve, Almas muertas; a los once, me sabía de memoria capítulos enteros de Evgeni Oneguin. ¡Oh, qué mundos aparecían refulgentes ante mí! ¡Y cuán agradecida le estaba yo al destino de que nadie se interesase por mis lecturas! Pues de haber visto que yo leía libros impropios de mi edad, me los habrían quitado. Y como Anna Fadéievna no estaba ya entre los vivos, nadie habría salido en mi defensa…
Leía también libros de texto; no diré que con regularidad, pero de vez en cuando tomaba los manuales de Historia Natural y Geografía e intentaba leer la Física, pero esta era la más difícil, y no tenía a nadie que me la explicara; mucho me gustaba, y me sigue gustando hasta la fecha, leer manuales de Historia, aunque fuesen malos.
Carecíamos de recursos; me mandaron al Liceo y, antes de que terminase el segundo año, tuvieron que sacarme de él. Y aunque no he de afirmar que me apenase mucho la cosa —pues hasta me alegré de que me quedara más tiempo para la lectura—, de todos modos, me consumía un pensamiento: ¡Cómo! ¿Iba yo a quedar en la ignorancia, sin instrucción? Y procuraba completar mis conocimientos estudiando libros de texto.
A los ocho o nueve años, escribía ya versos y prosa, procurando imitar a tal o cual escritor. Aquello era muy gracioso. Los mayores, al leerlo, se reían. Su risa me dolía y me impulsaba a encerrarme en mi concha, aunque yo no tenía en absoluto razones con que defenderme, y yo misma me daba cuenta de mi bochornosa torpeza. Empecé a escribir en secreto y a esconder mis ensayos literarios en los más apartados rincones… Los versos los abandoné en mi temprana juventud, presintiendo que hay que escribirlos bien o no escribirlos.
Por aquel entonces yo sabía ya que sería escritora. No me imaginaba ninguna otra profesión para mí… En casa de mi madre, trabajadora, tuve que dedicarme desde muy niña a los quehaceres del hogar: la limpieza, la cocina y el lavado de la ropa. Recuerdo que teníamos dos grandes colchas de recios y ásperos hilos de algodón, cuajadas de bolitas de punto del tamaño de cerezas. Cada una de aquellas colchas, seca, era ya muy pesada, pero después de mojarla en la tina, no había quien pudiera con ella. Mientras lavaba como podía aquellas monstruosas prendas, pensaba en los títulos de los libros que escribiría alguna vez. Ninguno de ellos fue escrito. Cuando entré de lleno en la vida real, activa, esta me sorprendió con otras impresiones y me dio otros temas. Por cierto que yo no llegué a ser escritora tan pronto como me figuraba.
* * *
A los diez y siete años entré a trabajar en el periódico Trudovói Don. Y desde entonces, hasta el año 1946, fui periodista. En Novela sentimental describo la primera redacción en que estuve y mis pasos iniciales en este terreno.
Iba aprendiendo todo sobre la marcha. Fui ayudante del instructor de los corresponsales obreros del distrito, reportera, articulista, editora… Cuando hacía falta un artículo satírico, aprendía a escribirlo al lado de la imprenta; cuando se precisaba un cuento para el periódico, lo pergeñaba también. Entre los colaboradores de Trudovói Don, el as era Pogodin, más tarde dramaturgo y autor de El carillón del Kremlin y otras muchas obras teatrales. Exigía de nosotros, los noveles, profanos en todo, que domináramos la profesión a conciencia, sin chapucerías de ningún género; solía decir que quien no sabía escribir de prisa y bien no era periodista… Años después apareció en Rostov Alexandr Fadéiev, que era entonces muy joven. En los sótanos del club del Sindicato de Trabajadores de la Instrucción Pública, donde se reunían los jóvenes escritores y periodistas, leía capítulos de su novela La derrota, no terminada aún… Era aquel uno de esos medios propicios en que, poco a poco, día a día, el novel va enriqueciendo su espíritu y adquiriendo madurez.
El periodista ve muchas cosas, tiene que estar en todas partes. Recuerdo las empresas del comienzo de la NEP, La NEP (Nueva Política Económica), efectiva desde 1921 hasta 1928, permitió un mercado restringido y la propiedad privada en ciertos sectores, con el objetivo de reconstruir la economía soviética tras la guerra civil. 1 las casas de la infancia y clubs de aquella época, las escuelas para la liquidación del analfabetismo, donde jóvenes y viejos aprendían a leer y escribir… Aunque en Novela sentimental la acción no se desarrolla en Rostov, sino en otra ciudad, «sintética», la novela surgió, desde luego, de mis entrevistas e impresiones de entonces. La juventud de Stepán Bortashévich (novela Las estaciones del año) debió transcurrir también en Rostov.
Más tarde vi cómo se creaba el sovjós «Gigante» y se erigía la «Rostselmash» Los sovjoses fueron las granjas estatales insertas plenamente en el modelo de planificación económica, y se consideraban una forma superior a los koljoses, las granjas colectivas. La «Rostselmash» era la Fábrica de Maquinaria Agrícola de Rostov. 2 una de las primeras obras del Plan Quinquenal. Presencié los acontecimientos que se describen en Campos roturados. Novela del conocido escritor soviético Mijaíl Shólojov, ambientada en la época de las colectivizaciones del campo a principios de los años treinta. 3 Asistí a la vista de la causa instruida por atentado contra la corresponsal rural de prensa Akulina Briliova —a la sesión del Tribunal móvil en el modesto club del distrito—, y percibí allí el hervir de las pasiones desatadas en vísperas de la colectivización total… Habían herido a Briliova de un trabucazo; a rastras, logró llegar hasta su casa, dejando tras de sí un reguero de sangre, pero tenía una naturaleza de hierro, era una mujer del Kubán, y escapó con vida. Asistió a la vista de la causa en unión de su marido y sus hijos… Acerca de ella escribí un folleto. Mi María Petrichenko, de Novela sentimental, no se parece a ella, pero si no hubiera existido Akulina Briliova y no me hubiese enviado la redacción a la vista de la causa, no habría aparecido María Petrichenko.
Mientras yo trabajaba en el periódico, iban pasando los años. Y a medida que acumulaba observaciones e ideas, más fuerte se hacía el deseo de dedicarme seriamente a la literatura.
En 1933 empecé a escribir obras teatrales. Escribí bastantes. Unas fueron laureadas; otras, representadas, y casi todas ellas, con el transcurso del tiempo, publicadas. Pero la forma escénica era para mí estrecho marco, y yo no sabía —y sigo sin saber— encajar en él todo lo que quería decir; por ello, pensé que me sería más cómodo relatar en la novela, donde tendría mayor espacio.
El año 1944 viví en los Urales, en Perm. Trabajaba en un periódico de la región y en otro de los ferroviarios, así como en la emisora de radio. En esa ciudad escribí una novela corta, de la vida real, acerca de una familia obrera. La obrita nació de una tarea que me había encomendado un periódico: las casas de niños estaban abarrotadas de huérfanos de guerra; era preciso que las familias soviéticas recogieran al menos una parte de ellos; yo fui a ver cómo marchaba la campaña aquella, y encontré personas y casos de los que sentía grandes deseos de escribir. Posteriormente, pulí aquella tímida novela de la vida real, narración de principiante, y le di el título de Evdokia, nombre de la protagonista. Más tarde, Tatiana Lioznova, director cinematográfico, la llevó a la pantalla.
Allí mismo, en Perm, di comienzo a la novela Kruzhílija.
Por encargo de la redacción, yo visitaba la barriada obrera, la fábrica, y poco a poco mi novela se iba asentando allí y sus protagonistas se domiciliaban en aquellas casas, adquiriendo corporeidad, vida, voz… Y aunque por aquel entonces yo había escrito ya bastante, fue allí donde por vez primera supe lo dura y dulce que es la labor del escritor. Volvía a escribir cada frase decenas de veces, procurando que la imagen fuese exacta. Buscando mayor expresión, alteraba las construcciones gramaticales, la composición, variaba los comienzos y finales. Inmenso es el placer que se experimenta en estos minuciosos cuidados e interminables afanes, que jamás satisfacen por entero… Ya tenía escrita la mitad de la novela, cuando la Sección de la Unión de Escritores en Perm me envió al tren de sanidad militar n° 312.
En las apartadas vías de maniobras, junto a una larga valla, estaba formado el bello tren, con sus vagones recién pintados de color verde oscuro y unas cruces rojas sobre fondo blanco; tenían sus ventanillas estores bordados a mano y de deslumbrante albura. Cuando, con mi diminuta maletita, entré en el vagón del estado mayor, yo no sabía el papel que había de desempeñar en mi destino aquel tren, mejor dicho, la gente que yo iba a ver allí… Aquellas personas llevaban ya viviendo sobre ruedas tres años y medio: desde los primeros días de la guerra, se habían reunido en aquel tren y venían realizando con honor, a la perfección, su noble labor. El tren aquel era uno de los mejores de la Unión Soviética; por ello, el Mando consideró que el personal del mismo debía escribir un folleto acerca de su trabajo, a fin de transmitir su experiencia a los demás trenes de sanidad militar. A mí me mandaban allí para ayudarles como periodista profesional. Yo pondría la pluma, que iría registrando los relatos del personal y ordenándolos en debida forma.
Organizamos la cosa de la siguiente manera. Cada mañana, a las ocho y media en punto, en el compartimento del vagón-farmacia donde me había instalado (había allí una mesita escritorio tan blanca como todo lo del compartimento, cuidadosamente desinfectado con fenol; nunca volví a vivir en un ambiente tan esterilizado como aquel, pues en dicho vagón se hacían las curas) empezaban a entrar el personal del tren: enfermeras, sanitarias, obreros. Iban entrando de uno en uno, se sentaban y me referían con detalle y sin prisas cuanto les había ocurrido durante los años de guerra pasados en aquel hospital rodante, sucesos de su vida anteriores a la conflagración mundial, sus afanes y esperanzas. Como ya se habían contado todo unos a otros, se alegraban de tener una nueva y atenta oyente.
Me mostraban las fotografías de sus familiares y las de los heridos, con conmovedoras dedicatorias. Lloraban a sus seres queridos muertos en el frente. Algunos me cantaban sus canciones preferidas… Huelga decir que aquello tenía lugar cuando íbamos de vacío, porque cuando el tren llevaba heridos no había tiempo para conversaciones; en cambio, yo veía entonces con mis propios ojos el abnegado trabajo de aquella pequeña colectividad… Escribía lo que veía y escuchaba, captando en los relatos los caracteres humanos y procurando conservar sus peculiares entonaciones vivas.
Aquella comisión de servicio (hice cuatro viajes: dos con el tren vacío, cuando íbamos por heridos a Dvinsk y a Chervomni Bor y dos cuando volvía cargado de ellos, hacia la retaguardia), aquella estancia en la maravillosa colectividad del TSM-312 fue para mí transcendental, pues allí comprendí, definitivamente, que sería escritora, que no podría dejar de serlo, de contar la hazaña viva realizada por aquellas personas. Referiría todo tal y como lo viese y entendiera. Aquello sería mi aporte, en la medida de mis fuerzas, a la literatura y a la vida.
Recientes las impresiones recibidas, me puse a escribir la narración Compañeros de viaje, abandonando de momento Kruzhílija. Ningún otro trabajo lo hice con tanta rapidez y facilidad. Compañeros de viaje fue escrito en ocho meses y publicado en 1946.
En 1947 quedó terminada y apareció Kruzhílija; en 1949, la narración Ribera Clara; en 1953, la novela Las estaciones del año; en 1955, el ciclo de relatos acerca del pequeño Seriozha; en 1958, la Novela sentimental y en 1959, los cuentos Valia y Volodia. Además, en los últimos años, he escrito varios guiones cinematográficos, basados en los argumentos de mis obras en prosa, así como diversos cuentos y piezas teatrales.
* * *
Con frecuencia, los lectores me preguntan:
—¿Por qué ha escrito usted acerca de un tren de sanidad militar y no de un hospital de guerra? ¿Por qué no escribe algo sobre los maestros, los estudiantes, los tejedores, las fábricas de papel o metalúrgicas?
Yo creo que un libro se escribe cuando el tema y los datos reunidos, bien saturados ya de pensamientos, exigen su expresión en palabras. Así me ocurrió con Compañeros de viaje, Kruzhílija y Las estaciones del año.
Luego, ante mí se revelaba, en sus distintos aspectos, el alma de un niño; tras el descubrimiento, vino la meditación; los pensamientos tomaron forma en imágenes, y
apareció Seriozha.
Las impresiones de la juventud, desentrañadas a través de los años, me agobiaban como una carga, y me liberé de ella escribiendo la Novela sentimental.
Largamente estuvieron madurando los cuentos Valia y Volodia, que yo tenía ya concebidos desde los tiempos de la guerra. Al principio, proyectaba una novela: en lugar de ella, escribí dos cuentos pequeños, dejando solamente la esencia, el extracto.
A mí me parece que chicos y chicas como Volodia y Valia podían ser tejedores, obreros de una fábrica de papel o metalúrgicos. Creo que mujeres del carácter de Yulia Dmítrievna hay entre las maestras, en las instituciones científicas, en el aparato del Partido y de los Soviets, en todas partes, y que no se trata de ver a qué sindicato ha de pertenecer el protagonista, sino de comprobar si está acertadamente mostrado su fondo humano.
He elegido para la presente edición lo que me parecía más logrado en dicho sentido. Aunque el acierto en nuestro trabajo es cosa relativa, pues el escritor sueña siempre con más de lo que puede realizar. En estos casos, cada obra es un intento, una exploración, empezar a erigir en un descampado. Y en nuestra labor son obligados los ensayos y el aprendizaje incesante.
Notas:
- La NEP (Nueva Política Económica), efectiva desde 1921 hasta 1928, permitió un mercado restringido y la propiedad privada en ciertos sectores, con el objetivo de reconstruir la economía soviética tras la guerra civil.
- Los sovjoses fueron las granjas estatales insertas plenamente en el modelo de planificación económica, y se consideraban una forma superior a los koljoses, las granjas colectivas. La «Rostselmash» era la Fábrica de Maquinaria Agrícola de Rostov.
- Novela del conocido escritor soviético Mijaíl Shólojov, ambientada en la época de las colectivizaciones del campo a principios de los años treinta.
