Artículo liberado del número 4 de PARA LA VOZ: «Guerra y capital»
El sentido de la historia radica en la vida de los pueblos, la vida de las masas; su trabajo callado, sus amores profundos, el apego a la tierra en la que se nace, la angustia y los sufrimientos diarios, la eterna lucha entre los que nada tienen y los que todo lo poseen. El Don Apacible de Shólojov es una epopeya épica que narra la vida de un pueblo, el agrietamiento y transformación del mundo cosaco durante los terribles años de la I Guerra Mundial hasta aquellos días que estremecieron el mundo con la Gran Revolución Socialista de Octubre y la Guerra Civil rusa. Lo que vemos en estos años es la destrucción del viejo mundo: la caída del trono imperial zarista, el levantamiento de las masas desposeídas de obreros y campesinos, la negra reacción de aquellos que dominaron y se niegan a ceder su poder. Shólojov plasma cómo estos años atraviesan de manera fulminante la pacífica vida del pueblo cosaco, cómo afloran todas las contradicciones que callaban ante el peso de la tradición, cómo aquellos que antes eran hermanos se enfrentan a muerte, cosacos pobres contra cosacos ricos, rojos contra blancos, lo nuevo contra lo viejo.
Como gran realista, Shólojov no plasma en su obra la vida del pueblo cosaco de manera abstracta, sino que su devenir se encuentra encarnado en multitud de singularidades que nos acompañan en cada página de la novela; un sinfín de personajes que dotan de colorido y vida el mundo de la estepa narrado por Shólojov. Grigori Mélejov, el gran protagonista de El Don Apacible, aúna en su seno todas las contradicciones que sacuden al pueblo cosaco. Es un tipo en toda su dimensión estética: a través de su vida singular, personal, nos adentramos en la gran tragedia universal de la guerra y de la revolución. Desde las primeras páginas de El Don Apacible vemos cómo Grigori se encuentra desgarrado por las contradicciones que sacuden al pueblo cosaco, cómo en su corazón se realiza también la lucha a muerte entre lo nuevo y lo viejo. Desplazado a servir durante la I Guerra Mundial, Grigori conoce en ella todos los horrores de la guerra imperialista; adquiere el grado de oficial por su valentía pero intuye, mientras ve caer a sus hermanos cosacos en cada nueva batalla y a su pueblo empobrecerse día tras día, que la guerra que se libra es una guerra que solamente beneficia a aquellos que se encuentran en el poder. En los albores de la revolución se pasa al bando rojo, pero allí Grigori tampoco encuentra su lugar al ver cómo la revolución no trae consigo simplemente la paz, sino un nuevo tipo de guerra que remueve los cimientos de la comunidad cosaca: la lucha de clases entre las masas desposeídas y los propietarios, la lucha a muerte entre los obreros y campesinos pobres contra la burguesía explotadora. Grigori, hijo de un pequeño propietario, teme la destrucción total de la vida afable que conoció en su niñez y, asqueado por la violencia revolucionaria, se convierte en uno de los líderes de la insurrección contrarrevolucionaria en el Don pese a odiar con todas sus fuerzas la mezquindad de la burguesía zarista.
Estas contradicciones también se desenvuelven dentro de su vida pasional: su romance prohibido con Axinia Astájova, mujer de su vecino Stepan Astájov, contradice todas las normas sociales del mundo cosaco, salpica de vergüenza a la familia Mélejov y pone en riesgo sus propias vidas, pero es tanto para Axinia como para Grigori un auténtico horizonte de libertad, una libertad que se acoge con miedo y temor, una libertad terrible pero bella donde encontrar el sentido de una vida auténtica. Frente a este amor entre Grigori y Axinia nos encontramos con el matrimonio forzado con Natalia, el cual encarna la vida fijada bajo las tradiciones cosacas: familia, trabajo en la hacienda común, creación de patrimonio para las nuevas generaciones. Grigori oscila sin decidirse plenamente entre la fuerza liberadora del amor verdadero y la tranquilidad de la vida común cosaca; entre la vorágine revolucionaria del poder rojo y la tradición inmutable de la Rusia blanca. Y es en esta búsqueda donde Grigori deviene de héroe épico en trágico, agotándose su vida en un vaivén de fuerzas superiores que no puede comprender ni dominar. Es la Historia de la que hablaban Marx y Engels o la astucia de la razón hegeliana: no lo saben pero lo hacen, y es en el caos de singularidades que forman las vidas de los hombres donde se impone en último término el sentido de la historia. Precisamente esa revolución que Grigori nunca llegó a comprender fue la que por vez primera llamó a los hombres a tomar plena conciencia de sus acciones, de sus destinos, de su historia.
En la prosa de Shólojov no existe un ápice de propaganda, pues su vigor radica precisamente en reflejar los amores, miedos, pasiones y terrores de cada uno de los cosacos que aparecen a lo largo de El Don Apacible. Shólojov, convencido comunista militante, no rebaja en ningún momento la brutalidad de la represión roja en el Don, una brutalidad que da lugar al levantamiento cosaco contra el poder soviético. No caricaturiza en ningún momento el poder blanco, pues hasta el burgués más vil es reflejado tan humanamente que se no se puede dejar de sentir compasión por él, pues vemos no solo la categoría económica que representa, sino a un hombre que ama, ríe, sufre y vive como nosotros. Los revolucionarios rojos aparecen con todo su heroísmo, son obreros fieles a la causa bolchevique, comunistas férreos que quieren construir un mundo nuevo libre de toda explotación, pero el bello ideal deviene en terror cuando este se terrenaliza y el revolucionario tiene que volverse implacable, dejar de ser hombre para posibilitar un futuro donde los demás sí lo puedan ser. También la Gran Guerra es mostrada en todo su profundo horror como una vorágine absurda de sangre, vísceras y muerte donde el ser humano es convertido en un autómata brutal incapaz de reconocer en el otro al prójimo. Frente a la exaltación militarista propia de la literatura fascista —la guerra como higiene del mundo que clamaba Marinetti— Shólojov realiza una honda crítica de la guerra imperialista y de sus miserias, pues su única gloria fue el aniquilar espiritualmente a generaciones de hombres que quedaron vaciados de toda humanidad.
La grandeza de la vida radica en que en su interior habita la alegre risa y el dolor callado, que no existe totalidad de la vida sin lo bello que se conquista a través del sufrimiento. La prosa de Shólojov recoge esta visión de la vida, y en la sencillez de su palabra —palabra nunca simple, nunca seca— la vida cotidiana se nos abre luminosa, plena de hermosura en cada uno de sus detalles, pero también consciente de que tras la dulzura siempre nos encontramos con un amargor profundo que no debe ser ocultado, negado. El Don baña dulcemente las tierras cosacas, cría a hombres fieros e impetuosas mujeres que generación tras generación cultivan con un amor recio las estepas de Rusia. La vida buena de un pueblo atado a las libertades que permite la tradición, una tradición que esconde también la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos. Cuando lo nuevo amanece surge la esperanza de los muchos, pero esta solamente puede forjarse a través de la lucha implacable, de un nuevo pacto de sacrificio que permita arrancar las raíces podridas de la explotación. Es en esta lucha de lo nuevo contra lo viejo donde cientos de singularidades son sacrificadas en el gran salto que dota a lo humano de un nuevo sentido más pleno. Esto es lo que busca plasmar Shólojov con su palabra, y es por este sentido de la vida por el cual Konstantín Fedin califica a El Don Apacible de tragedia optimista, porque al igual que señalase Hegel en su Fenomenología, el Espíritu solo puede encontrar su verdad cuando se encuentra a sí en el desgarramiento. Así fue la vida de Grigori Mélejov. Así es la verdad de la vida que refleja El Don Apacible.
