Artículo liberado del número 6 de PARA LA VOZ: «Crítica marxista al problema de la vivienda». Puede adquirirse el número en físico aquí.
Decía Mark Fisher, en una frase que ni siquiera es suya del todo y está manida hasta la saciedad, que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Algo que debía creer de manera firme, porque se suicidó en 2017, tras años sufriendo depresión, bajo el recordatorio de que «la pandemia de angustia mental que aflige nuestros tiempos no puede ser correctamente entendida, o curada, si es vista como un problema personal padecido por individuos dañados». Un colofón a una vida de análisis e, irónicamente, lucha intelectual contra la desesperanza que asola a la izquierda.
Fisher hablaba de la «impotencia reflexiva», un mal que asolaba a los estudiantes del Reino Unido —extrapolable al resto de estratos sociales—, conscientes de que las cosas andaban mal, pero aún más conscientes de que no podían hacer nada para cambiar la realidad; hablaba de la «interpasividad» de esos productos culturales y sociales que tratan de hacer una crítica al sistema mientras nos permiten seguir jugando dentro del sistema; habla de la racionalidad política de Brown y de cómo neoliberalismo y neoconservadurismo pudieran actuar juntos al producir un ciudadano que busca respuestas en las mercancías y no en los procesos políticos. Una sociedad «espiritualmente a la intemperie», que diría Enzo Traverso en su Melancolía de Izquierda, con la necesidad de una utopía en la que el muro es un sistema que no se puede tocar.
Y es en la vivienda, precisamente, donde este diagnóstico de impotencia y desorientación se vuelve más salvaje, esa «impotencia reflexiva» de la que hablaba Fisher, que queda sintetizada en la relación contemporánea de la sociedad con el techo que la cobija. El mercado financiero se presenta ya como la trampa especulativa que es, como un artefacto financiero creado para extraer hasta el último sobrante de la fuerza de trabajo colectiva; y, sin embargo, desde los medios de comunicación tradicionales —y aquellos que no los son tanto— se sigue consolidando el discurso de que la población asume su ferocidad con la sumisión de quien ve llover. Las subidas de los alquileres, las cláusulas abusivas, la expulsión paulatina de los barrios o un gobierno que no tiene amo, pero baila al son de los grandes fondos de inversión, se presentan muchas veces como inclemencias del tiempo económico ante las que solo cabe retirarse hacia periferias cada vez más remotas y apretar los dientes.
I. La vivienda como instrumento de desposesión
Son las estadísticas las que ponen de manifiesto el contexto social que toca vivir. Según el INE, con datos de 2025, el 44,3 % de los jóvenes de entre 26 y 34 años se ven obligados a seguir viviendo en el hogar de sus padres. Y, frente aquellos discursos que pretenden infantilizar a las nuevas generaciones o, incluso, llegan a romantizar la situación de no elección, la realidad se erige de nuevo: casi la mitad de estos jóvenes (un 47,3 %) señala como causa principal la imposibilidad de alquilar o comprar una casa propia.
Esta situación no solo afecta a quienes intentan independizarse por primera vez, sino que corroe la cotidianeidad de toda la población. Según el mismo informe, un 7,6 % de la población buscó una vivienda alternativa sin llegar a cambiarse de residencia: una búsqueda donde, siete de cada diez personas, acabaron estrellándose contra sus ingresos y los precios disparados del mercado, sumado a las exigencias de los propios arrendadores. Una realidad donde el inquilino invierte tiempo, energía y salud mental en un proceso sin salida.
El mapa que configura este malestar general no es ni mucho menos uniforme, pero sí que se construye a partir de ciertas zonas tensionadas. Tanto Baleares (10,6 %) como la Comunidad de Madrid (10,2 %) encabezan las tasas de esa población incapaz de encontrar alternativa habitacional. Un escenario específico, en el que la ciudad expulsa a sus propios vecinos y el coste de la vida devora cualquier expectativa de futuro, donde la angustia deja de ser una abstracción teórica para transformarse en la materia prima con la que se organiza la resistencia en los barrios.
El modelo neoliberal trata de escenificar una realidad donde el trauma del desahucio o la imposibilidad de acceso a una vivienda digna son circunstancias personales, destinadas a experimentarlas en una estricta y vergonzosa soledad. El sistema intenta convertir un problema político en un diagnóstico psicológico, un «el pobre es pobre porque quiere» renovado, empujando a la clase obrera a vivir dicha angustia a puerta cerrada, paralizada por esa ansiedad a la que se refería Fisher.
Relatar este aislamiento, sin embargo, como una victoria del mercado sería ceder al derrotismo e ignorar la historia de los barrios. Desde hace años, tanto sindicatos como diferentes movimientos sociales han funcionado como el dique de contención contra esa corriente que trata de asfixiar a las clases populares, mucho antes de que la sangría llevada a cabo por fondos de inversión y bancos acaparara portadas. Plataformas de afectados por la hipoteca, sindicatos de inquilinos y vivienda, redes de apoyo mutuo construidas para demostrar en las calles que la vergüenza se desvanece en el momento que es compartida. Puerta a puerta, desahucio a desahucio, han sido estos movimientos los que han mantenido abierta la grieta en la dogmática frase de Thatcher de «no hay alternativa».
La desesperanza, por tanto, ya no es un destino biológico ni mucho menos una condena histórica, se construye como una barrera ideológica. Una que el movimiento por la vivienda lleva años resquebrajando al hacer colectiva una angustia presentada como privada. La salida no vendrá en recetas institucionales desde un gobierno vendido al capital, ni de la espera a un futuro revolucionario abstracto, sino de la lucha cotidiana que se despliega día a día en las calles. Vendrá del entendimiento compartido, de poner el cuerpo frente a la violencia policial, de transformar la culpa y la impotencia en conflicto, de luchar codo con codo junto a Maricarmen, junto a Hubrimar. Es posible, debe serlo, imaginar el fin de la especulación. Existe un tejido militante sólido que sigue construyendo una profunda trinchera de esperanza.
II. La organización sindical frente al terror rentista
El mayor triunfo del neoliberalismo es su propia maquinaria de individualización que confina el malestar al ámbito privado. Una soledad asfixiante que se vuelve un ancla: demasiado solos y cansados para enfrentar nada. La primera gran barrera contra la que chocan los movimientos sociales es, por tanto, conseguir convertir esa culpa privada en un conflicto colectivo. Pasar del «no puedo pagar» al «nos están echando». Politizar así el dolor es el primer paso para reconquistar lo que el geógrafo y teórico David Harvey definía como «derecho a la ciudad»: la capacidad colectiva de transformar nuestro entorno.
Y la lucha por la vivienda se articula desde diferentes puntos. Por ejemplo, desde la resistencia histórica de la PAH, en lucha continua contra uno de los mayores rentistas del país, La Caixa y Building Center, Living Center o Inmocaixa, sus diferentes filiales, que posee cerca de 25.000 viviendas, el 18 % con partición estatal. O desde la ofensiva contra la nueva burbuja de los precios y los llamados «desahucios invisibles» —las expulsiones silenciosas mediante subidas asfixiantes y no renovaciones— que articula el Sindicato de Inquilinas, en un busca de una ley de vivienda digna. O, también, la apuesta por la autonomía de clase y el poder popular de los Sindicatos de Barrio y de Vivienda, que entienden la lucha contra el rentismo como un medio para organizarse y superar el propio sistema capitalista.
Y lo que empezó como una lucha desesperada contra la expulsión de los barrios termina construyendo algo mucho más profundo, un tejido comunitario sólido para hacer frente a los abusos del capital. Frente al modelo de consumo individualizado de las ciudades neoliberales, los sindicatos actúan para crear una vida basada en el apoyo mutuo. El «reencantar el mundo» que proponía Federicci en el libro bajo el mismo título, recuperando así los vínculos y bienes comunes: «Este es el horizonte que nos propone el actual discurso y política de los comunes: no la promesa de un retorno imposible al pasado, sino la posibilidad de recuperar el poder de decidir colectivamente nuestro destino en esta tierra».
III. Carabanchel como trinchera militante
Basta con acercarse a una asamblea del Sindicato de Vivienda de Carabanchel para saber que aún queda esperanza. Los motivos por los que las personas llegan allí por primera vez son diversos, desde procesos de desahucios abiertos o subidas abusivas, hasta cláusulas ilegales o la negativa del propietario a acondicionar debidamente las viviendas. Y lo que ocurre, lejos de la propaganda aislacionista, es una primera toma de contacto con una realidad mucho más extendida de lo que debería. Como explican desde el propio sindicato: «lo primero que descubre la gente al llegar es que hay otras personas que no solo comparten problemas muy similares a los suyos, sino que también se organizan colectivamente para denunciarlos y hacerles frente». Según su experiencia, la gente empieza a comprender así que su bienestar poco tiene que ver con el de sus caseros o con el de quien hace negocio con sus casas. «Al acudir a un desahucio», recalcan, «constatan hasta qué punto el Estado capitalista está lejos de defender sus intereses».
Si una persona no puede pagar el alquiler, el colectivo valida ese malestar: «Es completamente normal sentir desesperación cada vez que uno hace cuentas y ve que cada vez es más difícil sostener el día a día. Es normal sentir rabia cuando nuestro casero pone la mano cada mes para llevarse gran parte de lo que el jefe nos deja de salario». Apuntan que, asamblea a asamblea, esa rabia que te quemaba por dentro «deja de pesar tanto cuando se va convirtiendo en algo de lo que extraes fuerzas y ganas de aprender a pelear y a organizarse».
La realidad exige aprender rápido, en parte debido al recrudecimiento de las tácticas inmobiliarias. Durante el último curso político «muchas compañeras han tenido que recibir visitas inesperadas a altas horas de la madrugada, siendo agredidas física y verbalmente, viendo cómo reventaban y rompían cerraduras y puertas». Desde Carabanchel han tenido que hacer frente al hostigamiento continuo de bandas organizadas de desocupación y a grupos de matones amparados por los rentistas, táctica que cada vez utilizan más a menudo.
La mejor lección que se extrae de formar parte del sindicato es tomar conciencia «de la fuerza que podemos llegar a tener, de que la clase trabajadora de un barrio si se consigue organizar, es capaz de doblarle la mano al mayor casero del mundo, de sonrojar a las administraciones». Como Ana María, una vecina a la que la Comunidad de Madrid se empeñó en echar de su casa de titularidad pública y que, tras dos desahucios paralizados, puede seguir viviendo allí con su familia.
Este caso, según cuentan, evidencia «que la herramienta más útil para que no nos expulsen de nuestras casas sigue siendo organizarse como clase en sindicatos de vivienda». También para denunciar la crudeza de lo que ocurre en la zona del Alto de San Isidro, donde están tratando de desahuciar a cientos de familias de viviendas públicas, criminalizadas por ser gitanas, para dejarlas vacías, revalorizar el barrio y acabar vendiéndolo a los inversores.
Para ellos, cambiar el rumbo también se mide en las conquistas silenciosas que siguen sin acaparar titulares. Como que una vecina, desesperada por su propia situación, acabara siendo una parte activa del resto de asambleas. O cuando grupos de gente joven se acercan, rompiendo el mito de la juventud reaccionaria, para «luchar contra un sistema que les condena a la miseria». Es ahí, comprobando la «resistencia de quien sabe que una sola nunca va a conseguir escapar de la miseria», donde ese muro que parecía intocable, empieza a resquebrajarse.
IV. Reapropiarse del futuro
Traer de vuelta la «melancolía de izquierda» es un ejercicio de superación mismo, se trata de dejar atrás la utopía como un horizonte perdido y duelo permanente por las derrotas del pasado. Aunque Fisher teorizaba sobre el realismo capitalista, el mismo sobre el que acabó sucumbiendo, es la praxis diaria de organizaciones como el Sindicato de Vivienda de Carabanchel y el tejido que han conseguido crear lo que demuestra que la utopía no es solo un deseo abstracto ni un complicado artículo elaborado desde la academia. Es, por el contrario, una práctica cotidiana. En los madrugones, en la resistencia frente al furgón policial y en las asambleas donde se vuelven a construir los lazos vecinales machacados por la especulación.
En este contexto, la lucha por la vivienda digna adquiere una dimensión nueva. Exigir el fin de la especulación, la derrota de los fondos buitres y la regulación real de los alquileres no se construye como una súplica hacia las instituciones, ni como un favor a la administración de turno, sino como un grito común. Como bien advierten las propias militantes de Carabanchel, esperar a que el problema se resuelva por arte de magia y buena voluntad solo genera frustración de desgaste. Pero sostener consignas como la de una vivienda universal, gratuita y de calidad implica de por sí entender que el acceso a un techo es incompatible con la lógica de mercado. Los derechos no se mendigan, se conquistan a través del poder popular, desde abajo. Y aquí, la esperanza no nace de la ingenuidad, nace de transformar la rabia y la angustia en conciencia de clase.
Se ha repetido hasta la saciedad que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, un eslogan diseñado para la inmovilización, una frase que convierte el apocalipsis en algo mucho más creíble y cercano que la justicia social. Pero basta con acudir a una asamblea, escuchar a los vecinos y ver a un barrio entero defendiendo un solo hogar, para saber que el fin del capitalismo ya se está disputando hoy.
