Artículo liberado del número 4 de PARA LA VOZ: «Guerra y capital». Puede adquirirse el número en físico escribiendo a contacto@paralavoz.com
Ediciones Tinta Roja hemos reeditado en 2025 Contra la guerra imperialista, una recopilación de textos escritos por V. I. Lenin entre 1907 y 1922, publicada originalmente por la editorial soviética Progreso en el año 1967, y reeditada en 1979. Conviene señalar, arrojando luz sobre la intrahistoria editorial, que se pusieron en común otras opciones como La bancarrota de la II Internacional, también de Lenin, o una selección de escritos de Karl Liebknecht –el cual está presente en un llamamiento previo a la portadilla de la edición final–. Con esto queremos decir que en Tinta Roja teníamos claro que la guerra imperialista y el auge belicista debían ser temas abordados por la editorial. Se optó finalmente por recuperar Contra la guerra imperialista por la riqueza, amplitud y conveniencia de sus escritos, contando que entre los cuales se encuentra precisamente un fragmento de La Bancarrota de la II Internacional.
Cierra Christopher Clark su fantástico libro Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 con unas líneas donde se describe a los estadistas y dirigentes políticos de 1914 como «sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo». Christopher Clark (2015), Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg, p. 645. 1 Con nuestra publicación se busca apelar a los sectores más avanzados de la clase obrera, precisamente para que estos no actúen como sonámbulos, para dotarles de las herramientas teóricas e históricas que permitan comprender y afrontar de manera consciente los retos políticos que se nos presentan en estos tiempos de creciente belicismo y auge reaccionario. Con ese fin, se incorporó al libro un estudio de más de una treintena de páginas esbozando una teoría del imperialismo contemporáneo, tomando como piedra de toque la propia obra de Lenin.
I. El imperialismo contemporáneo
Nuestro estudio presenta, en primer lugar, las líneas maestras de la teoría leninista del imperialismo, tan tergiversada y deshonestamente criticada. Partiendo de la definición canónica brindada por Lenin, El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes (Lenin, V. I., «El imperialismo, fase superior del capitalismo», en Obras Completas, vol. XXVII, Progreso, p. 406.) 2 se van desarrollando las determinaciones políticas del imperialismo, la primera de las cuales es la conformación de los monopolios. El monopolio, tal como es planteado por Lenin, implica la generalización de las empresas combinadas que van incorporando a su actividad todo tipo de ramas y sectores productivos, desbordando a su vez los marcos nacionales y desplegando sus contradicciones a escala global. El monopolio, resultado de la centralización de capitales, penetra en cada vez más ámbitos de la vida social y, al estar vinculado con procesos de estancamiento y crisis, estrangula los márgenes y posibilidades «progresistas» del capitalismo. Conviene señalar que la categoría de monopolio, tal como va siendo desarrollada por Lenin, tiene plena continuidad con los trabajos previos de Marx y Engels y no elimina en ningún momento la competencia como mecanismo constitutivo del modo de producción capitalista, pues afirma que «bajo el capitalismo el monopolio no puede nunca eliminar del mercado mundial de un modo completo y por un periodo muy prolongado la competencia». Ibid., p. 449. 3
En segundo lugar, y utilizando como marco la metáfora de una pirámide, el sistema imperialista mundial se nos presenta como una totalidad que incorpora a todos los países del globo. Por supuesto, esto no quiere decir que todos los países sean «imperialistas», pero sí que están sujetos a las dinámicas del imperialismo. Las clases de todos los países están sujetas a unas mismas determinaciones inherentes al modo de producción capitalista, sin que esto niegue las particularidades y las condiciones específicas de cada sociedad política. Debemos tener siempre presente que, aunque hablemos de países por convención, nos estamos refiriendo siempre a clases sociales. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación a escala global. Los países no explotan; explotan unas clases sociales a otras en un marco estatal o institucional supraestatal concreto. Claro está que la pirámide implica una base amplia de países de los que fluye plusvalor, hacia una cúspide copada por unas pocas potencias económicas y militares que, desde hace más de un siglo, vienen siendo prácticamente las mismas. Es decir, si bien en ocasiones se ha impugnado la teoría de la pirámide por «igualar» a todos los países, lo cierto es que esta reconoce diferencias cualitativas entre los diferentes eslabones de la estructura: países que aportan materias primas al mercado mundial o amplia base agraria, países que aportan masas obreras baratas dedicadas al montaje, países que ofrecen ventajas de «fiscalidad creativa», o comercio e inmenso sector terciario, países con industrias intensivas en capital, etc.
De esta forma se constituye una interdependencia desigual entre los diferentes países del mundo. Interdependencia, dado que las cadenas de valor internacional desplegadas por los monopolios, a la par que centralizan y concentran intereses de capitalistas diversos, descentralizan la administración, diversifican los procesos productivos, las rutas de escala y las estructuras de gestión. Un teléfono móvil montado en China y enviado por barco a Estados Unidos incorpora componentes importados de Corea, Japón o Taiwán, siendo estos fabricados con materias primas extraídas de decenas de países diferentes por compañías mineras, a su vez, de otros tantos países. Es muy ilustrativo el primer capítulo del libro Las guerras comerciales son guerras de clases, de Michael Pettis y Matthew C. Klein, editado por Capitán Swing, 2022. 4 Desigual, porque se va constituyendo una jerarquía entre los países. La transferencia de valor de la periferia a las economías más desarrolladas a través del intercambio desigual en el comercio se debe, principalmente, a diferencias de productividad y superioridad tecnológica. Estas diferencias se sostienen a través de todo tipo de mecanismos «extraeconómicos», como las intervenciones militares, las sanciones, los golpes de mano judiciales, etc., y de ahí la confusión –o tergiversación– de rebajar el imperialismo a la mera política internacional, generalmente agresiva, de los países dominantes.
Partiendo de estas líneas generalísimas como marco teórico se analiza la coyuntura actual en términos concretos. Las tensiones interimperialistas de nuestra era, que pueden desembocar en grandes conflictos militares, pivotan sobre varios problemas derivados de los propios fundamentos de la sociedad capitalista. Esta aseveración ya tiene un componente crítico, que por sí mismo niega otras explicaciones posibles, como que las guerras son provocadas por los sectores más reaccionarios de la sociedad, o que son fruto de las malas intenciones de tiranos con complejo de emperador, y otras ideas similares que circulan entre la opinión pública. Tal como planteamos en nuestro estudio introductorio a Contra la guerra imperialista, el régimen imperialista de nuestra época se caracteriza por la paralización de salarios, la caída de la participación del trabajo en los ingresos globales, y el estancamiento en los crecimientos de productividad y de la rentabilidad del capital. Todos estos procesos radican en las leyes de movimiento de la sociedad capitalista, tal cual fueron expuestas por Karl Marx en El Capital. Dicho en menos palabras: existe un problema para asalarizar a la fuerza de trabajo, y otro problema para convertir el dinero en capital.
Este imperialismo en declive, a su vez sacudido por la emergencia de nuevas potencias competidoras en la cúspide de la pirámide, exige un recrudecimiento de la explotación de la clase obrera, de la desposesión de cada vez mayores sectores de población marginada y excedente azuzada con discursos reaccionarios y xenófobos, como también debe recrudecer la apropiación ciega de la riqueza natural. Todo ello en un marco internacional cada vez más tenso; menos botín para más saqueadores.
El historiador Donald Sassoon, en su libro Síntomas mórbidos (Crítica, 2020), analiza el retroceso electoral y programático de la socialdemocracia en las últimas décadas. En su exposición se hace un buen repaso de la historia reciente de algunos de los partidos socialdemócratas más importantes de Occidente, pero no se termina de explicar a qué se debe la derechización del escenario político. Sassoon, al igual que el grueso de los intelectuales oficiosos de izquierdas, parece ubicar el problema en corrupciones ideológicas, oportunismo político o traiciones; y de ahí que la alternativa sean constantes reinvenciones discursivas, refritos organizativos y farsas inconscientes de las tragedias precedentes. En nuestra introducción a Contra la guerra imperialista se sitúa el problema en el agotamiento del boom de posguerra sobre el que se sustentó la Edad Dorada del capitalismo y la realización de los grandes programas keynesianos. Quebrado el sistema de Breton Woods, reconvertidas industrialmente, endeudadas y terciarizadas las principales economías del planeta, las organizaciones de clase tradicionales perdieron el entramado social que las sostenía. La caída de la Unión Soviética y el triunfo de las llamadas «políticas neoliberales» fueron los últimos clavos en el ataúd de un capitalismo «progresista».
Ante esta coyuntura mórbida, siguiendo la metáfora de Sassoon, los Estados han cobrado gran protagonismo. El capitalista colectivo ideal, tal como definió Engels al Estado que se erige por encima de las contradicciones sociales y los atentados de los capitalistas individuales, es el gendarme que puede poner orden ante las revueltas de las cada vez mayores capas de marginados y explotados. Es también el legislador que sanciona los mecanismos de opresión de clase más diversos. El Estado es a su vez el avalista que subvenciona, dirige y cubre las inversiones y las pérdidas de los grandes monopolios. Y este capitalista colectivo ideal es, por supuesto, la espada desenvainada que asegura rutas comerciales, disputa el territorio, derriba gobiernos incómodos y nos forzará a marchar al son de los tambores de guerra.
II. Lenin y los bolcheviques ante la guerra
Contra la guerra imperialista tiene la virtud de reflejar la postura leninista y bolchevique en diferentes momentos. Los primeros escritos de la recopilación son documentos y discursos previos a la Gran Guerra, y ya aquí se nos plantean problemas que a los militantes contemporáneos nos resultan familiares. En el artículo «El Congreso Socialista Internacional de Stuttgart» (1907) Lenin pone en valor unas enmiendas planteadas por Rosa Luxemburgo y los socialdemócratas rusos (a la sazón socialistas) y que tienen gran valor, pues asienta el criterio fundamental de la lucha de clases a la hora de afrontar un escenario belicista como antesala de una guerra imperialista: 1) dar cuenta del militarismo como uno de los principales mecanismos de opresión de clase, de encuadramiento de las masas en torno al Estado y los objetivos de la clase burguesa; 2) la agitación entre la juventud, principal carne de cañón; y 3) enfatizar en la crisis provocada por la guerra, su importancia en la lucha por el poder político.
¿No son estas las tareas que debemos abordar los comunistas cien años después? Téngase presente que en los últimos treinta años ha habido una gran concentración de conflictos en todo el espacio que bordea las áreas de influencia de Rusia y China: Europa del Este, Oriente Próximo, Oriente Medio y Asia Central. Dos de las zonas más tensionadas en el momento en que son escritas estas líneas se ubican ahí, Ucrania y Palestina, implicando a potencias con arsenales nucleares. Hoy vemos cómo entre la juventud prolifera el discurso nacionalista y xenófobo, se agudiza el compromiso con ideas reaccionarias en torno a esencias culturales y étnicas, se glorifica el pasado imperial de las viejas potencias coloniales y se justifican las agresiones y ofensivas imperialistas con base en la deshumanización de los invadidos y la extensión de ideales supuestamente más civilizados. A finales de agosto de 2025 Alemania aprobó un proyecto de ley para modernizar su ejército, el cual incluía un servicio militar voluntario que, en caso de no fructificar, pudiera convertirse en obligatorio. De la misma forma, el número de reservistas operativos en Francia se ha duplicado en la última década. En Reino Unido también se ha impulsado el refuerzo de la reserva y fórmulas similares han ido implementando otros países de Europa, sumado a aquellos en los que el servicio militar nunca fue suspendido.
En esta línea, y tomando como referencia el artículo «El militarismo belicoso y la táctica antimilitarista de la socialdemocracia» (1908), Lenin se reafirma en una de las ideas previas, a saber: no solo se trata de denunciar el carácter clasista del belicismo y el chovinismo, sino también organizar a la juventud, a los reclutas. La lucha de clases se da también en los cuarteles, en los barracones. En las últimas décadas, con la suspensión de los servicios militares y las conscripciones se han constituido ejércitos profesionales altamente ideologizados en cuyo seno la intervención política de las organizaciones comunistas se antojaba altamente difícil. Hoy esa situación está cambiando, y es una tarea de los revolucionarios el plantearse la táctica que debe desplegarse entre la tropa y los reclutas de cara a socavar el poder de los gobiernos propios.
III. Lenin y los bolcheviques durante la guerra
El grueso de los textos recogidos en Contra la guerra imperialista nos remiten a los años 1914-1918, es decir, la Primera Guerra Mundial. Las líneas maestras de la corriente bolchevique están esbozadas en artículos como «Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea» o el folleto «El socialismo y la guerra».
En este último destaca el esfuerzo por ubicar las guerras sobre una estructura de competencia imperialista, frente a concepciones subjetivistas e idealistas, como hemos venido señalando previamente. La Gran Guerra no fue una guerra entre el liberalismo y el autoritarismo, o entre los pueblos civilizados frente a los bárbaros; fue la política (por otros medios, violentos) de competencia entre imperios por el reparto del mundo, y el saqueo de las colonias. Esta reflexión, que se nos presenta a los comunistas como intuitivamente cierta, demasiado evidente, es enterrada bajo cascotes de oportunismo en la actualidad. Mientras que el oportunismo que supuso la bancarrota de la II Internacional consistía, fundamentalmente, en el cierre de filas socialchovinista en torno al «gobierno propio» y la vinculación del movimiento obrero con los intereses de la burguesía y los monopolios nacionales, en la actualidad consiste, en el plano teórico, en la subordinación del movimiento revolucionario a los intereses de las potencias de segundo orden, de las potencias emergentes, y en el abandono del movimiento obrero realmente existente por estar «corrompido» por la aristocracia obrera, reduciéndolo en el mejor de los casos en asistente solidario de los procesos contra el «neocolonialismo». Así pues, los programas capitalistas de la India, China o Rusia se entienden como estrictamente «reactivos» al hegemón, sus intereses geopolíticos no serían tan «mezquinos» como los del imperialismo anglosajón y, además, son los aliados naturales de los gobiernos antiimperialistas de África, Asia o Sudamérica. Hemos señalado que esta posición se da en el plano teórico porque una parte de este oportunismo, aquel más abiertamente reformista, no duda en matizar, cambiar y adaptar dicho planteamiento cuando ocupa posiciones de gobierno o institucionales para hacerlo soluble y coordinable con los intereses capitalistas de su burguesía y de su correspondiente bloque burgués.
El mundo multipolar es un orden internacional más «sano», nos dicen los oportunistas contemporáneos. Desde luego, sería absurdo negar las posibilidades revolucionarias y de acción política, los nuevos escenarios abiertos, por los movimientos dados en la recomposición de la pirámide imperialista. Sería absurdo que el proletariado francés, por ejemplo, no estuviera atento y actuara en consecuencia ante la pérdida de influencia y bases de poder de «su burguesía nacional» en el Sahel o en el norte de África. El problema es cuando esa táctica revolucionaria está subordinada a los intereses de China o Rusia, cuando se aplaude la extensión del «mal menor», del «imperialismo menos agresivo» (el soft power como se denomina cínicamente). Cómo se troca ese proceso antiimperialista en construcción de proyecto revolucionario y por qué Rusia o China no tratarían de impedirlo en sus nuevas áreas de influencia es lo que falta explicar. Y cabe hacerse una pregunta, tal vez de respuesta dolorosa para los multipolaristas: ¿no era multipolar también el orden previo a la Primera Guerra Mundial?
En segundo lugar, y estrechamente vinculado con lo expuesto hasta aquí, la línea maestra de la corriente bolchevique es la relación de la guerra con la conquista del poder. En «La guerra y la revolución» Lenin establece la conexión esencial entre la lucha contra la guerra y la revolución socialista. No es posible parar la guerra con manifiestos, con protestas y proclamas, la guerra tiene dos salidas: la paz impuesta a los vencidos, tras cobrarse millones de víctimas, nuevos repartos del mundo; o la revolución proletaria. Ahí radica la apuesta organizativa de los comunistas contra la guerra, la mejor lucha contra las guerras y las tensiones interimperialistas es a través de la organización y la lucha por el poder político. Una lucha que implica a la clase obrera a escala internacional, una clase que es explotada precisamente en un plano universal, clase contra clase, trascendiendo fronteras. Y este principio internacionalista no puede ser reducido a un ejercicio de solidaridad o a muestras de una determinada ética pacifista entre los pueblos, sino que es un programa político predispuesto precisamente por la interdependencia que atraviesa a todo el sistema imperialista. Las cadenas de valor internacionales establecen intereses objetivos y posibilitan precisamente la acción conjunta, el establecimiento de un programa socialista que desborde toda forma de estrechez nacional.
IV. Últimos textos y conclusión
Se cierra la edición con los escritos relativos a la universalización de los principios marxistas en torno a la guerra imperialista a través de la plataforma rejuvenecida de la Internacional, y con los debates en torno a la salida del naciente Estado soviético de la Primera Guerra Mundial.
Respecto a estos últimos, los discursos y artículos de Lenin, defensor de necesidad de firmar una «paz vergonzante» con Alemania frente a los defensores de la guerra revolucionaria, permiten comprender las condiciones extremadamente difíciles a las que tuvo que enfrentarse el poder soviético, así como el afinado pensamiento dialéctico, esto es, concreto, del líder bolchevique. El 3 de marzo de 1918, en la ciudad de Brest-Litovsk, fue suscrito el Tratado de Paz de la Rusia Soviética con Alemania y sus aliados, a pesar de la aceptación de unas condiciones expoliadoras y onerosas, aquella decisión final permitió, como planteaba Lenin, que sobreviviera el niño recién nacido, la República socialista. Hay una claridad, pese a la situación de riesgo bélico y de indignación moral, en Lenin que permite extraer lecciones evidentes sobre el peligro del izquierdismo y el maximalismo, y sobre la importancia de comprender adecuadamente la política revolucionaria en torno a los compromisos.
El tratado de Brest-Litovsk puede parecer algo muy lejano a nuestros tiempos y nuestra realidad. Efectivamente, y por desgracia, debatir sobre estas cuestiones desde el poder está lejos de las perspectivas actuales del proletariado, pero eso no le resta valor al fondo teórico y político de los asuntos, pues sus mismas lógicas se expresan en otros fenómenos de actualidad. Comprender que la actitud revolucionaria es aquella que, frente a la abstracción moralista que acaba convirtiéndose en derrotismo o parálisis en los momentos decisivos, es capaz de localizar y actuar sobre el problema central y concreto de cada momento partiendo de su justa relación con una totalidad en perpetuo movimiento, sigue siendo esencial, por ejemplo, para que la superación política de la socialdemocracia no lleve a pendular hacia posiciones que, en lo superficial, parecen antagónicas, pero que en realidad reproducen los mismos fundamentos.
Con respecto a los textos desde y sobre la Internacional Comunista, su importancia radica en la importancia que otorga Lenin a que la nueva práctica política y estrategia mundial unificada del proletariado revolucionario se construya sobre la base de una correcta apreciación de la época histórica, es decir, del capitalismo monopolista, del imperialismo. Solo la correcta caracterización de esta fase histórica y sus leyes cinéticas, además, permite comprender en un sentido materialista el fenómeno del oportunismo, y superarlo por tanto no en apariencia, no retóricamente, sino de manera efectiva. Sus palabras, unos cuantos años antes de la fundación de la Komintern, reverberan en el presente con potencia:
La Internacional proletaria no ha perecido ni perecerá. Las masas obreras crearán la nueva Internacional por encima de todos los obstáculos. El actual triunfo del oportunismo es efímero. Cuanto mayor sea el número de víctimas causadas por la guerra, tanto más clara estará para las masas obreras la traición de los oportunistas a la causa obrera y la necesidad de volver las armas contra los gobiernos y la burguesía de cada país. Lenin, V.I. «La guerra y la socialdemocracia de Rusia», Contra la guerra imperialista, Ediciones Tinta Roja, p. 129. 5
Ediciones Tinta Roja, como editorial militante que somos, esperamos que la reedición de esta importante obra contribuya a dotar a las nuevas generaciones obreras del arma de la crítica necesaria para que, frente a la rapiña y el belicismo imperialista, nuestra clase vuelva a ejercitar la crítica de las armas.
Notas:
- Christopher Clark (2015), Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg, p. 645.
- El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes (Lenin, V. I., «El imperialismo, fase superior del capitalismo», en Obras Completas, vol. XXVII, Progreso, p. 406.)
- Ibid., p. 449.
- Es muy ilustrativo el primer capítulo del libro Las guerras comerciales son guerras de clases, de Michael Pettis y Matthew C. Klein, editado por Capitán Swing, 2022.
- Lenin, V.I. «La guerra y la socialdemocracia de Rusia», Contra la guerra imperialista, Ediciones Tinta Roja, p. 129.

