Artículo liberado del número 4 de PARA LA VOZ: «Guerra y capital». Puede adquirirse el número en físico escribiendo a contacto@paralavoz.com
I. Breve repaso biográfico
Un 24 de mayo de 1905 nacía, en una aldea cosaca a orillas del río Don, el escritor comunista Mijaíl Shólojov. Galardonado con el Premio Stalin de primer grado en 1941 por su novela El Don apacible, el Premio Lenin en 1960 por Campos roturados, y el Premio Nobel de literatura en 1965, es sin duda uno de los escritores más importantes de la historia de la Unión Soviética.
Nacido en una granja de la región de Rostov, al sur de Rusia, sus padres se aseguraron de que Mijaíl se alfabetizase desde niño. Graduado en el Gimnasio de la aldea de Vechenskaia en 1919, realizó desde joven diversas labores mandatadas por el Comité Revolucionario, como hacer de maestro para la erradicación del analfabetismo o trabajar como inspector de alimentos.
Durante la década de 1920, Shólojov empezó su fructífera carrera de escritor, paralelamente a los distintos trabajos que realizaba para su supervivencia. Su primer cuento fue publicado en el periódico Joven Leninista en septiembre de 1923, y a partir de 1925 se convirtió en colaborador de la revista Komsomoliya. Ya desde entonces Shólojov apuntaba maneras: toda su obra, caracterizada por un gran realismo, se ubica geográficamente en torno al Don, captando las profundas transformaciones históricas y las luchas de clases en el seno del pueblo cosaco.
Entre 1928 y 1932 se publicaron los tres primeros tomos su obra magna, conocida en castellano como El Don apacible, aunque no fue hasta 1940 que se publicó el cuarto y último tomo de esta obra. La profundidad y complejidad de El Don apacible, que empezó a publicarse cuando Shólojov contaba con tan solo 23 años de edad, llevó a varios personajes anticomunistas como Solzhenitsin a acusarle de plagio, algo que terminó por demostrarse falso.
En 1930, Shólojov ingresó al Partido Comunista y a partir de 1931 trabajó como corresponsal para Pravda. Participó en el Congreso de Escritores Soviéticos de 1934 como miembro de su presídium, y en 1937 fue elegido diputado del Soviet Supremo de la URSS. Durante la guerra trabajó como corresponsal en varios frentes, incluido el de Stalingrado, y fue desmovilizado en 1945 con el grado de coronel. Desde entonces, y sin nunca dejar de escribir, asumió diversos cargos en órganos e instituciones, llegando a formar parte del Comité Central del PCUS desde 1961 hasta su muerte en 1984.
II. El realismo socialista de Shólojov
Como decíamos, la obra de Shólojov está completamente atravesada, como su propia tierra, por el río Don, que fragmenta y unifica la centenaria historia del orgulloso pueblo cosaco: ese pueblo que durante siglos se había convertido en la temida caballería al servicio de los zares, en la fuerza de choque que rompía las filas enemigas y que sofocaba las huelgas y rebeliones internas.
Ya en sus primeros cuentos, empapados de épica, Shólojov narra los conflictos internos de un pueblo arrastrado por la historia a la cruda lucha de clases. Esto toma su forma definitiva en El Don apacible, con cuya lectura uno puede revivir la ruptura de un modo de vida centenario, tranquilo y monótono, y recorrer el descenso hacia lo más cruel y perverso de la vida, hacia el hundimiento de un mundo.
Pero con el colapso de la vieja vida, la obra de Shólojov no cae en la desesperación nihilista, en lo absurdo de la existencia y en la confusión de un mundo en tinieblas, sino que es capaz de mostrar, iluminando todas las contradicciones sociales e internas de los personajes, cómo de allí ha de nacer un mundo nuevo. Y la construcción de este nuevo mundo se ve reflejada en sus obras posteriores, tanto en Campos roturados, donde la lucha de clases en el campo soviético toma su forma más descarnada, como en las obras bélicas de posguerra, como Lucharon por la patria o el cuento El destino de un hombre, donde la camaradería y la dignidad humana se entremezclan con el embrutecimiento físico y moral al que la guerra empuja a sus personajes.
Es precisamente por cómo da forma artística a este fiel reflejo de la realidad y de sus contradicciones, que Shólojov se eleva a las altas cumbres de la literatura. A diferencia de los partidarios del «arte por el arte», que buscan un alejamiento de la vida a través la abstracción artística, el marxismo enfatiza en el hecho de que el arte es, siempre y necesariamente, el reflejo de alguno de los aspectos de la realidad. Pero este reflejo estético o artístico, como lo denominara Lukács, no debe ser una simple captación paisajística o apariencial de un fenómeno, sino la exploración de su esencia a través de los métodos artísticos.
Así, el gran arte es capaz de captar la verdad de la vida, la hace aparecer ante nuestros ojos en su profundidad, en su complejidad, de forma más colorida y multifacética. Y es precisamente así como se nos muestra, en El Don apacible y en Campos roturados, la cruda y compleja lucha entre el viejo mundo que se resiste a morir y el nuevo mundo que lucha por su futuro. De esta manera, los cientos de personajes que cobran vida en El Don apacible, en los Cuentos del Don o en Campos roturados, se ven arrastrados, con sus dudas, sus miserias y sus contradicciones internas, a tomar partido por la revolución o en contra de ella, a menudo sin ser conscientes de ello.
Ejemplo de esta captación de la vida es también la forma en la que Shólojov nos muestra la división sexual del trabajo y la desigual —y violenta— relación entre hombres y mujeres en el seno de la familia cosaca, inclusive en Lucharon por la patria y en El destino de un hombre, donde los protagonistas son firmes soldados del Ejército Rojo. Aunque en estos parece haber quedado ya atrás las constantes y durísimas palizas de los maridos a sus mujeres, que tan habituales son en El Don apacible, no faltan los comentarios, las formas de relacionarse y los hábitos en el hogar que hoy, ochenta años más tarde, podemos cuestionar con crítica dureza.
Y es precisamente en este fiel reflejo que ilumina multifacéticamente la lucha de lo nuevo contra lo viejo, que Shólojov, firme defensor del realismo socialista, toma partido por el nuevo mundo. Como bien demostró Lukács en su Estética, ningún escritor puede crear una obra apolítica o apartidista. A través de su obra, lo quiera o no, el propio escritor toma posición ante el mundo y sus problemas. Lo relevante del realismo es que, al pretender reflejar fielmente la realidad, debe necesariamente dar forma y expresar las contradicciones sociales realmente existentes, e iluminar de esta manera la lucha de lo nuevo contra lo viejo. Y al mostrar fielmente esta lucha, el escritor, aún sin quererlo, se posiciona en favor de la lucha de masas por el nuevo mundo. Esto es lo que Engels proclamó como el triunfo del realismo.
Pero «el consciente partidismo del realismo socialista», dice Lukács en su Estética, «significa un partidismo con recta conciencia, solo conseguible mediante la concepción marxista del mundo y cualitativamente nuevo respecto de las tomas de posición espontáneas de toda anterior práctica artística». Es así, con esta recta conciencia marxista, que Shólojov es capaz de comprender la esencia de su época y de explorar, a través de la literatura, los entresijos, las contradicciones y las complejidades del momento histórico. De esta manera alcanza Shólojov las cumbres del realismo socialista, que aleja todo atisbo de propaganda en su obra y que, precisamente por ello, consiguió también el reconocimiento del mundo occidental en plena Guerra Fría.
III. De sus primeros escritos a su obra magna, El Don apacible
Los cuentos de juventud de Shólojov, escritos fundamentalmente entre 1924 y 1926, es decir, entre sus 19 y 21 años de edad, han sido recopilados en distintas antologías bajo el título Cuentos del Don. Si se leen cronológicamente es fácil ver cómo evoluciona la prosa de Shólojov y cómo se prepara para su obra magna, El Don apacible, cuyos dos primeros tomos fueron escritos en torno a 1926 y 1927.
Ya en estos cuentos puede verse de forma embrionaria la característica atención que presta Shólojov a los más pequeños detalles que sumergen al lector en una atmósfera o ambiente determinado, deteniéndose en inmersivas descripciones del clima, en los cálidos tonos de la luz al atardecer sobre los campos de trigo o en la fría y débil luz de la luna entre la bruma del Don, en los olores de las flores, de los animales y del sudor, en el calor sofocante del verano o en el gélido frío que hiela los ríos y cubre de blanco la interminable estepa.
Así, mientras que en sus primeros cuentos vemos cómo simplemente se limita a una breve anotación descriptiva del entorno, más parecido a como ocurre en un guion de teatro o de cine, poco a poco su pluma va tomando soltura y confianza, y ya en el cuento El potro, de 1926, encuentra una fuerza literaria que sabrá desarrollar de forma maravillosa en sus años posteriores. Esta misma evolución en la prosa de Shólojov se puede apreciar, de hecho, con una atenta lectura de El Don apacible: mientras que en 1926 y 1927, años en los que escribe los dos primeros tomos, Shólojov ha encontrado ya su voz de escritor, en el tercer y cuarto tomos, publicados en 1932 y 1940, esta se ha hecho más profunda y más bella.
Es por esto que, aunque los Cuentos del Don tengan cierto interés por sí mismos, hay que tener presente que se tratan tan solo de los primeros pasos en la carrera literaria de su autor, por lo que una justa valoración de la valía artística de Shólojov debe hacerse teniendo en cuenta El Don apacible y Campos roturados.
Por eso, si bien la lectura de los Cuentos puede ser una forma de introducirse a la obra de Shólojov, estos cobran toda su riqueza solo después de la lectura de El Don apacible. Y esto por dos motivos. Primero, en lo formal, para reconocer en ellos la rápida evolución en la prosa de Shólojov, ya mencionada previamente, que parte de una considerable simpleza inicial. Y segundo, en cuanto al contenido, porque los Cuentos pueden ser leídos como «spin-offs» de El Don apacible, es decir, como pequeños cuentos o historietas que completan todavía más el gran universo que Shólojov construye en torno al impacto de la guerra civil en las familias cosacas del Don, y con el cual el lector se familiariza a lo largo de la lectura de esta obra. De esta manera, aunque los Cuentos estén escritos con anterioridad, su lectura posterior a la de El Don apacible permite contextualizarlos y comprenderlos mejor.
IV. Campos roturados, la lucha de clases en el campo soviético
Campos roturados es, después de El Don apacible, la mejor obra de Shólojov. Más breve que su obra magna, Campos roturados narra, en dos tomos, la cruda lucha de clases en el campo soviético. El primer volumen se publicó en 1932, y logró terminar el segundo antes de la guerra. Sin embargo, tras un bombardeo en la aldea de Vechenskaia en junio de 1942, su casa fue destruida. Este hecho trágico se saldó con la muerte de su madre y la destrucción de sus manuscritos. Finalmente, tras la guerra, Shólojov reescribió el segundo tomo y pudo publicarlo en 1959.
Los acontecimientos de esta novela narran el proceso de colectivización de la tierra a principios de la década de 1930. Tras la superación de la NEP (la Nueva Política Económica) y la instauración, en 1928, del primer Plan Quinquenal, la dirigencia soviética asumió como tarea fundamental la expropiación de los kulaks —los campesinos ricos— para avanzar hacia la socialización de la tierra, que había permanecido parcialmente privatizada durante la década anterior.
Así, se impulsó la creación de los koljoses —las granjas comunales— como paso intermedio entre la producción privada del campo y su socialización. A este proceso, los kulaks, como no podía ser de otra manera, se opusieron radicalmente. Muchos de ellos provenían de antiguas familias adineradas, mientras que otros lograron su riqueza a través de su propio trabajo y su audacia en los negocios durante la época de la NEP. En cualquier caso, unos y otros se opusieron a la expropiación de sus propias tierras y de su ganado, y con una reciente memoria de la guerra civil y un Estado soviético todavía debilitado, los sabotajes, las conspiraciones y la esperanza del derrocamiento del poder obrero se mantenían arraigados entre buena parte de la población rural.
Con la intención de agitar en favor de la socialización de la tierra, y de impulsar y dirigir la creación de koljoses en el campo, el Estado soviético llevó a cabo la iniciativa de Los Veinticinco Mil. Se trató del traslado de 25.000 voluntarios, obreros de las ciudades militantes del Partido Comunista, al campo, para impulsar allí la socialización de la tierra y realizar trabajos económicos y organizativos en los koljoses. Davídov, el principal protagonista de Campos roturados es, pues, uno de estos obreros llegados a una pequeña aldea a la vera del Don. Allí entra en contacto con los miembros de la célula comunista encargada de dirigir la creación de un koljós, y se ve envuelto en un ambiente totalmente distinto al que está acostumbrado.
La centenaria tradición cosaca, con su modelo de familia estrictamente patriarcal y su estrecho vínculo casi místico con el campo y el ganado; el arraigo de las formas peculiares de propiedad —una mezcla de comunización de la tierra y pequeña propiedad—; y, en definitiva, las formas sociales en las que se organizaba históricamente el campo en la región del Don, dificultaban enormemente el desarrollo del proyecto socialista. Además, el boicot, la conspiración, la actividad clandestina e incluso el asesinato por parte de viejos partidarios blancos con contactos en el exterior, en alianza con los kulaks y otros campesinos, dificultaban todavía más el éxito del programa soviético.
A estas dificultades debe añadírsele la inexperiencia de los dirigentes comunistas locales, que Shólojov logra reflejar tan fielmente. No son extrañas las decisiones apresuradas, los atropellos a la propia política comunista y la toma de decisiones motivadas por odios personales. Por ejemplo, en la primera asamblea de campesinos pobres que se celebra, uno de ellos se abstiene a la requisa de las propiedades de uno de los kulaks del pueblo, vecino suyo y con quien mantiene una buena relación personal. Esta abstención es suficiente para que, acosado por preguntas sobre su lealtad por parte de los asistentes a la asamblea, termine siendo expulsado de ella, en lugar de respetar su voz y voto en un espacio de democracia obrero-campesina.
Siguiendo la estela de El Don apacible, la lucha de clases se manifiesta en Campos roturados no como un enfrentamiento mecánico entre intereses abiertamente contrapuestos, sino que se enmaraña en una compleja red de relaciones personales, de pasiones y de odios, llevadas a cabo por personajes que cobran vida propia y que no actúan como figuras literarias simplificadas, como representantes de unos u otros intereses, sino como verdaderos seres humanos que se equivocan, que aciertan, que actúan con inteligencia o con imprudencia, que dudan, que avanzan y que retroceden.
V. Crónicas de la lucha antifascista: Lucharon por la patria y El destino de un hombre
A diferencia de los textos anteriores, Lucharon por la patria y El destino de un hombre muestran solamente la perspectiva de uno de los bandos en pugna. En el contexto de la ofensiva nazi-fascista sobre la Unión Soviética, Shólojov narra en estos relatos las aventuras y desventuras de soldados del Ejército Rojo.
Lucharon por la patria se escribió en varias etapas: empezó a trabajar en la novela durante los años de la guerra y en las décadas siguientes volvió sobre ella de forma fragmentaria. Sin embargo, nunca terminó la obra y solo quedaron varios capítulos; se trata, por tanto, de una novela inacabada. En ella, Shólojov narra (recrea) uno de los momentos más trágicos de la guerra: la retirada de las tropas soviéticas sobre el Don en el verano de 1942. En esta retirada se entremezcla la dignidad y valentía de los soldados que intentan resistir, con la incapacidad, el desorden y el miedo (la desesperación) que les hace ceder palmo a palmo su propia tierra. El coraje se embarra con el miedo y el terror, lo heroico se funde con lo trágico, la dignidad con la inmundicia, y la camaradería cede en ocasiones a la hostilidad.
Se trata de una obra donde no nos encontramos con un protagonista, sino que todos los personajes se intercambian, en los distintos capítulos, ese rol. El narrador nos muestra así las distintas personalidades y formas en las que cada uno de los personajes afronta su trágica situación personal, revelando el fondo humano y banal de aquellos que terminaron convirtiéndose, por fuerza de los hechos, en los héroes que contribuyeron a derrotar a las oscuras fuerzas del nazi-fascismo.
Por su parte, El destino de un hombre fue escrito en 1956. Se trata de un cuento basado en hechos reales; mientras Shólojov se encontraba de caza en la primavera de 1946, se encontró con un hombre que le explicó su dramática historia. Diez años más tarde Shólojov decidió que aquella historia debía quedar registrada en la forma de un cuento. Así, Andréi Sokolov, el protagonista de El destino de un hombre, representa la vida de un anónimo soldado del Ejército Rojo, capturado por los nazis y llevado a un campo de concentración, que tuvo que pasar por los mayores horrores físicos y morales que la vida puede deparar a un hombre, para, a pesar de todo, levantarse de nuevo con esperanza y encontrar un nuevo sentido a su vida.
La recreación humana de una situación tan trágica y excepcional hizo que su publicación tuviese un gran impacto. Rápidamente la critica soviética y occidental alagaron el cuento e, incluso, Ernest Hemingway opinó que se trataba de uno de los mejores cuentos del siglo XX. El destino de un hombre es, podríamos decir, la historia de dos huérfanos: Andréi Sokolov y su nuevo hijo, que lo perdieron todo pero que, por cosas del destino, se unen para siempre y resignifican sus vidas aún sin saber muy bien cómo y por qué.
VI. Palabras finales
Si existe una forma de recrear la guerra y el conflicto en literatura sin ensañarse en el morbo y sin esencializar la violencia, esa es precisamente la forma en la que la aborda Shólojov. En su obra explora todos los aspectos de la guerra: no muestra solo el frente, sino también la retaguardia; la acción del combate y su preparación; la adrenalina y el reposo; el dolor de la pérdida y su banalización; la fidelidad y el engaño; la camaradería y la traición, etc., etc. Mostrar humanamente la guerra es también mostrar la deshumanización a la que ella empuja; y viceversa, en los actos más viles no se pierde nunca el fondo humano. Shólojov muestra en su obra la negación, la destrucción, en toda su magnitud. Pero también muestra la negación de la negación, lo positivo en lo negativo, lo creativo en lo destructivo, el surgimiento de lo nuevo sobre las ruinas de lo viejo.
La dialéctica empapa toda la obra de Shólojov. El movimiento histórico se manifiesta profundamente, sus transiciones —de la paz a la guerra imperialista; de la guerra imperialista a la guerra civil; de la guerra civil al nuevo poder obrero— no se dan mecánicamente, sino en su completa complejidad; los personajes no solo se enfrentan unos a otros, sino que en sí mismos están llenos de contradicciones. Como en la vida misma, la contradicción es el motor que empuja toda la obra de Shólojov.
Los grandes eventos históricos que narra se nos muestran como totalidad precisamente porque Shólojov es capaz de mostrar, a través de sus personajes, todas las aristas y los detalles, a la vez que se ven arrastrados por unas relaciones sociales que no son capaces de dominar y que marcan el curso de la historia. Lo general —a saber, la lucha de clases, la transición de un orden social a otro, el verdadero movimiento histórico, la esencia de su época— se manifiesta a través de lo singular. Esta es una de las grandes cualidades de la obra de Shólojov.
En su discurso al recoger el Premio Nobel de Literatura en 1965, dijo unas palabras memorables: «Quisiera que mis libros ayudaran a las personas a ser mejores, a ser más puras de espíritu y a despertar el amor por la humanidad. Si lo he conseguido en cierta medida, me siento feliz». Firme en su ideal, no cabe duda de que la obra de Shólojov es un gran aporte a la causa de la humanidad emancipada.
